La terrible extensión del daño

Todos estamos mal en Venezuela: pueblo, oposición y gobierno. El pueblo está atravesando el peor momento de su historia, si excluimos de esta afirmación a las guerras de Independencia y de la Federación. Hoy, sin guerra, y luego de haber recibido el mayor ingreso petrolero de su historia, el país tiene una superinflación desconocida anteriormente, una carestía de alimentos, medicinas y bienes de uso ordinario como no se había visto jamás, una delincuencia desatada e impune que ha causado más muertes violentas que todas nuestras guerras y revoluciones juntas. Las enfermedades endémicas que habían sido erradicadas han regresado por el profundo deterioro de los servicios sanitarios. El índice de fallecimientos por desnutrición y falta de medicamentos se ha multiplicado, y alcanza niveles propios de las naciones más pobres y atrasadas del mundo.

La dependencia de los pobres, en relación con el gobierno, es la mayor que ha habido en Venezuela a lo largo de toda su historia. Hoy, para millones de venezolanos, la comida, la vivienda, el trabajo y la salud dependen del carnet de la patria o de una credencial de adscripción a una de las múltiples “misiones”, unidades de beneficencia pública que operan como instrumentos de clientela política, cuya contraprestación se exige al beneficiado en el acto de votar (lista en mano) y con la asistencia a todas las manifestaciones, convocatorias y demás actos de “masa” en respaldo de la “causa”.

La dirigencia opositora, cuya unidad, integración y buen juicio son indispensables para la superación pacífica y constitucional del drama nacional, se encuentra dividida y confundida, situación a la cual llegó por no haber sabido enfrentar con éxito las maniobras, trampas, abusos, ilegalidades y represiones que el régimen chavista ha desplegado a lo largo de los 19 años que lleva gobernando, y especialmente en los 2 últimos años de la etapa madurista del proceso. La oposición se encuentra dividida y confundida. Sin embargo, tiene la oportunidad de una recuperación si enfrenta adecuadamente el desafío que se le presenta en relación con la elección presidencial del próximo año.

El gobierno, por su parte, tampoco está en buenas condiciones. Se diría, incluso, que está en pésimas condiciones, si tomamos en cuenta el gigantesco cúmulo de graves problemas que confronta y que no puede resolver sin revocar el modelo “socialista”. Estos problemas se incrementan y empeoran día a día, aumentando el malestar que se manifiesta por todas partes. El gobierno se ha deslegitimado totalmente con las acciones inconstitucionales que ha realizado a partir del 6 de diciembre de 2015 cuando perdió las elecciones parlamentarias. Ha desconocido a la Asamblea Nacional elegida por el pueblo venezolano y ha violado la Constitución en forma reiterada. Ha creado un poder paralelo mediante una asamblea constituyente írrita que no ha sido reconocida por la mayoría del pueblo venezolano ni por las instancias internacionales y que usurpa las funciones del Estado y la soberanía popular. El gobierno está sostenido por las armas de la nación, en manos de una camarilla militar que ha perdido el sentido de su misión y se ha internado por senderos tortuosos y peligrosos.

La destrucción económica, política y social del país es inmensa. El descontento de los venezolanos va en rápido aumento y la incapacidad del régimen para encauzar el país es congénita. La única salida posible de esta tragedia es un cambio completo del modelo económico, político y social impuesto por el chavismo y su sustitución por un orden constitucional y democrático, con nuevos dirigentes, nuevas ideas, nuevos métodos y, sobre todo, con una nueva concepción del mundo, de la sociedad y del hombre, cónsona con el espíritu de nuestro tiempo, con la historia y con la evolución de la sociedad posmoderna.