Crisis económica y diáspora

Si alguien tiene dudas (exceptuando, por supuesto, a los jefes de Miraflores) sobre cómo las crisis económicas que azotan a un país impulsan el éxodo de grandes masas de desempleados, de obreros con remuneraciones precarias, de campesinos y granjeros, de técnicos y especialistas en diferentes profesiones, pues haría bien en leer una obra titulada Los olvidados (Random House Mondadori 2010), cuyo autor es un periodista, investigador y documentalista griego llamado Tim Tzouliadis.

Los olvidados se subtitula “Una tragedia americana en la Rusia de Stalin”, y en verdad se merece esa advertencia. Para quienes caigan en la tentación de adelantarse y pensar que es un panfleto anticomunista, pues se equivocan porque se trata de una investigación tan fascinante que semeja una novela sobre la Unión Soviética pero con verdaderos personajes estadounidenses.

Es harto sabido que con la Gran Depresión padecida en la década de los años treinta la economía norteamericana se vino abajo. El “sueño americano” se convirtió en una pesadilla. Entonces los empobrecidos ciudadanos de Estados Unidos, engañados por la propaganda rusa, decidieron emigrar al paraíso de los trabajadores: la Unión Soviética, donde no existía el desempleo ni el hambre, mucho menos la pobreza. Mentira pura y cínica.

Al llegar fueron despojados de sus pasaportes y nunca más se los devolvieron, se les envió a pueblos inhóspitos y con condiciones climáticas duras y extremas. Fue la primera y única vez que los norteamericanos emigraron en masa. Más nunca.

Los olvidados no es un libro de ficción sino una rigurosa investigación histórica, con una bibliografía que supera las 45 páginas, amén de un amplísimo índice alfabético que da fe de los testimonios recogidos y de los lugares citados en la obra.

Los lectores de este editorial se preguntarán por qué esta cita tan larga. Pues porque la propaganda madurista, que en el fondo no es sino un gran saco de mentiras, pretende negar la huida de millones de venezolanos de este paraíso comunista que, en rigor, no es ni lo uno ni lo otro. No es paraíso sino infierno en la Tierra, y tampoco es comunista porque incluso Cuba, ese mar (o mal) de la felicidad, se ha arrepentido y se puso el disfraz de socialista.

Valga resaltar que la propaganda cubana insiste en que en la isla no hay inflación, circulan los pesos y los dólares en billetes, los hospitales funcionan y, mal que bien, se consiguen medicinas, escuelas para los niños, música, ron y jineteras a montón, es decir, rumba para todos, turistas incluidos. Lo raro es que los venezolanos no emigren a la isla sino a otros países de la región. Tampoco a los haitianos pobres les gusta nada Cuba, tan cercana, y prefieren ir a Chile, fría y lejana.

Carca de 2.600.000 venezolanos han huido de Nicolás, de sus jefes militares y del caos económico. Jorgito Rodríguez prometió traerlos de vuelta a casa y en el primer vuelo regresaron 170 pasajeros. A ese ritmo tardarán muchos años en regresarlos a todos.

Será un retorno a lo Cocoon, esa película de Hollywood dirigida por Ron Howard y estrenada en 1985, acerca de un grupo de ancianos que recobran las energías de la juventud y son felices. Sin Nicolás, sin Jorge y su hermanita, sin padrinos ni ahijados, sin mazos y sin colectivos malandros.