Una política de la libertad

“Pero ¿quiénes son en realidad estos llamados «disidentes»? ¿De dónde nace su postura y qué sentido tiene? ¿Cuál es el sentido de esas «iniciativas independientes» en torno a las que los «disidentes» se congregan y qué oportunidades reales tienen tales iniciativas? (…) Al referirse a su actuación, ¿es adecuado emplear el concepto de «oposición»?”. Vaclav Havel, El poder de los sin poder, 1978.

Hace pocos meses fue publicado un libro de sumo valor para la comprensión política de nuestro tiempo, coordinado por Álvaro Vargas Llosa, y que lleva por título El estallido del populismo (Planeta, 2017), en el que reconocidos especialistas, intelectuales y analistas de habla hispana, tanto de Europa como de América, describen y examinan la explosión que ha tenido en varias partes del mundo, incluidos países desarrollados, esta forma de discurso y acción política, incompatible con la democracia liberal, el Estado de Derecho, los derechos humanos y la economía abierta.

Nombres como los de Enrique Krauze, Carlos Alberto Montaner, Sergio Ramírez, Juan Carlos Lechín, Mauricio Rojas y Mario Vargas Llosa, entre otros, figuran entre los colaboradores de esta obra, que desde luego dedica un capítulo al caso venezolano, como forma extrema y degenerada del populismo, a fin de alertar a los demás países afectados por la epidemia de lo que se puede llegar cuando aquel no es contrarrestado.

Cabría esperar que ese capítulo sobre Venezuela fuera pedido a alguno de los muchos intelectuales o académicos que se han dedicado a estudiar el régimen político que detenta el poder en nuestro país. Pero, por sorprendente que pueda parecer, el capítulo lleva la autoría de una dirigente política que, más que estudiar, ha comprendido la naturaleza de ese régimen, y decidió combatirlo desde la lucha política en todas sus expresiones, sin tregua, como en su momento Rómulo Betancourt resolvió no dar tregua ni a las tiranías militaristas ni a las tiranías socialistas, solo que con una diferencia sustancial: decidió hacerlo no desde la visión socialista democrática del poder, la sociedad y el individuo, sino desde la visión liberal.

Tal vez por reunir estas dos condiciones haya sido María Corina Machado la invitada a exponer su interpretación de la tragedia venezolana, de sus causas, consecuencias y posibles salidas, dando así espacio más allá de nuestras fronteras a una visión de la política nacional diferente, original y comprometida con la acción desde los valores y el rescate del honor de la República destrozada desde la concentración del poder en manos de un golpista subordinado a la tiranía castrista desde 1999. Tal reconocimiento de los coordinadores de la obra contrasta por estos días con la condena, rechazo, repudio y hasta insultos que esta dirigente y el partido del cual es coordinadora, Vente Venezuela, han recibido de parte de las “élites políticas” venezolanas (políticos, intelectuales, periodistas, académicos y personalidades públicas) –no así, por cierto, de los ciudadanos en general–, luego de anunciar la decisión de su partido de no acompañar a la Mesa de la Unidad Democrática, MUD, en su muy cuestionable –por improvisada e incoherente– decisión de participar en las “elecciones regionales” que anunció el régimen chavista.

¿Ha sido esta decisión la que generó las expresiones de condena antes mencionadas, o las causas de ese desprecio de las “élites políticas” venezolanas hacia Machado y Vente Venezuela vienen de hechos anteriores? Como se verá a continuación, las tensiones entre el “establishment político” opositor al chavismo y la política de ideas liberales vienen de hace muchos años atrás.

María Corina Machado es uno de los pocos dirigentes que nunca condenó las luchas ciudadanas no lideradas por partidos, con sus aciertos y errores, desde 2001 en contra del régimen autoritario de Hugo Chávez, ahora conducido por Nicolás Maduro; por el contrario, las ha valorado, respetado y reivindicado, como parte de la épica resistencia de los venezolanos al totalitarismo militarista y neocomunista, rechazando la descalificación como “antipolítica” que de esa gesta hacen “verdaderos políticos” con el fin de ocultar el valor de la acción política ciudadana no partidista, y sobredimensionar la importancia de los partidos políticos venezolanos, carentes de ideología y renovada visión de país, pero sobre todo, siervos del rentismo, las encuestas, la corrección política y del paternalismo populista –lo cual, valga decir, es trágico, porque sin partidos políticos vigorosos y plurales no es viable la democracia liberal–.

Esa valoración de nuestra resistencia a la opresión se debe, con seguridad, a que nunca olvidó el porqué de las huelgas de 2001, las multitudinarias movilizaciones de 2002, del fraude electoral de 2004 validado a instancias de la OEA, de la no participación en unas falsas elecciones legislativas en 2005 –con “morochas” de por medio–, del brutal uso del Estado para asegurar los resultados de las presidenciales en 2006 y en 2012, y de lo intrascendentes que han terminado siendo, por falta de una estrategia política mayor de recuperación de la libertad, las “victorias electorales” de oposición, ya dirigida por partidos políticos, en 2007 –referéndum de reforma constitucional–, 2013 –elecciones municipales– y 2015 –elecciones parlamentarias–, por la forma como el régimen luego desconoció en cada caso los resultados, y sin que en ninguna de ellas haya estado en disputa el real poder en Venezuela: la Presidencia de la República.

Siempre ha mantenido una posición acertada, firme y coherente con relación a la naturaleza del régimen, sus métodos y sus fines, por lo cual jamás ha contemplado la posibilidad de coexistir y legitimar directa o indirectamente la permanencia en el poder del proyecto autocrático revolucionario, expresando al mismo tiempo dudas fundadas acerca de la posibilidad cierta de que por vía electoral ese proyecto abandone el poder.

Nunca ha menospreciado el sacrificio de los ciudadanos que en 2014 y ahora en 2017 se han lanzado a las calles por su propia iniciativa en todo el territorio nacional, arriesgando su vida, libertad, integridad, propiedad, etc., para repudiar al régimen; por el contrario, ha respetado, acompañado y respaldado esa acción que juzga indispensable para forzar la caída del despotismo.

La razón para ese proceder es simple: sostiene que cada día que permanece en el poder el régimen es un día en que más venezolanos mueren a causa de la inseguridad, de las enfermedades y de la pobreza, y que es falaz el señalar que presionarlo en las calles es estimular un baño de sangre o una guerra civil, en el primer caso porque ese baño ya está ocurriendo por las causas indicadas, y en el segundo porque no existe una polarización entre venezolanos –entre chavistas y opositores–, sino una lucha existencial entre la camarilla narcomilitarista y civiles indefensos que pelean por su libertad.

Ha mantenido un discurso claro hacia los efectivos militares de exigencia de pleno respeto a la Constitución, los derechos humanos y los principios republicanos, de repudiar la invasión castrista promovida por Hugo Chávez, de no acatar las órdenes de la tiranía y de ponerse del lado de los ciudadanos, sin pedir golpes de Estado o dictaduras militares.

Fue la única política que como diputada, en el período de mayor ferocidad de las violaciones contra la propiedad privada, llamó ladrón al tirano en la tribuna de la República, y le exigió rendir cuentas por esa política inconstitucional a las víctimas de la misma, que se cuentan por cientos de miles en todo el país, por entender que la misma era expresión de la ideología neocomunista aplicada a través de la “legalidad” chavista.

La coordinadora de Vente Venezuela siempre denunció las arbitrariedades y trampas del sistema electoral venezolano, ha debatido con los que afirman que a pesar de todo se han “ganado” elecciones, tanto por lo ocurrido en ellas como por la forma como el régimen desconoció los resultados –en realidad, la soberanía popular–, y ha sostenido que sin una presión nacional e internacional eficaz, el régimen –no Maduro, sino el aparato autoritario– siempre podrá manipular las condiciones electorales para seguir en el poder.

Nunca ha negado que la mejor opción para poner fin a la tiranía sea una negociación que le ahorre al país más sangre de venezolanos, pero no cualquier negociación que le dé tiempo y legitimidad al régimen –como la propuesta por Rodríguez Zapatero y aceptada por la MUD–, sino una en la camarilla autoritaria entregue el poder y se forme un gobierno de transición y unidad nacional, con nuevos poderes, todos designados por la Asamblea Nacional, que garanticen elecciones auténticas, lo que no puede lograrse sin permanente y eficaz presión interna ciudadana e internacional multilateral, a todo nivel.

Junto a Vente ha sido partidaria de la unidad de los sectores democráticos, pero de una que vaya más allá de los partidos, y que esté siempre en sintonía con la exigencia ciudadana de cambio político, más no con agendas ocultas internas partidistas, que llevan a decir cosas en público y hacer otras en privado. Por ello, desde las primarias de 2012 hasta agosto de 2017 formó parte de la MUD, a la que millones de venezolanos exigen actuar como instrumento para debilitar y derrotar a la tiranía, sin limitarse a participar en contiendas electorales controladas por el Partido Socialista Unido de Venezuela a través del Consejo Nacional Electoral, tal y como se ratificó en el plebiscito del 16/07/17, por estos días dejado de lado por algunos integrantes y asesores de la MUD.

En vista de ese ya inocultable divorcio entre la agenda de los partidos de la MUD y la exigencia ciudadana de actuar para lograr el cambio político, sin continuar aceptando las ilegítimas “reglas” de la tiranía ahora bajo la espuria constituyente, el 10/08/17 informó al país que Vente Venezuela se apartaba de la unidad electoralista –que está a punto de perder la Asamblea Nacional por lograr unas gobernaciones de papel– para mantenerse fiel al mandato de más de 7 millones de venezolanos del 16/07/17, de luchar por todas las vías políticas necesarias hasta lograr la derrota de la pretensión de abolir la república y convertir a Venezuela en un gran gulag.

Es claro que la política liberal no es una “abstencionista” como algunos intelectuales la llaman para descalificarla. Nunca plantea permanecer inmóviles. Sí en cambio, como el alcalde metropolitano Antonio Ledezma, advierte del peligro de caer en la trampa de las “elecciones regionales” que nada aportan a la lucha por la libertad de Venezuela, y que terminará por brindar estabilidad, legitimidad y sobre todo tiempo al chavismo, para seguir en el poder y preparar con toda tranquilidad sus próximos pasos desde la constituyente totalitaria, para suspender las elecciones presidenciales de 2018 o fijar condiciones “comunales” que las conviertan en una farsa, mucho peor que la gigantesca puesta en escena que fue la “elección” de esa constituyente, el 30/07/17.

Las ideas y propuestas de Machado, desde luego, no son infalibles ni tienen por qué ser consideradas las mejores. Pero son coherentes con la visión de su partido y se basan en hechos, experiencias y evaluaciones que reclaman al menos consideración. Por ello, sin ofrecer vías expeditas ni fórmulas mágicas, ha insistido ante el país y ante las instancias democráticas del mundo en que la derrota de la tiranía narcomilitarista, con su dispositivo totalitario que es la constituyente castrista, no pasa por “importar” otras transiciones, como la de España, la de Chile o las centroamericanas, y siguiendo en ello a otros venezolanos de experiencia en la materia, como el ex embajador Diego Arria.

En este sentido alega que la salida de la larga noche colectivista será “no convencional”, inédita, y de seguro combinará la acción de desobediencia ciudadana –con la Asamblea Nacional en plan estelar, por lo que no se la puede perder–, la acción de rebeldía de los oficiales institucionales frente a las órdenes injustas y la presión internacional más enérgica que se pueda aplicar, para que no solo la vida de millones se salve, sino para que Venezuela no se convierta en una suerte de “Siria” en América, o incluso algo peor.

En cada uno de los asuntos mencionados, esta líder venezolana mantiene una postura casi opuesta de raíz a la que mantienen en ellos los políticos, intelectuales, académicos y periodistas que conforman la “oposición” en Venezuela, tanto sobrevivientes del período anterior al ascenso de Chávez al poder como otros dedicados a la política a partir de 1998, todos hoy reunidos o en torno a la MUD. Y, sin embargo, no es por esos radicales desacuerdos que tal vez ese “establishment” más la descalifica, rechaza e insulta, sino por las ideas y el proyecto que para nuestro país ha venido preparando el partido del cual es parte, Vente Venezuela, para echar a andar luego de la caída de la tiranía y la vuelta de la democracia y la libertad a la patria de Francisco de Miranda, de contar con el apoyo popular para ello.

En sus propias palabras: “…el único antídoto verdadero contra el populismo es el objeto de nuestra lucha política: la conquista, afianzamiento y expansión de la democracia liberal (…) la única solución viable es la democracia liberal porque fue esta –la que surgió en la Modernidad– la que contempló un diseño institucional capaz de dividir el poder del Estado en varias ramas, al amparo de una Constitución y en el marco de un Estado de Derecho, en resguardo siempre de la libertad de cada ciudadano” (“La tiranía chavista y la decisión de vencerla”, en El estallido del populismo, pp. 165 y 166).

Cabe sospechar que la vieja clase política venezolana, así como los nuevos partidos que asumieron el discurso paternalista y populista, temen que en un futuro el voto popular se los dispute un partido que sin complejos propone al país romper con el estatismo, con el intervencionismo, el clientelismo corrupto y el populismo autoritario, a través de la eliminación de las instituciones del petroestado y la adopción de instituciones inclusivas, que brinden libertad, oportunidades y desarrollo a los ciudadanos. Para aquellos, esta venezolana pone en riesgo su actual y futura forma de existencia, basada en la renta que le brindan las instituciones extractivas creadas durante el período democrático (1958-1988), y es por ello hay que ridiculizarla, minimizarla, excluirla y desprestigiarla siempre, como sea y ante quien sea, pues de ser atendida, dentro y fuera de Venezuela, podría ser el fin de la vida y del prestigio político de muchos “sabios” de la política doméstica.

Tal vez esos intereses comunes expliquen tanto su injusta inhabilitación para ejercer cargos públicos como el hecho de que el CNE se haya negado sin base jurídica alguna a inscribir a Vente Venezuela como partido político desde hace ya varios años, mientras que sí ha otorgado en ese mismo lapso su inscripción a partidos socialistas en cualquiera de sus variopintas formas, incluidos varios que actualmente son opositores al régimen.

Es en este contexto, de ruptura no con la unidad que presentan los más de 7 millones de venezolanos que ratificaron su mandato de cambio político el 16/07/17 para no seguir muriendo cada día de hambre, de enfermedades, por la inseguridad o la pobreza, sino con la nueva trampa castrista que el régimen ha puesto en el camino, disfrazada de “elecciones regionales”, que tanto los venezolanos como los gobiernos democráticos, organismos internacionales y analistas que estudian la crisis venezolana, deberían evaluar la decisión tomada por Vente Venezuela, y comunicada por su coordinadora nacional, así como las propuestas, críticas y exigencias que en lo sucesivo se planteen, con sus aciertos y sus errores inevitables, desde el único partido que trabaja conforme a los valores de una política alineada con la libertad, el Estado de Derecho, la democracia liberal, la economía abierta y el pluralismo.

Lo importante es no caer en el error de considerar este decisivo paso como una “ruptura” de la unidad opositora que favorece a Maduro, o una mera “malacrianza” de una recién llegada a la política que, como carece de votos, trata de llamar la atención como sea.

Tal vez, sea gracias a esta divergencia interna del sector democrático, entre la vieja forma de hacer política en Venezuela, que combina el paternalismo populista con el deshonor clientelar, bien estudiada por intelectuales como Carlos Rangel, Aníbal Romero, María Sol Pérez y Luis Castro Leiva, entre otros, y la nueva que ensaya este pequeño pero valiente partido todavía en formación que lidera Machado, basado en el ideal de la república liberal democrática que inspiró nuestra independencia –ojalá otros partidos políticos elijan también romper con la vieja forma–, que podamos los venezolanos encontrar las vías para derrotar al régimen narcomilitarista y neocomunista, y más allá, para romper con la cultura política socialista fracasada que nos condujo a esta tragedia nacional, a contracorriente de los avances del resto de Hispanoamérica en los inicios del siglo XXI.