Sobre lo que pasó el domingo

 “La verdad sigue siendo la verdad”. Mahatma Gandhi.

Un amigo me encuentra en un centro comercial y me interroga sobre lo que pasó. Le respondo que es complejo y aún no digiero el brontosaurio de la paliza que nos dieron y, como suele pasar, me dijo que él lo sabía y se sorprendía de que los que tenían experiencia en estas lides no lo esperaran.

Dije, como otros, que iría a votar con el pañuelo en la nariz pero iría, y fui y voté. Abstenerme estuvo planteado, pero me convencí de que era la peor decisión. Luego me llegaron, como siempre, comentarios de los amigos del interior que veían bien la cosa. Táchira, Mérida, Zulia, Nueva Esparta, Bolívar, Miranda, Lara, Aragua y Anzoátegui. Creí que se produciría una victoria nacional como cierta racionalidad anticipaba y lo compartí con amigos y en las redes sociales. ¿Ingenuidad? Tal vez.

Hacia mediodía conversé con Enrique Mendoza D’Ascoli, quien me manifestó su preocupación por la abstención manifiesta de la clase media en los municipios Baruta, Chacao, El Hatillo. Luego, Víctor Guacaran, desde Santa Elena, en Bolívar, advertía que Andrés ganaba por allá. Finalmente, Antonio Callaos, siempre pendiente de los detalles, se preguntaba cómo estaría la oposición cuidando las mesas y dejaba colar alguna duda.

Ramón Guillermo es mi amigo y mi compadre. Es un venezolano excepcional y un político avezado. Piensa las cosas y luego actúa. Verlo en la TV sonriente me dio confianza, aunque llegaban noticias negativas de todas partes. Sandra desde Barcelona repetía que se ganaba Anzoátegui, y Marlene desde Juan Griego comentaba que por allá había un “cabeza a cabeza”, para decirlo en el argot hípico. Flacón se perdía, me comentó un copeyanito desilusionado.

Tibisay es siempre un mal rato. Apareció y con ella la sorpresa y el pesar. Uno tras otro resultado, cual el más alarmante. Increíble, gritó uno de mis hijos, y otro concluyó que no valía la pena haber ido a votar. Yo encajaba ese cuchillo en mi ya maltrecha humanidad ciudadana y el teléfono se animaba y surgían explicaciones, fraude me repetían, y los números volaban de uno en otro. Soltamos desde el corazón lo que debe considerarse en la razón.

El lunes empezó con César Miguel y sus entrevistas y constaté que los que teóricamente debían saber no estaban claros o, simplemente, especulaban, y recordé las migraciones, los colectivos, el ventajismo, los militares buscando gente en sus camiones, los tenedores de CLAP, que se esmeraron allá en donde el pobre vive o más bien sobrevive en amenazar si no votaban por el candidato oficialista. Comprendí y evoqué el Estado chavista, militarista, demagogo y populista, electoralista que una vez más nos la había hecho. El pobre, el mísero, el lumpen, unidos, enajenados, ofrecieron un testimonio de su desfiguración electora y de su hambre, su sed, su miedo, su infortunio, su pobreza espiritual, como diría ese otro venezolano de primera José Rafael Herrera.

El martes fui a dar mis clases y los profesionales que intentan completar una especialización ni siquiera articulaban palabras. Latían en mi conciencia las palabras de Maduro, para quien el país va bien y, si va mal, no importa, porque el único objetivo es mantener su convincente mediocridad, su cinismo erecto en el poder.

De mi lado, espero que lo dicho, que dividió a la oposición y abstuvo a muchos, quede como una catarsis. Ya lo que nos separó debe dejarse atrás y volver corajudos a empezar. La unidad es la victoria. Nadie dijo que fuera fácil, pero creo que cada cual debe asumir responsabilidades. Ese es nuestro deber y, por cierto, nuestra carencia más visible.

Saliendo de la UCV y hundido en la reflexión, recuerdo a Sócrates y en su sabiduría me cobijo, porque a veces ¡la única sapiencia es aquella que nos muestra que sabemos poco o nada…!

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