A propósito de Irak

“Ellos quisieron destruir nuestra civilización” fueron las palabras del primer ministro de Irak, Haider al Abadí, al proclamar el sábado 02/12/2017 la victoria sobre el Estado Islámico (ISIS), al recuperar las tropas iraquíes el control de la frontera con Siria. “Anuncio el fin de la guerra contra el Daesh”.

Tras un conflicto que derivó en más de 200.000 muertos, ha logrado vencer a quienes pretendían imponer un califato desde el Medio Oriente hasta el Ándalus español, a partir de la unidad nacional del ejército iraquí y las guerrillas del Kurdistán, conjuntamente con las fuerzas internacionales de la coalición, para así impedir que esa estratégica región del planeta fuera devuelta a la Edad Media, lo que hubiera significado la destrucción de una de las civilizaciones más antiguas de Occidente.

Este desenlace histórico demuestra la necesidad de los pueblos de reencontrar el alma nacional al implosionar sus instituciones y la sociedad, como es el caso de Venezuela, país que no se puede comparar con la Mesopotamia sumeria, por ser una nación de reciente data y al mismo tiempo forjadora de libertades en el continente, que luego de 240 años de existencia, al serle concedida por cédula real el rango de capitanía general en 1777, ha labrado en todo ese trayecto la conformación de un país, una economía y una sociedad, cuyo legado se encuentra en peligro de permanencia.

El siglo XVIII fue el inicio de nuestra andanza como nación; en el XIX se logró la independencia de la monarquía española, para luego transcurrir la mayor parte del siglo en cruentas guerras civiles; entre tanto, maduraba una conciencia nacional entre caudillos, matarifes y alguna civilidad republicana, hasta que bien entrado el siglo XX se vislumbrara, en medio del esplendor petrolero, la factibilidad de una nación en democracia y de poderosa economía, la cual generaba, con todos los defectos posibles, alternabilidad política y bienestar para la mayoría de la población.

Podríamos decir que las sanguinarias dictaduras del siglo XX sufridas por el gentilicio patrio dejaron sus huellas; la del Benemérito, las cimientes de un Estado ante el caudillismo decimonónico, y la del nativo de Michelena, la construcción de una infraestructura pública que todavía persiste en la actualidad.

¿Qué podríamos decir ante el socialismo del siglo XXI?, que sobrevenido por la esperanza popular por el progreso y superar la condición de vida, nos ha arrastrado a un apocalipsis capaz de pulverizar los casi dos siglos y medio de historia nacional, cuyo balance es el parte de guerra de 250.000 muertos por la inseguridad y la delincuencia, la destrucción de la infraestructura pública, la destrucción de Pdvsa, principal fuente de recursos, el cierre técnico y financiero de las universidades, la muerte de infantes por desnutrición, el no acceso a medicinas, la reducción del otrora moderno transporte público a camiones y chirrincheras, en fin la destrucción de la condición humana.

Todo este cuadro de tragedia lo maquilla el presidente de la República el 11/12/2017 ante la caterva mercenaria de veedores electorales internacionales, al notificarles que dedica 70% del presupuesto nacional al gasto social, semejante burla al pueblo que debe sobrevivir con menos de un dólar diario, para subsistir en medio de la precariedad absoluta, y de la inaceptable limosna del carnet de la patria, instrumento de prostitución y de envilecimiento de la conciencia ciudadana.

Finalmente, lo correspondiente al país democrático es el levantamiento de una cruzada por el rescate de la democracia, de nuestros valores, ante el califato castromadurista que desintegra la identidad nacional.