¿Tendremos un feliz año?

Antes nunca los venezolanos dudamos cuando nos dábamos ese alegre saludo, pero ahora sí, y con toda razón, el mayúsculo desastre de este régimen se ha alargado y ya toca enero, todos miramos con angustia el largo camino de otro año aferrándonos a la idea de que es imposible que tanto mal se prolongue hasta 2019, pero no vemos algo que nos tranquilice, solo la esperanza en un caso fortuito o la intervención de la poderosa mano divina es lo que nos da aliento.

Así como el mal no deja camino libre al bien sin algún esfuerzo de la víctima, las dictaduras no se van por su propia voluntad, hay que sacarlas, y ello requiere de sacrificios. Miremos la anterior, la de Pérez Jiménez, fueron diez años de camino duro de luchas entre los mismos demócratas, hasta que de tanto tropezar con la misma piedra se dieron cuenta de que sin unidad no harían nada. Entonces organizaron una Junta Patriótica en clandestinidad, Venezuela adentro, y también un liderazgo en el exilio; activaron redes, células y pequeños comités que no daban paz ni pedían cuartel. El dictador hizo elecciones en las que le fue muy mal, el pueblo mostró su rechazo, y así se llegó hasta el día de la libertad. El país comenzó a reconstruirse y se producían buenos resultados hasta que se reinició el ciclo de deterioro de la democracia, de las élites que se insertaron en los mandos civiles y militares, y con ellas las famosas tribus judiciales que pervirtieron la función del sistema de justicia con lo que santificaban corrupción y crímenes, fue el caldo de cultivo en el que de nuevo apareció el militar salvador, y con él volvimos a la dictadura, pero esta más sofisticada, más maquiavélica, más apoyada en dinero e insertada en el tablero del ajedrez político internacional, y aquí estamos de nuevo en este sufrimiento de hambre, miseria, muerte, persecuciones, cárcel, destierros.

Si solo miráramos un poco hacia atrás y desempolváramos los álbumes del recuerdo nos daríamos cuenta de la realidad de que estamos en dictadura, que esta no se irá voluntariamente, que ha ensayado y lo seguirá haciendo la farsa electoral que antes expulsó a Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y a tantos más y que hoy lo hacen con otras figuras democráticas, solo que ahora es con disimulo, persiguen a muerte para que los dirigentes se vayan, y al ciudadano común solo le dejan esa alternativa para sobrevivir. El exilio es el refugio. Se estima que ya hay casi 3 millones de venezolanos expatriados (que, por cierto, serían 3 millones de votos opositores menos) un éxodo inimaginable en ninguna otra época y mucho menos en un país como el nuestro.

Despertar ante el hecho cierto de la realidad dictatorial obliga a tomar medidas para enfrentarla, hay que unir a los demócratas, el objetivo de nuestras organizaciones políticas no puede ser individual, no pueden estar sacando cuentas de convivencia con el régimen que momentáneamente, y mientras se consolida más, les permite agarrar un pedazo del pastel, una alcaldía, una gobernación, algunos magistrados, y muchísimo menos un presidente. Solo quien esté en complicidad puede llegar a asumir tal postura.

Estamos necesitados de un verdadero entendimiento de los partidos bajo un programa mínimo en dos fases, la lucha sostenida y sin equívocos, y una propuesta de lo que se propone en la economía, en la justicia. Hay que hablar claro, no hacer el juego a las farsas dictatoriales, cesar las apetencias individuales.

La ya casi extinta Asamblea Nacional debe ser usada más seriamente, no esas bobaliconerías de estar discutiendo proyectos de leyes que se pierden en la burla dictatorial, debería ponerse el acento en la actividad internacional. Tiempo atrás propuse públicamente que usaran a fondo la posibilidad de formar un cuerpo diplomático que trabajara la solidaridad política pero también material de organizaciones y países, cosa que es factible, pues nuestro Parlamento ejerce actividades diplomáticas en las relaciones con sus pares del mundo y para ello no hay que depender de que algunos diputados tuvieran la tarea de andar errantes sin objetivos ni rumbo específico en el exterior dando un discurso allá y otro más allá, en vez de designar a tanto internacionalista calificado que tenemos afuera y que pudiera ser el embrión de otro mecanismo que se necesita como es el de un gobierno en el exilio. Incluso en privado le hice llegar esa propuesta a varios de los diputados que están en ese ámbito y hasta me contestaron que les gustaba el planteamiento y que lo iban a proponer, pero nada.

En resumen: hay que organizarse para poner acento en la movilización dentro y fuera de Venezuela, dejar el engaño de que la dictadura cederá espacios con la sola vía electoral, elaborar un plan posible con objetivos definidos que nos sume a todos a ver si podemos volver a nuestro tradicional saludo de ¡FELIZ AÑO!, aunque no sea en un diciembre.