La magia de Nicolás

Tal vez porque se celebra la víspera del Día de Todos los Santos, la noche de brujas que conocemos como Halloween es una fiesta asociada a hechiceras, ánimas errabundas, espantos y hechizos, y que el ingenio mercadotécnico convirtió en oportunidad calva pintada para comercializar máscaras y disfraces que hacen las delicias de los niños.

De los niños oligarcas e imperiales, diría Chávez para que el automatismo rojo repitiera semejante sandez solo de la boca hacia fuera, porque la brujería y el ñañiguismo avakuá, ¡Écue-Yamba-Ó!, son parte del manual de encantamiento  que los Castro vendieron a Hugo Rafael. Sí, la frivolidad de la burguesía, dirá Maduro, ha trivializado una celebración que para nosotros tiene especial significación y que, por respeto, a las camadas del Poder Electoral, que cabalgan sobre sus escobas con más destreza que Harry Potter en un partido de quidditch, celebramos con una solemne mascarada comicial.

Mientras podamos manejar a nuestro antojo las votaciones habrá Walpurgis tropical y aquelarre electoral, con tambor y cantos a Orisha, Babalú-ayé, óyeme tú, está suave, dígalo ahí brujita tibi(a), conjúralo, Jorgito, con esos polvitos blancos que te quitan el sueño que ya está empezando lo velorio, ay, que le hacemos a Babalú y dame diecisietes velas pa’ ponerle la cruz; dame un cabo de tabaco mayenye y un tarrito de aguardiente… ¡Azúcar! Que no hay.

A lo mejor las cosas no son como hasta aquí se han referido y los ritos purificadores sean no más producto de la imaginación editorial: pero es indudable que el gobierno y los poderes que lo apuntalan prostituyeron el voto de toda connotación cívica y lo han convertido en naipe de prestidigitador de feria, del mismo modo que la primera magistratura fue despojada de su majestad para que el presidente oficiase  de maestro de ceremonias en un circo de tres pistas –judicial, electoral y constituyente– o de monitor en sesión terapéutica de baile, lo mismo da: la seriedad se perdió y el primer combatiente se comporta como un monigote de feria. Piensa que lo que no se ha logrado con las ciencias políticas y económicas, puede quizá obtenerse por arte de magia. Ya una vez advirtió que Dios proveería. Pero el Señor no lo escuchó. O lo castigó. Se decantó por la nigromancia y convocó demonios. Lo malo es que solo se presentaron dos: el de la inflación y el de la especulación.

Ahora no hay exorcismo que los devuelva al infierno de la mala administración. ¿Terminará vendiendo su alma a Lucifer? O se conformará con pignorar el país a esos dos diablillos llamados Vladimir Putin y Xi Jinping. Aquel le podría revelar los secretos de Rasputín, este los arcanos del chamanismo chino. Afortunadamente para quienes somos víctimas de sus devaneos, las relaciones con México no están en su mejor momento.

 De lo contrario estaría reverenciando a la Santa Muerte y elevándole oraciones para que nos libre del maleficio oligarca, el encantamiento capitalista y la maldición derechista. Es preferible que festeje Halloween, se disfrace de Albus Dumbledore y simule que dirige el colegio de magia. Tal vez así nos libremos de sus trucos.