Para despedir a Harry Almela

Lo vi por primera vez en el Delta del Orinoco; fue a dictar una conferencia sobre poesía venezolana en el marco de los programas nacionales de literatura que promovía la Dirección General Sectorial de Literatura del Consejo Nacional de la Cultura (Conac).

A Tucupita, en ese tiempo llegaba la Feria del Libro que auspiciaba la editorial Monte Ávila Editores y los escritores de la talla de Alexis Márquez Rodríguez, Elí Galindo, Gustavo Guerrero, Rubi Guerra, José Balza, Juan Carlos Méndez Guédez y un largo etcétera de poetas, narradores y ensayistas iban al interior del país a dialogar con la gente sobre la creación literaria, la ficción y la crítica, la estética de la creación verbal, lo imaginario y lo real en la literatura.

Recuerdo que el poeta Almela se sorprendió cuando le mostré todos los libros de Cioran que hasta la fecha habían sido traducidos al español. Su mirada se iluminó de asombro y me dijo que si no existía una fotocopiadora cerca, pues no quería regresar a Caracas sin llevarse algunos libros del rumano afrancesado aunque fuera en carpetas con páginas fotocopiadas. Me sorprendió mucho la alegría intelectual del poeta porque (eso lo supe tiempo después) el poeta había estudiado en Barcelona-España y, obviamente, el mercado editorial catalán ha sido desde fines del siglo XIX el más grande y prestigioso mercado editorial en lengua castellana, seguido del parisino y el londinense.

Trabé amistad intelectual y literaria con el poeta desde entonces, una amistad se acrecentó con los años y que duraría hasta este martes 24 de octubre de 2017, fecha en que cumplí 57 años y al escritor lo sorprende la muerte con un fulminante infarto al miocardio en horas de la madrugada. Mi último tweet por el message direct del Twitter se lo escribí el pasado viernes y quedó sin respuesta. No me angustié mucho porque sabía que el poeta últimamente hablaba más con el poema que con sus cada vez más poquitos interlocutores. Recuerdo la tarde en que cerró su página de Facebook, creí que se trataba de una boutade del escritor antisistema pero para mi asombro nunca más volvió por los predios de la red social fundada por Mark Zukerberg; prefirió volverse un espartaquista twiterario. En rigor, los auténticos poetas siempre terminan tendiendo al anacoretismo, a un cierto aislamiento voluntario que se apodera de esas sensibilidades extraordinarias de la estética que los conduce a un autoexilio o a un transtierro elegido. El 24 de octubre, día de san Rafael Arcángel, el “enfant terrible” de la literatura venezolana embarcó en la barca de Caronte rumbo al país del cual, según Shakespeare, nadie ha regresado para traer noticias de ese más allá donde se habla la lengua de los muertos.

Harry fue el látigo irreverente y heterodoxo que fueteó la mala conciencia de los poetas genuflexos del celestinaje revolucionario. Son memorables sus terribles exhortos públicos al fablistán cagatintas laudatorias gubernativo Luis Alberto Crespo para que se acercara a las calles a ver la sangre derramada de los jóvenes estudiantes que luchaban y aún luchan por un país más digno y más humano, un país otro que este carro escachapao inservible abandonado por la mano de Dios y el diablo a la deriva que boga a la deriva aguas abajo a no se sabe cuál destino.

Cual ácrata de la lengua de Cervantes, se asignó la nada fácil tarea de centinela del buen decir, cuidador escrupuloso de la lengua castellana. Un archimandrita de la palabra bien concebida y mejor escrita.

No conozco a un poeta en los últimos años más irónico y dicaz que Harry Althair Almela Sánchez. Irreverente, lúcido y terriblemente iconoclasta. Para muchos literatos del disminuido parnaso literario nacional Almela era un amargado poseso de una bilis negra que escribía con el martillo de Nietzsche. Yo, en cambio, que me vanaglorié siempre de ser su amigo e interlocutor, pero especialmente de ser su lector insobornable, era por el contrario, un dandy incorruptible que miraba el mundo cada día con los ojos de la poesía que nunca da tregua a la hiriente y asqueante realidad real. Los poetas son incómodos cuando son genuinamente honestos, cuando son auténticamente originales y Almela lo fue como el que más.

Fiel a su furibunda hematopoiesis prefirió ir quedando solitario y aislado a ser parte del coro de voces subsidiadas y estatalizadas por las canonjías y la nómina socialbolivarera. Siempre nadó contracorriente.