La Pdvsa roja rojita

El país está recibiendo entre asombro, indignación, reconfirmación y resignación, las informaciones sobre cómo la revolución bolivariana destruyó la principal industria venezolana.

La dictadura, a través del fiscal general designado por Maduro, utilizando la fraudulenta asamblea gobiernera, ha reconocido finalmente que Pdvsa fue saqueada en términos financieros, destruida en términos operativos y arruinada en todos los demás elementos que la habían convertido en una de las principales empresas petroleras del mundo.

Luego de más de 15 años de desmanes de toda naturaleza, la camarilla gobernante descubrió el gigantesco daño infligido al corazón económico de nuestro país. Ahora, cuando la operatividad ha llegado a niveles muy críticos, evidenciados con la caída de la producción del crudo y sus derivados, es cuando se lanza la operación para ubicar a los culpables.

Durante años todo el régimen, desde el extinto presidente Hugo Chávez, pasando por personajes que hoy se esconden en el silencio, como Jorge Giordani, José Vicente Rangel, Alí Rodríguez Araque, entre otros; hasta Nicolás Maduro y Tarek William Saab, conocían las denuncias recurrentes que desde diversos frentes políticos, gremiales, sindicales, académicos y comunicacionales se venían formulando sobre el manejo equivocado, y sobre la creciente corrupción que campeaba por los predios de la industria petrolera nacional.

Nadie oyó, nadie se preocupó ni se ocupó de revisarlas, mucho menos se permitieron investigaciones o audiencias en el Parlamento, en la Contraloría o la Fiscalía.

El control absoluto de esos poderes del Estado funcionaba armónicamente para impedir cualquier investigación y lanzar un manto de impunidad a la podredumbre que se estaba montando en el seno de la estatal petrolera.

Ello es una evidencia, por si alguien tiene dudas, de lo dañino que es el control absoluto del Estado por una persona o grupo humano.

La Pdvsa roja rojita era intocable. El boom petrolero la había convertido en un poder tan megaextraordinario que asomar dudas de su eficacia o de la oscuridad de sus transacciones era exponerse a los insultos y descalificaciones más vituperantes que puedan ocurrírsele al ingenio humano.

Lo viví y sentí en carne propia en los tiempos en los que Rafael Ramírez, entonces poderoso presidente de la industria, hizo de ella una seccional del PSUV, cuya principal misión era la del activismo político antes que la producción, refinamiento y comercialización de hidrocarburos.

Fue el momento posterior al paro petrolero de 2002. La industria derivó en una corporación política, así como en una agencia para el clientelismo y el populismo político, dejando su principal misión en una actividad complementaria de la que se había definido.

Aún tengo fresca en mi memoria las audiencias parlamentarias a las que acudía Ramírez en la Asamblea Nacional en el año 2002, a fin de exponer “los nuevos planes de una industria verdaderamente nacionalizada y patriótica”.

Una comparecencia normal, de cualquier funcionario de alto rango ante el Parlamento, se hacía sin mayores oropeles. Concurría acompañado de funcionarios técnicos y asistentes, que le colaboraran en la presentación de sus ideas y de los documentos técnicos que las respaldaban.

Ramírez montaba todo un circo dentro y fuera del Palacio Federal Legislativo. Miles de obreros, empleados y gerentes de todas las dependencias de la industria eran trasladados desde las diversas regiones del país donde operaban para aplaudir al nuevo zar del petróleo venezolano en la presentación de “la nueva Pdvsa”, “la Pdvsa roja rojita”. La flota de aviones de Pdvsa se utilizaba para traer a la sede parlamentaria a todos “los nuevos gerentes”. Vuelos chárteres para los administrativos. Autobuses de lujo para movilizar los obreros.

El Palacio Federal Legislativo era tomado por una masa humana uniformada de rojo. Todos ellos dotados de la suficiente logística de alimentación, hidratación y con el equipamiento del escocés y el champagne necesario, para luego celebrar “la brillante estrategia” que la revolución traía para hacer de Pdvsa, ahora sí, del “pueblo venezolano”.

Entonces cara a cara, en pleno hemiciclo parlamentario, con las barras tomadas por “la alta gerencia” debidamente uniformada con los atuendos psuvistas, denuncié y reclamé aquel grotesco peculado de uso en el que incurría el novel jefe de la industria petrolera nacional.

El todopoderoso ministro entró en cólera. No me desmentía. Solo me insultaba. Los hechos estaban a la vista. Su mensaje era la descalificación personal y el recurrente discurso de la “entrega al imperio de la industria con la apertura petrolera” promovida en la época democrática.

Los entonces diputados Nicolás Maduro y Tarek William Saab, antes que respaldar mi propuesta de investigar, censurar y sancionar aquel grotesco espectáculo de corrupción y derroche, dedicaron su tiempo a la mofa de mi planteamiento y a un automático respaldo a aquel jefe, que a todas luces se encontraba entonces en niveles políticos superiores en la nomenclatura diseñada por el comandante presidente.

Ahora Maduro y Tarek se dieron cuenta de que Ramírez y sus colaboradores están incurso en graves hechos de corrupción.

La nota viene a colación por lo que significa la tolerancia y la permisividad en la violación de las reglas y leyes, que regulan la sana administración de un patrimonio de toda la nación. Los que ayer permitieron un quiebre de ley, pensando que era “políticamente” correcto abusar de esa manera del patrimonio nacional, establecieron el manto de impunidad y de blindaje para que toda esa camarilla de la Pdvsa roja rojita la destruyera.

Detrás de cada nueva misión que se le asignaba ajena a su naturaleza (Pdval, Petrocasa, Pdvsa Agrícola, etc.) se organizaba la trama con la cual desfalcaron a la empresa y al país; sin olvidar todo lo relativo al endeudamiento y turbio manejo de la venta de sus productos. Ya se había consagrado la impunidad. Por lo tanto, era lícito hacer todo lo que se quería, porque a fin de cuentas nadie se ocuparía de revisarlo. Todo el poder estaba en sus manos.

Mientras la Pdvsa roja rojita compraba, vendía y regalaba comida, o construía y regalaba casas, la operatividad de la industria caía. El recurso humano calificado se esfumaba. Los programas de prevención de accidentes se olvidaban. Las políticas ambientales se engavetaban y por lo tanto los pasivos ambientales se multiplicaban. Las refinerías se abandonaron, se convirtieron en chatarra.

Hoy se han percatado del problema porque ya no tenemos gasolina ni para nuestro consumo. Aunado con el gran negocio de sostener el subsidio que permite continuar con el mercado negro de la gasolina y el diesel, con el cual se lucran los cuadros medios de aquel inmenso aparato de corrupción en que terminó la empresa petrolera de nuestro país.

La lección es muy clara. Es menester documentarla y propagarla a toda la población. Debemos educar a nuestra gente de las consecuencias que tiene la concentración del poder en pocas manos. De cómo se afecta una sociedad cuando se tolera la violación de normas básicas de la convivencia y de la administración de los bienes públicos.

La famosa teoría de los cristales rotos. Cuando se permiten violaciones menores, vendrán luego las mayores. La impunidad ha hecho su trabajo. Cuando se quiere poner reparo, ya el daño es mayor y en muchos casos irreversibles.

Es lo que le pasó al país con Pdvsa. Permitieron su partidización. Permitieron las primeras corruptelas para hacer politiquería de baja monta, y terminaron permitiendo su saqueo y destrucción.

Ahora cuando la situación ha llegado a los niveles que conocemos, ya es tarde. Ya Pdvsa es un elefante herido de muerte. Ya la destruyeron. Hay que expresarle a Maduro y a Saab, como diría el desaparecido ex presidente Luis Herrera Campíns: “Tarde piaste, pajarito”.