Una sociedad sin estímulos

El gobierno ha fijado el nuevo salario mínimo. ¿Qué ocurre con las escalas de salarios en la administración pública? ¿Cómo afecta los acuerdos entre empleados y empleadores consignados en los contratos colectivos? ¿Qué ocurre en instituciones como las Fuerzas Armadas, regidas por un particular esquema de remuneraciones y a cuyos oficiales ha advertido ya el ministro del área sobre la necesidad de moderar sus expectativas porque las cosas no están como para que los tenientes sigan recibiendo nueve salarios mínimos como recibieron en el mes de julio?

Por de pronto, el gobierno ha publicado un instructivo para el sector oficial en el que se establece una diferencia apenas mayor a 5% entre el sueldo mensual de un trabajador de nivel básico y otro del nivel más alto y en el que se marca un tope de incremento salarial de 12% para un técnico universitario y de 20% para un posgraduado universitario con PhD.

Un primer análisis de la medida resalta la incoherencia entre estos aumentos salariales y las intenciones de reducir el gasto fiscal, eliminar la emisión de dinero inorgánico y frenar la inflación. Para el menos informado, salta a la vista la incapacidad de la economía nacional en el estado actual –tanto para el sector público como para el privado– para asumir los incrementos salariales y los compromisos ligados a los mismos. Claramente, no hay fuerza económica para cubrir los aumentos. La medida aleja el objetivo de ajuste fiscal que el gobierno dice perseguir. En la hora actual venezolana, un ajuste fiscal que no cuente con apoyo e ingentes préstamos en moneda dura de los organismos internacionales no tendrá éxito.

Un segundo nivel de análisis lleva a algo más serio todavía. El aplanamiento del sistema salarial, tal como fue implantado en países comunistas solo los condujo a su fracaso económico. Esta práctica imposibilita el reconocimiento de las diferencias por formación, dedicación, mérito, antigüedad y responsabilidad. Representa la reafirmación de una ideología y de un sistema históricamente fracasados.

¿Cómo mirar la medida a la luz de conceptos como justicia, equidad, mérito, responsabilidad, aspiraciones, motivaciones, estímulos? La bandera del igualitarismo reduce las aspiraciones de las personas, desestimula el crecimiento personal, atenta contra los principios de equidad y de justicia en lo que es atinente al reconocimiento a cada uno de su aporte y de sus méritos.

Una posición así niega la importancia de la preparación de las personas y pervierte el nivel de responsabilidad de cada posición. Desestimula el trabajo, la formación, la experiencia. Obedece a un concepto de igualitarismo propio de sociedades no libres. Llevar a la mayoría de los trabajadores a ganar salario mínimo pone de manifiesto la propuesta igualitarista que desconoce la diferencia en talento, conocimiento y habilidades y conduce a la nivelación por abajo. La conclusión es la falta de motivación, la mediocridad y el conformismo.

Una sociedad moderna reconoce el talento, premia el mérito, alienta el trabajo, la dedicación y el crecimiento. Son estos los valores sobre los cuales crece la sociedad y crece el individuo, tanto como trabajador o empleado que hace una carrera y que aspira a subir en ella, como el emprendedor que aspira al crecimiento de su empresa. Una sociedad moderna debe garantizar la igualdad de oportunidades. En la consecución de resultados intervienen la capacitación continua, la motivación, la ambición personal, la excelencia en el desempeño, la productividad y la competitividad. Las escalas de compensación modernas consagran precisamente estas características y las premian con el reconocimiento económico. Una sociedad que no estimula la preparación y la excelencia no funciona, y no crece.

Uno de los mayores daños que se puede hacer a un individuo y a una sociedad es quebrar sus aspiraciones y condenarle a la mediocridad o a la resignación.

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