Salario, petro y capital

La aparatosa cadena oficialista del viernes pasado anunciando la salvación nacional tuvo una virtud: demostrarle a los venezolanos y al mundo entero la infinita capacidad de inventiva, de improvisación, de piratería, de una gestión gubernamental que para nada le importa exterminar la economía nacional, forjada luego de casi dos siglos de historia republicana.

Utilizar al petro como indicador económico para reconocer el valor del trabajo, como anunciaba el trabalenguas presidencial, constituye una estafa descarada al trabajador, quien justamente hoy protesta en todos los rincones del país por un salario digno –como lo establece el artículo 91 de la Constitución– ante el patrono Estado, que ha sido precisamente el verdugo que ha guillotinado el poder adquisitivo durante dos décadas de gestión.

¿De dónde proviene el valor del trabajo? En primer lugar, del crecimiento de las fuerzas productivas de un país; en segundo lugar, del reconocimiento del empleador público y privado al aporte del trabajador al producto final, la mercancía que va al mercado; en tercer lugar, de las políticas estatales que motorizan el progreso de la economía a nivel nacional e internacional, y en cuarto lugar, a la organización autónoma del trabajador a través de sus sindicatos y gremios para negociar un justo valor de la fuerza de trabajo.

Ese valor del trabajo en la economía se traduce en el poder adquisitivo del trabajador. Veamos nuestra historia, un trabajador en Venezuela en la década de los sesenta y setenta del siglo pasado devengaba salarios promedios entre 1.000 y 1.500 bolívares, una cantidad con la que podía adquirir casa, carro, electrodomésticos, vestido, ahorro, entretenimiento, vacaciones.

Esta situación se debía a que existía una relación estable entre producción nacional privada, la producción petrolera y las cuentas del Estado que garantizaban una economía próspera, que determinaba una relación equitativa entre el ingreso, el capital y la remuneración y la distribución de la riqueza nacional, cuando Venezuela tenía el mismo PIB de Noruega, que posee hoy el más alto índice de desarrollo humano a nivel global.

Entre tanto, qué ha hecho la actual gestión, ya veinteañera, que venía como redentora a rescatarnos del desastre de finales de siglo XX: fracturar toda la relación económica establecida entre capital privado, trabajo y Estado durante un siglo, pretendiendo sustituirla por un Estado todopoderoso, destructor implacable del sector privado, al mismo tiempo de millones de empleos estables y de todo el sistema de relaciones de trabajo.

El petro y la oferta del salario mínimo a 1.800 bolívares soberanos es una cortina de humo que no restablecerá el poder adquisitivo, quizás la ilusión óptica de algunos días; para lograrlo es fundamental frenar la inflación, objetivo irrealizable con un IVA aumentado de 12% a 16%, con una gasolina a precios dolarizados, con la emisión de dinero inorgánico. No hay propósito de enmienda, solo la ambición de mantener los recursos nacionales como botín de guerra. Estamos frente a un espejismo que estallará como la fábula aquella del aprendiz de brujo, quien fuera víctima de las fórmulas mágicas y las pócimas que no pudo controlar.