El embajador George Harris

En cada país, los venezolanos lo reciben como al primo favorito. Llena centros culturales y teatros desde Quito hasta París, mientras otros lo reclaman en Australia y Japón. Tras un año de triunfos en cadena, el comediante cuenta qué significa ondear la bandera del humor nacional bajo la mirada del inmigrante

Cuando George Harris llegó a Miami, hace siete años, le pintaron un panorama desalentador. Le dijeron que presentarse en vivo era difícil. Que las comunidades de cada nación eran muy selectivas. Que casi nadie pagaba entrada por otro artista que no fuese de su país. Ya lleva tres años presentándose los jueves en el Flamingo Bar de Miami –dos de ellos con puras funciones a sala llena– y con una agenda de shows ya planificada para 2018. Los espectáculos, que se caracterizan por renovarse semanalmente en función de los temas en boga, se transmiten en vivo por su sitio web todos los jueves y continuamente se mudan a escenarios de otros países.

El comediante atribuye su popularidad a la magnitud del éxodo de venezolanos, una que este año le permitió presentarse en 45 ciudades de América y Europa y llenar salas importantes como el teatro Rialto –con tres pisos y un aforo de 1000 personas– en la Gran Vía de Madrid. 2017 fue sin duda su mejor año profesional, uno que acaba de rematar con una gira por Chile, Argentina y Ecuador, con entradas que se venden solas, aunque los empresarios que lo invitan no hayan repartido ni un volante, gracias a sus redes sociales. “Yo estoy clarito en que no soy Michael Jackson ni Lady Gaga. Es que cada vez hay más venezolanos en todas partes y esa es la gente que quiere conectarse un rato con lo que significa serlo: llegar a un espacio de encuentro en un país que no es el suyo e invertir esos 20 dólares, que a lo mejor les costó mucho ganarse, en pasar un buen rato, porque sienten que uno de algún modo los representa o les recuerda el sitio en el que crecieron. Esa oportunidad es un honor y un privilegio que asumo con mucha humildad”.

A ello se suman los nuevos seguidores que gana en esos países, cuando los coterráneos comparten sus videos con amigos o compañeros de trabajo. “Es muy gratificante para uno también ver que entre el público hay cada vez más gente local, que de todos modos me entiende. Adonde llego procuro reírme con la gente, no de la gente, y hacer un show con buena vibra que todos puedan ver. Que si fuiste a verme con tu abuela no pases pena, y que si me meto con las abuelas y los nietos, ambos se rían y se digan: es que tú eres así”. Recuerda con gracia un show en Estocolmo, en el que todo el público era femenino. “Yo seguía hablando y pensaba: qué vaina tan rara. Te lo juro que llegué a pensar que era una función remota a beneficio de Senosayuda o algo así”, dice jocoso. “Por fin me atreví a preguntar dónde estaban los hombres y ellas se echaron a reír. ‘Se quedaron en la casa’. Resultó que todas eran venezolanas casadas o empatadas con suecos que, por supuesto, no hablan español. ‘¡Caramba, qué éxito! Ustedes sí lo lograron, muchachas”.

Los que se fueron. El contacto continuo con la realidad de los inmigrantes venezolanos lo ha hecho ver de todo. “He conocido gente que me dice: ‘llevo cinco años aquí en Canadá y vivo tranquilo, tengo carro y casa propia, mis hijos van a unos supercolegios, tengo un sueldazo y todavía cuando pienso en Venezuela me pongo a llorar’. A pesar de que la gente ‘viva bien’, todo el mundo quiere escuchar que el sitio donde nació, donde sigue su abuela, donde viven sus primos, no se perdió”, relata. Recuerda también a un muchacho venezolano que, a pesar de la lluvia, lo esperó fuera de un teatro en Londres. “Me contó que tenía 21 años, trabajaba como mesonero, tenía ocho meses allá y me pidió grabar un video para su mamá. Me dijo: ‘es que tú nos unes porque ella y yo nos intercambiamos tus videos todos los días’ y se puso a llorar. Le dije: ‘no llores, que me voy a poner a llorar yo también y ya está lloviendo, ya nos estamos mojando’ (risas). Uno lo cuenta así, pero es muy duro. Ese muchacho me dijo: ‘yo no tengo papeles, pero quiero ayudar: ¿qué puedo hacer yo por mi país?”

La pregunta lo dejó pensando y la convirtió en propuesta en el cierre de sus shows. “La mejor manera de hacer algo por nuestro país, desde donde estemos y como estemos, es trabajar duro, representarlo bien y cuidar la manera en que hablamos de él. Desde chamos crecimos oyendo que Venezuela es un país donde todo va de mal en peor, sin ley, lleno de ladrones y corrupción, y a la larga eso fue lo que obtuvimos. Yo sí creo que las palabras se convierten en realidad y en ese sentido todos somos corresponsables”, reflexiona. “Valorarnos es importante. Aquí en Estados Unidos la gente puede disentir de muchas cosas o detestar a Trump, y aun así, a cualquier gringo que le preguntes, va a terminar su propia queja diciéndote: ‘pero a pesar de todo, este es un gran país”.

¿Qué sugiere? “Si alguien nos pregunta cómo está Venezuela, podemos reconocer que pasamos un momento difícil, pero que estamos trabajando para convertirlo otra vez en un país libre, seguro, democrático y lleno de oportunidades. Todo esto va a pasar. Para 2018 nos deseo muchos logros y buenas noticias, porque esto no se va a quedar así”, señala. Mientras estudia la manera de volver a presentarse en Venezuela, sigue esgrimiendo una de nuestras irreductibles fortalezas. “En el show de Buenos Aires lo dije y los argentinos se reían porque es verdad: ese país ya ha mejorado mucho e igual para ellos todo siempre es una psicoterapia, un tango, un dramón. En cambio, nosotros llegamos a cualquier país sin nada e igual nos reímos de todo. Y así debe ser: ya que nos regamos, tenemos que contaminarlos de risa a todos”.