La megatorta roja rojita

Así será el tamaño de la torta que está poniendo este gobierno que hasta la tierra tembló y de qué manera. Lo ideal sería convertir las reuniones del alto gobierno (más bien diría que ni tan alto sino hacia enano y tirando a  gordo, con su excepción bien sabida y notada) en una obra de teatro que, por lo demás, sería de lo más divertida. Con locos y psiquiatras en su manicomio haciendo de las suyas.

En Venezuela a los locos les da, nadie sabe el motivo, por disfrazarse de militares recogiendo de los basureros públicos prendas castrenses en desuso. Gracias a Dios, con su comportamiento, no le hacen daño a nadie. No ocurre así con aquellos que sin ser locos ni civiles se dedican a perjudicar al prójimo, a acumular riquezas mal habidas, a fomentar el odio y, como si ya fuera poco, a torturar inocentes y provocarles la muerte.

Quien cultiva la lectura se encuentra, a menudo, con hechos parecidos en la Edad Media. Pero lo más sorprendente es que hoy se siguen practicando tales actos de cobardía y vileza, cometidos con la anuencia del mandatario de turno. Por insensatos, olvidan que hasta los más poderosos son derrocados o mueren dejando a sus familias al arbitrio de venganzas injustificables, crueles y sanguinarias, pero inevitables porque las iras de los pueblos son definitivas y ciegas.

Y esta es aprovechada por los hijos de quienes fueron represaliados por los gobiernos anteriores. Esa cadena debe romperse o el país se convertirá en un cementerio infinito, que nunca cerrará sus puertas.

Hoy nadie tiene el derecho de creerse dueño de las vidas y de los futuros de un país a menos que tenga un tornillo flojo. Lo que estamos viviendo ahora es un delirio imparable que, solo y quizás, se detendrá por un descuido del destino.

Si Venezuela sigue en manos de sus peores políticos bolivarianos, de esos desechos que arrastra el río Guaire, de esos grupitos de militares que solo piensan en sobrevivir lujosamente a expensas de las multitudes de pobres que padecen el látigo de la más miserable condición humana que pudiera concebirse, y a los cuales se les niega soñar siquiera con salvar a sus hijos de un destino oscuro y siniestro, pues nada se puede discutir porque las palabras están de más.

Porque, en verdad y de la más purita verdad a lo mexicano, ¿para qué estrellar argumentos contra un muro ostensiblemente insensible, contra la sinrazón incrustada en la memoria, contra el afán macerado años tras años en barriles de venganza, contra el abrazo dividido en una afable mano extendida que se adelanta hacia el opositor mientras en la otra, a sus espaldas, reluce el puñal que expresa sus más íntimos deseos de destruir a su enemigo?

Con tales desquiciados en el poder  mal haría el país en tratar de convivir amistosamente porque lo racional no priva en ellos. Lo conveniente es obligarlos a hablar de igual a igual.

Y como ese mismo hecho implica una relación de poder será difícil que lo acepten sin deponer su altanería basada en la ignorancia y en el respaldo de las armas que, sin ir más allá y siguiendo el tono abierto y especulativo de estas palabras, siempre ha sido, por lo demás, transitorio y variable. Lo dice la historia. Sí, esa señora especialista en sorpresas.