Permiso para dudar

Analizando, reflexionando y tratando de entender nuestra realidad como nación, Venezuela sufre desde la llegada del bolivarianismo 18 años de vejaciones, saqueos y corrupción que han mermado hasta los cimientos de la patria. Estas acciones se han realizado de manera sistemática y constante. Los mesiánicos hijos del proceso revolucionario se han escudado en una supuesta redención de los pobres para llevar a cabo un hipotético mejoramiento de las condiciones de vida de los venezolanos. Luchando contra una fantasiosa guerra económica, culpando a otros de nuestras calamidades, han llevado a la sociedad a los límites de comer de la basura para poder sobrevivir. Los vástagos del comandante eterno y supremo han logrado permear en la sociedad una indefensión incesante, producto de estar sometida persistentemente a ciclos de violencia y terrorismo preventivo recurrente.

La colectividad –después de los resultados de las últimas elecciones regionales, sumado a la actuación inefable e incoherente de la oposición– se ha sumido en una depresión que a veces tiene tintes de sentimientos de incapacidad para actuar de forma independiente y luchar, creyendo que todo está perdido. Unos, se aferran a lo que les queda: vivir de las dádivas del gobierno, conformándose con una bolsa de comida al mes, hacer colas interminables para comprar pan, adecuarse a la escasez y seguir al pie de la letra la dieta de Maduro-Life. Otros, optan por el camino de abandonarlo todo y emigrar solo con una maleta de ilusiones buscando otros horizontes en países que les permitan tener paz, tranquilidad y calidad de vida, sin importar el trabajo que se realice.

Nos hemos convertido en una sociedad patética, en la que para huir de nuestras penas buscamos en la lotería de animalitos algunas soluciones a los problemas, para satisfacer nuestras necesidades de cubrir la cesta básica. No debemos olvidar que tenemos los más altos índices de inflación, de violencia y criminalidad del mundo. Que con su paja revolucionaria, expropiando, nacionalizando, controlando los precios de los productos y las divisas, han dilapidado miles de millones de dólares. Algunos jerarcas ostentan riquezas injustificables, visten franelas rojas para cubrir sus trajes de Ermenegildo Zegna, Gucci o Dolce & Gabanna; les gusta viajar en primera clase y tienen sus inversiones en los países que supuestamente conspiran contra la estabilidad de la patria. Y me pregunto: ¿Los niños de la calle? ¿La pobreza crítica? ¿La indigencia? ¿La escasez? ¿La devaluación? ¿La inflación? ¿La desolación de nuestros pueblos y ciudades? Esa es otra Venezuela, la que es producto de los medios de comunicación social que atentan contra la estabilidad de la nación, comandados por la oligarquía rancia de la cuarta república… Mentiras que se han convertido en verdad a fuerza de repetirla miles de veces.

Sin embargo, no hay que ignorar que hay políticos oficialistas señalados internacionalmente por estar presuntamente vinculados a la red de narcotráfico, y familiares cercanos han sido apresados y juzgados por ese delito.

No hay que olvidar, además, que en las manifestaciones llevadas a cabo desde abril hasta julio de este año no les tembló el pulso para sumar una víctima mortal cada día, como una manera de amedrentar el espíritu libertario. Llenaron las cárceles de jóvenes, cuyo único delito era salir a la calle gritando consignas a favor de la libertad. La barbarie ha mutilado esta tierra, donde el castrocomunismo se ha apoderado de lo más preciado: la esperanza y la han convertido en un crimen de traición a la patria.

Somos una comunidad sombría sin proyecto de país ni concepto de nación, donde se ha adoptado el acomodo para seguir viviendo de una verdad que a todas luces está barnizada de mentiras, fraudes, engaños y miedos. Donde los resultados de las elecciones de gobernadores llevadas a cabo el 15 de octubre es el fiel reflejo de esa realidad.

Debemos estar claros que se necesita un nuevo liderazgo, no convocando niños para que asistan a las marchas y que den su vida –mientras hay opositores que se refugian detrás de un teclado– sino políticos que sepan interpretar las necesidades de las comunidades que dicen supuestamente defender. La Mesa de la Unidad Democrática se sepultó bajo los escombros de su propia incompetencia y mezquindades; cayó en los extremos del egoísmo solo para preservar parcelitas de poder, asfaltando el piso democrático de un gobierno que dista mucho de ello, porque es evidente que en los regímenes comunistas el voto es una farsa y los acuerdos de diálogo son solo para dar pinceladas de tolerancia ficticia. A la MUD lo que le queda es la eutanasia si no alcanza escuchar más a los ciudadanos, y aglutinar las necesidades de cambio que clama el pueblo. Por su parte, los gobernantes de turno han sido muy exitosos en incrementar a través de sus constantes mensajes difundidos por el sistema de medios públicos, ese sentimiento en la población de despreciar a la oposición.

En el país del realismo mágico lo que importa es que todo siga igual, donde los civiles deben estar subordinados a los militares, en el cual lo que vale es la impunidad ya que la ley es letra muerta; que grupos paramilitares amedrenten a la ciudadanía, que no podamos reclamar a los funcionarios públicos que cumplan sus actividades para las que fueron elegidos, porque atentamos contra la estabilidad del país, que no sepamos ser ciudadanos y recordemos lo importante que es Venezuela solo cuando cantamos el himno nacional.

Por eso, me permito dudar del país, donde la memoria histórica es muy corta y lo que prevalece es el olvido selectivo, ocultando de esta manera aquellos recuerdos que nos obliguen a reflexionar. No se puede construir una nación basado en el odio, hambre, miseria, crimen, escasez, corrupción, inflación, devaluación e impunidad. Debemos dar un paso adelante para reconquistar nuestros derechos y deberes y no convertirnos en venezolanos donde pensar, considerar, deliberar, discurrir, razonar y recapacitar, sea un ejercicio agotador.