El reto de la justicia

El respeto a la dignidad humana, la paz y la libertad son elementos que integran el valor de la justicia.

Una sociedad sin justicia pisotea la dignidad humana, cierra el camino a la paz y desconoce el bien fundamental de la libertad. Todos aspiramos a que se haga justicia, a que los conflictos entre los seres humanos y las ofensas a quienes han sido agraviados en su dignidad sean reivindicados y que hombres y mujeres, auténticos árbitros imparciales, entre posiciones contrapuestas y pedimentos en debate vean la luz de un dictamen que resuelva la confrontación con estricto apego a la ley.

Si no hay justicia no hay sociedad, no hay Estado, no hay nación. Impera sin más el poder de bandas criminales que imponen sus “normas” y dictaminan según su voluntad.

En Venezuela no hay ley, ni Constitución y la única norma de vigencia absoluta es la venganza ejercida sin medida contra el adversario de turno.

La justicia no se impone, no se decreta, no se plasma en instrumentos que copian disposiciones que sirven en otras partes para que se revele su auténtico valor.

Responder a quien pregunte si tiene razones para actuar sin temor a contrariar la ley o ser sancionado por transgredirla es un simple ejercicio académico. Quien respeta la ley y es celoso de su más fiel instrumento puede ser inculpado, condenado y quien viola las normas, se apropia de bienes públicos y maneja los hilos corruptos del sistema, es recompensado y reconocido socialmente.

No hay ley. Sus prescripciones no están inscritas en el corazón del venezolano común, aunque se acomodan en sus amplios bolsillos.

El transgresor nato es una herencia nefasta que hemos heredado de una tesis determinista. El vivo, el pájaro bravo, el que conoce los trucos del poder y se une al que triunfa porque no puede vencerlo aunque sea tramposo y despreciable, es una figura que no está ausente de nuestra vida y tradición republicana.

25% de la población –revolucionarios de corazón– no está con el gobierno. Muchos más se cobijan bajo el manto del poder y se unen al que hace inmensos negocios al amparo de la “ley y el orden”, para mantener la apariencia de un Estado de Derecho y de justicia, aunque se quejan por igual del injusto régimen que nos gobierna. No tenemos malos gobernantes; tenemos aprovechadores de oficio que viven a expensas del régimen.

Pero un sector mayoritario de la población, pobres, de clase media y representantes de altas esferas del poder económico, están dispuestos a cambiar y a contribuir a que se rescaten las bases de una verdadera democracia en la que creyeron hombres honestos que dieron su vida por Venezuela.

Eso sí, el primer compromiso, contra todos, es sentar las bases, por primera vez en la República, de un sistema de justicia que se encarna en hombres y mujeres dignos, dispuestos a ofrendar su vida por el imperio de la ley. “El mundo es del hombre justo”, fue la acertada respuesta de Vargas ante la barbarie y el atropello del desarmado que cultiva la violencia.

aas@arteagasanchez.com