Síndrome de acostumbramiento colectivo

Circula por las redes digitales una alambicada tesis que considera que existe una suerte de acostumbramiento del venezolano a la compleja situación que nos ha tocado vivir, en la que las penurias económicas y las de salud se encuentran en lo alto de la lista. De acuerdo con esta visión de las cosas, es ese proceso progresivo de acomodo del ser humano a sus propias dolencias y a su humillación, cuando ello se sostiene a lo largo de un prolongado lapso, lo que vuelve insensibles o indolentes a los mortales y les impide batallar para cambiar su propio infortunio.

El gran ejemplo que traen a colación quienes explican esta capacidad acomodaticia del ser humano ante su propia desgracia es el caso cubano. Según estos filósofos del agravio, solo es explicable que el oprobio del régimen cubano se haya mantenido por medio siglo gracias a la inacción de los propios nacionales de la isla, la que, a su vez, ha sido posible por la inclinación psicológica de los mortales a convivir con la desgracia más que a combatir contra ella, cuando les toca enfrentarla por períodos de tiempo prolongados.

De acuerdo con esa tesis, los venezolanos también estaríamos siendo hoy víctimas de ese síndrome del acostumbramiento, al cual se le atribuye, en primera instancia, su incapacidad para eyectar a quien es el único culpable de la miserable vida de los connacionales. El cuento del sapo en el agua caliente que muere sin casi darse cuenta en la medida en que la van calentando lentamente…

El asunto es de un simplismo proverbial. Claro que los humanos desarrollamos anticuerpos frente a invasores de nuestro sistema corporal o social. Pero pretender que nos hemos acostumbrado o que pretendan nuestros agresores que algún día el venezolano se acostumbrará al estado actual de cosas que impera en el país, lo que es producto de la perversa actuación de mentes criminales de delincuentes y ladrones de toda pelambre, es la máxima expresión del absurdo. Si los asesores cubanos del gobierno han sido capaces de venderle a sus súbditos de Miraflores la especie de que insistir en la lenta aniquilación del país les redituará el beneficio de la insensibilidad colectiva se equivocan de plano.

El venezolano de a pie –no el dirigente político que se expresa a través de otras vías, sin juzgar si estas son acertadas o no– sí que se ha manifestado en contra de la debacle que representa no tener con qué comer ni disponer de medios para curar a sus hijos. Los barrios de Venezuela se han estado vaciando, a ojos vista, como una manera de mostrarse en contra del trato inhumano que reciben de parte de quienes los gobiernan. 

Se dice rápido que cerca de 4 millones de los nuestros se han ido voluntariamente del país. No se trata de una huida colectiva lo que estamos experimentando cuando las carreteras de los países del continente se llenan de caminantes que lo arriesgan todo en busca de una vida apenas un tris mejor. Los viajeros de a pie no provienen de las urbanizaciones de las grandes urbes sino de las colinas y rancheríos que circundan la capital y las ciudades, de gente del campo y de ciudadanos de muy bajos o de ningún ingreso.

De lo que estamos hablando es de la más monumental manifestación colectiva de rechazo de lo que un país sin futuro ni oportunidades ha llegado a ser para ellos: la Venezuela de Nicolás Maduro. Estos están poniendo de relieve, frente a la humanidad atónita, la situación a la que Venezuela ha llegado gracias a la actuación deliberada y planificada de quienes se han apoderado delincuencialmente de la nación y la han depauperado luego de saquearla hasta donde les ha sido posible.

La emigración de cientos de miles de los nuestros, con toda la carga de dramatismo y de deshumanización que involucra, va a terminar haciendo posible lo que el liderazgo político no ha logrado a pesar de tanta batalla –eficiente o no– en contra de los agresores. Ello se traducirá, más temprano que tarde, en la actuación de la comunidad de países que nos observa atentos al inhumano desacomodo producido por el gobierno, sus uniformados y sus secuaces.

Es un hecho cierto que la creencia en este síndrome del “acostumbramiento colectivo” es un arma utilizada por el madurismo vasallo de Cuba para ejercer control social sobre la población y vaciar al país de detractores. Ello configura un delito tan grave como el de la violación de los derechos humanos de los venezolanos, tema que en pocos días será objeto de deliberación en la Corte Internacional de Justicia, la más alta instancia internacional.

En la mente de cada uno de los magistrados que se aboque a la causa venezolana estarán presentes las dantescas imágenes que ha recogido la prensa mundial de esta gigantesca manifestación de deshonra de una nación y de sus ocupantes, de los más débiles: caminantes famélicos y ateridos de frío.