¿Usted qué cree de mal en peor?

Cuesta mucho, al menos que se piense en lo que ha venido pasando durante la presidencia de Maduro, para no comentar tiempos anteriores ni ser redundante, en cualquier caso, repetido ha sido el castro-madurismo que, del pajarito y asalto a las tiendas de electrodomésticos para acá, no ha parado de acertar en la prepotencia y furia del poder, equivocándose en todo lo demás.

Difícil creer el arrase de las gobernaciones por parte del oficialismo en las elecciones de este pasado domingo, como en los sorprendentes millones de votos de aquel solitario y deslucido 30 de julio cuando el equipo electoral obediente, fiel y disciplinado al socialismo bolivariano del siglo XXI encontró votos para los constituyentes hasta debajo de las piedras.

¿Qué sentido tiene sacar cuentas? La mayoría parece masoquista y vive en babia, o los inventos electorales han sido en ambas fechas de magnitud descarada. Que politiqueros no han advertido.

Más que por los méritos del régimen integrado por sancionados internacionalmente, y por ello aferrados a Venezuela les guste o no, por las ya conocidas fallas de una oposición que mucho habló, proclamó, viajó y aseguró, pero obviamente fue agarrada para las elecciones de gobernadores con los pantalones en las manos, la desunión, interés partidista y la fascinación por “espacios” que no son más que pequeñas trincheras sin consecuencias más allá de sostenerse un poquito al amparo de insignificantes trozos de presupuestos y la comprobación de que la MUD no es ya más que un cadáver en busca de una tumba definitiva.

Un fantasma, alma en pena que vaga por campos abandonados, a diferencia de sus adversarios, Fidel y Hugo, enterrados rimbombantes el primero dentro de una piedra, el segundo debajo de una pesada losa. Los muertos a sus pozos y que alguien rece por sus almas, la caridad nunca debe faltar del todo, mientras como la Sayona en busca de sus hijos, el espíritu lloroso de una MUD muerta tras una lenta, constante y triste inmolación, se desvanece entre oscuridades y recuerdos fallidos.

A la apenada alma opositora hasta los testigos le faltaron en demasiadas mesas electorales, se dejó quitar con cierta mansedumbre no exenta de las habituales promesas de que no reconocerán los resultados, el cómplice silencio sobre la inconveniencia de varios candidatos poco recomendables excepto en sospechas firmes de corrupción y vagabunderías, y los claros campanazos de muerte política.

Los ciudadanos han rezongado, marchado, tragado gases, los han heridos bombas lacrimógenas y balas, caceroleado, clausurado vías, hasta se inventó la puputov para bañar de caca a represores y no ha pasado nada –en lo absoluto– por hacerlo, pero por oponernos a la dictadura, ha cobrado con creces el atrevimiento de enfrentarla, ha hostigado, recluido, confinado, torturado, incomunicado y desterrado a quien ha considerado incómodo. Pero, lo que se ha sufrido y continúa, sirve para poner en evidencia y al corriente que en Venezuela existe una dictadura. Que a veces nosotros mismos ponemos en duda con nuestras actuaciones y procederes.

Ahora solo queda la esperanza, que nunca debe perderse, aunque hoy pareciera bastante débil, evitar se esfumen en las brumas del olvido y se abran las puertas opositoras a venezolanos cuyo potencial está en la coherencia, honorabilidad y defensa, en algunos casos encarcelada, de su dignidad.

Dificultoso que varios derrotados dirigentes acepten su propia vergüenza, se vayan y retiren a sus casas –o a Miami a seguir hablando– y dejando a la enferma oposición, en manos más eficientes, menos egoístas. Hay que resguardar esperanzas para no morirnos de mengua, porque de hambre y desesperanza ya estamos bastante avanzados.

La otra expectativa es mirar a futuro sin fecha precisa en los cuales la ciudadanía termine de hartarse de tanto bandidaje, complicidades, descaro e incompetencia, aunque resulte complicado rebelarse cuando es el hambreador quien tiene las armas en la mano y la desesperación suficiente para usarlas.

Muy mal deben andar las cosas para que chavistas de origen golpista, las tres raíces y demás demagogias, hayan perdido Táchira, Nueva Esparta y Zulia, pero eso es lo que hay y si no se produce un cambio radical en el liderazgo opositor, ni siquiera de eso vale la pena hablar. Todo seguirá de malo y desastroso hasta peor, es difícil tener más vacías las neveras y más desgastados los sueños que se quedaron regados en los caminos y en las ausencias irresponsables.

Observar con zozobra cómo en ciertos periodos históricos los pueblos se extravían de manera trágica como Venezuela en estos momentos. Una realidad que no debemos ocultar, por el contrario, enfrentar. La ruina moral, material y de principios a la que hemos estado sometidos los últimos tiempos, atiborra a la población de angustia, ansiedad y sobresaltos. Sus consecuencias, sangre de jóvenes derramada en las calles, hambre, carestía, mortandad y desarreglos. Un lodazal de inmoralidad, indecencia, corrupción, represión, descaro y cinismo han imperado en esta revolución de pacotilla.

La ciudadanía extenuada y recelosa está disipada, desorientada y confundida, pero con la nueva dirección opositora que deberá instalarse de inmediato, le corresponderá entre sus primeras tareas de acción, recuperar la confianza, rescatar la verdad y los principios éticos de la política además de las buenas costumbres ciudadanas. Concebir una inspiración para un nuevo impulso que empuñe con orgullo la bandera de la dignidad y decencia, enterrando el populismo, la complicidad y mentira como estrategia.

Es lo que nuestro país exige, precisa y requiere. Venezuela merece mejor y tendrá mejor. Que no exista duda, más pronto que tarde será una realidad.