La razón, un peligro

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En mi artículo anterior expuse una tendencia muy maligna, pero hay otra, no menos maligna, que expondré a continuación.

No quiero tener la razón, aunque sí quiero tener razón. Son dos cosas muy distintas tener la razón y tener razón. Lo primero es el encierro en las propias convicciones, la inmovilidad absoluta. Se tiene la razón cuando no se ve, ni se puede ver, la diversidad de argumentos y de opciones. Uno tiene la seguridad sin permitirse ninguna duda de que está en la verdad total y no puede dudar de ella porque tiene la convicción de que no hay ninguna posibilidad de que exista otra opinión válida.

El punto de partida está en la seguridad de que las premisas, afirmaciones inconcusas de partida, son completamente verdaderas. Una vez afirmada la solidez clara de las premisas, las deducciones y las conclusiones siguen como consecuencia mecánica de una lógica rígida que determina todo el proceso de deducción.

Modelo es el típico razonamiento del paranoico. Partiendo de la absoluta seguridad de que “yo soy Napoleón”, toda la conducta y el pensamiento del sujeto se siguen con perfección lógica, de modo que desde el lenguaje hasta la secuencia de sus acciones cotidianas corresponden, sin desviaciones, a la figura que ese yo tiene de Napoleón.

El fanático de una idea puede asemejarse en este sentido a la imagen del paranoico. Nunca duda de sus premisas y las sigue rígidamente cualesquiera sean las consecuencias para él mismo y para los demás, incluso la muerte más cruel.

Cuando un sistema de ideas perfectamente trabadas y rígidamente coherentes de modo que unas se siguen a las otras y todas se deducen, sin desviaciones, de una o unas premisas que se sostienen entre sí, quienes se adhieren al mismo no tienen ninguna duda, ni en su pensamiento ni en sus acciones, a pesar y no obstante cuanto la realidad pueda contradecirlas. Siempre se encontrarán razones para sostener la validez del sistema. Así, cuando se parte de que la sociedad y el Estado que la organiza está por encima de toda contradicción y de todo valor, el socialismo sin desviaciones se mantendrá a pesar de que por él se produzcan infinidad de muertes porque todos los que entren en contradicción con sus premisas y su proceso no son sino obstáculos que necesariamente deberán ser eliminados.

Los cambios no se producen sino desde dentro, cuando empieza la duda sobre las premisas. Esto puede lograrse desde fuera insistiendo en poner como premisa absoluta e indudable el valor de la persona, del ser humano y de  su vida por encima de cualquier otro valor.