El verdadero Cascanueces

Pocas obras de danza escénica tan versionadas de infinitos modos como El Cascanueces.  Desde las grandes compañías de repertorio  del mundo, hasta la más modesta de las escuelas de ballet, todas escenifican el universal título en la época de Navidad, con mayor o menor apego a la tradición.

Para ubicar su verdadero origen habría que remitirse a la llamada escuela académica de San Petersburgo y al influjo en su configuración de Marius Petipa, el bailarín francés  convertido en figura determinante y hegemónica del ballet imperial ruso, al que alejó de la esencia romántica gala para orientarlo hacia un efectivo y efectista fasto escénico. Bajo esta impronta, Lev Ivanov estrenó su creación el 5 de diciembre de 1892 en el Teatro Marinski, según libreto de Petipa concebido a partir del fantástico y onírico cuento de Hoffmann adaptado por Dumas. La música de P.I. Tchaikovski, fundamental en la alta valoración de la obra, se convirtió en imperecedera y universal.  

A partir del siglo XX se han sucedido múltiples  versiones de esta obra, algunas de verdadero tenor: desde las de Gorsky, Lopukhov, Vajnonen y Grigorovich en la Rusia revolucionaria; Sergueeff y Ashton en Inglaterra; y Romanoff para los Ballets Rusos de Montecarlo, hasta las referenciales de Balanchine creada para el New York City Ballet, Nureyev con el Ballet del Teatro Real de Estocolmo y luego la Ópera de París, y Baryshnikov para el  American Ballet Theatre.

El Cascanueces es también una obra que forma parte de la historia de la danza académica venezolana desde sus mismos orígenes. La célebre Anna Pavlova incluyó los más significativos momentos de ella en sus legendarias presentaciones  en Caracas y Puerto Cabello de finales de 1917. Al término de los años cuarenta, la maestra austriaca Steffy Sthäl representó con los estudiantes de su escuela de ballet una suite del revelador título.

Ya en los inicios de los años setenta, Marisol Ferrari escenificó la versión completa de la obra con el Ballet de Cámara de la Universidad del Zulia, y a mediados de esa misma década Nina Novak lo hizo con el Ballet Clásico venezolano.  Keyla Ermecheo en 1980 realizó para el Ballet Metropolitano la producción integral según el abordaje coreográfico del maestro argentino Héctor Zaraspe, logrando el entusiasmo mayoritario por esta pieza.  Finalmente, en 1996, Vicente Nebreda convierte El Cascanueces en un espectáculo de nivel superior con los integrantes del Ballet del Teatro Teresa Carreño y lo consolida  definitivamente dentro de la tradición escénica de Venezuela.

A todo esto habría que añadir que el espíritu del cuento recorre  todo el país a través de los montajes escolares, resueltos con mayor o menor rigor, que se multiplican cada año en academias y centros de estudio, haciéndolo una costumbre venezolana arraigada.

El Cascanueces de Nebreda, de reciente temporada en la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, es notable por su concepción escénica, muy especialmente en su primer acto de brillante sentido del espectáculo. El segundo, se atiene a la tradición académica, que exige verdaderos primeros bailarines y solistas relevantes para una representación trascedente.. En la actualidad, la responsabilidad interpretativa recae en ejecutantes muy jóvenes de notables potencialidades, que hasta ahora inician su desarrollo profesional.

El Cascanueces ya no pertenece a ningún lugar en concreto. Su penetración en todas las geografías, en todos los contextos sociales, tendencias y niveles  artísticos, reafirma su definitiva universalidad. No hay uno solo y verdadero, sino múltiples y posibles.