En Venezuela hasta la doble moral es flexible

Flexibilidad es la capacidad de un cuerpo para doblarse sin el riesgo de que se rompa, adaptarse a las diversas circunstancias o adecuar normas a distintas situaciones o necesidades. Cómo olvidar que aquella célebre y triste frase inmortalizada en tiempos de ilusión y expectativa ciudadana de “a veces hay que doblarse para no quebrarse”, generó, más que polémica, defraudación, desesperanza y contrariedad.

La moral es la disciplina filosófica que estudia el comportamiento humano en cuanto al bien y el mal. Es el conjunto de costumbres y normas que se consideran buenas para dirigir o juzgar el proceder de las personas en una comunidad en cualquier aspecto de la vida diaria.

La moral es única, cuando tiene dos caras –o más, que hay casos– es antimoral, es inmoralidad.

La doble moral indica el criterio que se desdobla, las posiciones éticas que utiliza una persona o entidad cuando se comporta de dos maneras distintas respecto a una misma situación. Se trata de una injusticia ya que implica una violación de la imparcialidad; una doble moral es como las máscaras teatrales del drama y la comedia, que se contraponen.

Supongamos que se condena con dureza un hecho de corrupción que tiene como protagonista a un político opositor, pero se justifica o avala el accionar corrupto de un funcionario oficialista. Es decir, ante un mismo caso, se realizan dos juicios opuestos: censura al opositor y argumento para el gobernante.

Cuando se requiere ayuda internacional se visitan países y organizaciones, se demuestra lo insoportable del sufrimiento, urge auxilio humanitario, hay hambre, morimos por falta de medicamentos y si no, la inseguridad nos asesina, se exclama con horror que vivimos en dictadura; gobiernos, grupos de presión, organismos multilaterales y gran parte del mundo reaccionan; nosotros aplaudimos y expresamos gratitud con grandes aspavientos.

Pero cuando se comienzan a tomar medidas de carácter diplomático y financiero que por afectar al régimen nos golpean a todos, quienes solicitaron asistencia dan declaraciones imprecisas y confusas por infortunadas e incoherentes que “los venezolanos no pedimos sanciones: pedimos que se cumpla la Constitución y que todo contrato y toda deuda pase por la Asamblea Nacional”.

Ocurre que cuando el dirigente político predica humildad y sencillez, exige solidaridad con los menos favorecidos y quienes más la necesitan e invita a realizar sacrificios llevando una vida sencilla y austera desprendiéndose de las riquezas materiales, en su entorno privado actúa de forma soberbia y egoísta disfrutando de lujo, riqueza, comodidades y bienestar, demostrando su doble moral: lo que considera bueno para los demás y para la comunidad, no lo toma en cuenta en su propia existencia.

La doble moral es un criterio que se aplica a un individuo o a una institución cuando se le acusa de ejercer una doble norma en el tratamiento dado a diferentes grupos de personas, es decir, que injustamente permite más libertad de conducta o beneficios a un sujeto que a otro.

La doble moral es injusta porque viola el principio de justicia conocido como imparcialidad, según el cual los mismos criterios se aplican a todas las personas sin parcialidad ni favoritismo; por cierto, base conceptual de la democracia. La doble moral viola este principio pues toma en cuenta a las personas según criterios diferentes.

Aunque la doble moral generalmente se condena y rechaza, irónicamente es utilizada y aceptada con demasiada frecuencia sin pudor ni complejos. Los esfuerzos para defender una situación en la que se aplique la doble moral terminan negando que se esté empleando, o intentan acabar con la discusión dando razones para el trato diferente. Por ejemplo, la traición deja de serlo cuando beneficia al que cambia de un campo al nuestro. La sinvergüencería y el robo son excusables cuando favorecen. Si la justicia parcial y manipulada socorre, es justa e igualitaria.

Un ejemplo deplorable, desafortunado pero habitual y tradicional en muchas sociedades, es el caso del adulterio cuando este es aceptado para un esposo y negado a su cónyuge que desea tener un amante. Del mismo modo, un hombre que tiene relaciones sexuales con muchas mujeres puede ser llamado “galán” o “don Juan”, calificado positiva y hasta admirativamente -para algunos, es ejemplo a seguir. Mientras que una mujer que tiene amoríos íntimos con varios hombres puede ser catalogada de “prostituta” y con otras ofensivas descalificaciones, definida negativamente por la sociedad.

Sucede en nuestro país mucho más a menudo de lo deseable, en la forma de juzgarse y enfrentarse mutuamente el gobierno y la oposición, pero también en el tratamiento de cada uno de ellos a otras personas e instituciones se dicen y contradicen con tal frecuencia que aturde. Es una especie de moral múltiple que contamina y pudre lo que toca por su perversidad, esa bajeza humana tan ladina y maliciosa como es la hipocresía. Ejemplo categórico, rechazar por ilegítima, engañosa y bribona a la asamblea constituyente para luego convalidarla al aceptar sus resoluciones y mandatos.

Por eso, ante la acusación de un trato desigual, en vez de una reflexión ávida de constricción y penitencia, lo que suele darse es una justificación “adecuada” para el tratamiento diferente, y nunca el empeño en eliminar el trato desigual propiamente dicho. Este mecanismo –lamentable– es muy común en los centros de los poderes públicos, nacionales e internacionales.

El antiguo aforismo latino “Quod licet Iovi, non licet bovi” (Lo que es lícito para Júpiter no es lícito para todos) capta la idea de los relajados criterios de comportamiento que la elite utiliza para sí misma y las normas más ásperas que aplica a las masas.

En Venezuela estamos más allá, en un nivel tan repulsivo de inmoralidad, que hasta la doble moral es flexible. Como una melcocha envenenada que ha contaminado a la sociedad convirtiéndola en cómplice, encaminada hacia su propia destrucción.