El triángulo de la maldad

El escritor belga David van Reybrouck en sugerente libro que, con el título Contra las elecciones, subtitula “Cómo salvar la democracia”, esgrime como premisa de su enjundiosa reflexión una paradoja: “Con la democracia ocurre algo curioso: todo el mundo la desea, pero no hay nadie que crea en ella”.

Según el autor, a la sazón existe una recíproca desconfianza: la del pueblo hacia los políticos –al considerarles parásitos y aprovechadores– y la de los políticos hacia el pueblo: al que juzgan ignorante de las complejidades de la política y, por ello, todo compromiso entre políticos le consideran un acto de traición.

Obviamente, en su análisis el libro de Van Reybrouck observa la situación en Flandes, y advierte que allí el pueblo es de tendencia conservadora, apegado a sus tradiciones; en tanto que los políticos son innovadores y liberales. Y dice bien lo evidente, a saber, que la crisis de la democracia es de legitimidad y de eficacia.

Recuerda que el rechazo histórico de las autocracias se explica en que siendo eficaces pierden legitimidad: piden del pueblo pagar como costo sus libertades. Del mismo modo en que la oclocracia, donde el pueblo debate y decide siempre acerca de los hechos de relevancia pública, incrementa la legitimidad a costa de trágicas o nulas ejecutorias.

Habiendo sido la democracia el modelo “menos malo”, por sostener en equilibrio crítico ambas exigencias –la legitimidad y la eficacia, el origen democrático del gobernante y su eficaz desempeño democrático–, como lo hacen los marineros sobre un barco en movimiento, el caso es que pasamos por una verdadera tempestad.

Si a la luz de estas premisas ponemos atención al caso de Venezuela, cabe constatar que la cuestión democrática comentada, en parte, es también propia y ajena.

En medio del carácter líquido adquirido por las sociedades civiles actuales, cuyos lazos de afecto se hacen colcha de retazos: en nuestro caso por la hambruna y el ningún prestigio de las instituciones, el ejercicio democrático es casi un imposible, al menos como lo ha sido. Y presas –hago, aquí sí, excepción de lo venezolano– de las demandas provenientes no ya de los partidos o los grupos organizados que restan y también se diluyen, sino de exigencias ciudadanas individuales, exponenciales, variables y variopintas, según estados de ánimo y sentimientos personales de orfandad que se hacen valer a través de las redes, los políticos contemporáneos se han convertido en simples cajas de resonancia. Se han integrado a la explosión del desorden.

Así como el pueblo se abstiene en lo electoral, cambia cada 24 horas de opción de liderazgo, abandona los partidos o los convierte en franquicias electorales sustituibles, con lo que se daña la legitimidad democrática, la efectividad de los políticos es proporcionalmente regresiva.

La fútil velocidad con la que giran en sus discursos les impide, a su vez, adoptar decisiones eficaces y reales, y dañan así estructuralmente la democracia. Vivir más preocupados por la legitimidad y sus rápidos desgastes como políticos, les hace preferir el cuidado de sus imágenes a los resultados concretos, incluso los que son sinceros y sensibles a los problemas de la gente.

Lo que es más complejo: nadie puede decidir como lo hacían antes los gobiernos y los partidos en el pasado, unilateralmente. La globalización, gústenos o no, realidad inevitable en espera de su armazón constitucional, propicia un rompecabezas de intereses y perspectivas locales, sociales, económicas, culturales, internacionales que se entrelazan y desbordan las fronteras de los Estados –no escapa Venezuela– y condicionan, incluso de modo anárquico, los procesos decisorios. Y hasta sobre los asuntos privados que la gente hace públicos: bajo la deriva digital y en su narcisismo, y solo le falta poner altoparlantes en los confesionarios.

La misma agonía de las dos variables que equilibra la democracia y la disfuncionalidad entre el pueblo y los políticos era patente, cabe recordarlo, en la Venezuela de 1989, cuando se cierra el ciclo histórico de 30 años del modelo democrático representativo que arranca en 1959. Nuestras élites no la percibieron. Y por eso es que emerge con fuerza el tráfico de las ilusiones, el populismo: ganar al pueblo como sea y prometerle el paraíso terrenal.

En buena lid, hoy tenemos una ventaja los venezolanos. Pero reclama de los políticos dejar de lado, por lo pronto, el “incidentalismo”, la fugacidad discursiva o deletérea de lo sustancial. Han de abandonar la democracia de casino, la de usa y tire, pues la opinión pública está mineralizada en cuanto a tres verdades absolutas: (1) Muere de mengua el país, y cada día que pasa sin alimentos ni medicinas agrava su situación. No puede esperar. El mundo digital es para este, en la hora, una quimera. (2) El origen del mal tiene nombre: Nicolás Maduro Moros y su narcorrégimen. (3) Aquel y su asamblea constituyente son dos engendros, antidemocráticos, carentes de legitimidad.

En suma, quienes interpreten y resuelvan con eficacia sobre ese triángulo del mal, en lo que todos concuerdan, obtendrán legitimidad factual y estable, y podrán darle a la democracia –que es el mismo pueblo– una fundada esperanza: alcanzar luego elecciones libres e informadas.

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