Para conocer la historia del cine (II)

Al seguir con nuestras reseñas sobre la serie documental La historia del cine: una odisea (Mark Cousins, 2011), hoy nos toca hablar de los capítulos que van del 4 al 6 que comprenden las décadas de los años treinta a los cincuenta.

El crítico irlandés muestra su admiración por el director británico (al cual más tarde se le otorgaría la ciudadanía estadounidense): Alfred Hitchcock (1899-1980), pero también por Orson Welles (1915-1985), sin dejar por fuera a John Ford (1895-1973) y a todos los directores del neorrealismo italiano.

Hollywood brillará con el cine negro en los cuarenta sin abandonar el romántico, mientras que en los cincuenta el erotismo “dominará” las pantallas. Y en esta última década el cine será un fenómeno global al surgir grandes obras en el llamado Tercer Mundo, momento en que Cousins le dedicará una importante mención al cine mexicano mostrando escenas –entre otras– de Doña Bárbara (sobre la obra homónima de nuestro Rómulo Gallegos y con la famosísima María Félix).

En el capítulo 4 Cousins trata especialmente el gran cambio que significó la incorporación del sonido en las películas a partir de 1927 (año en que también nace el Premio Oscar, pero el que solo menciona brevemente) y señala con varios ejemplos cómo este afectó la gran meta de despertar la empatía del espectador. Después de hablar de la consolidación de los géneros en Hollywood entre los veinte y los treinta: romántico, comedia, gángsters (y cine negro o policial), aventura (¿histórico?) y el western, nos explica cómo en Europa se comenzaron a combinar todos ellos, siendo el mejor ejemplo el cine francés con Jacques Prévert, Marcel Carné y Jean Renoir. Y a pesar del dominio del cine de propaganda belicista y patriotero a partir del avance fascista, admira dentro del mismo la importante obra de la alemana Leni Riefenstahl.

Al final del cuarto capítulo muestra con grandes detalles la obra de Alfred Hitchcock y da siete razones por las cuales lo considera un genio del cine: 1) Punto de vista de los personajes, lo cual nos hace que miremos y “sintamos” como ellos; 2) su educación jesuítica, que “le enseñó la lógica para hacer verosímil lo inexplicable”; 3) no asusta tanto por la sorpresa sino por llenarnos de expectativas al decirnos lo que ocurrirá, usando el ejemplo de Sabotage (1936); 4) uso constante de los primeros planos, como la obsesión con las manos en 39 escalones (1935); 5) invierte el orden de ir del plano general al primer plano al comenzar siempre con este último; 6) uso frecuente de los silencios y los sonidos de la realidad más que de la música; y 7) el uso del ángulo superior como una visión “divina” o de vértigo. Las películas con Hitchcock terminan demostrando que tienen más fuerza que el realismo –Cousins dixit–, y una vez más podemos comprobar el potencial inmenso que sigue teniendo el cine comercial a la hora de seguir innovando en el arte cinematográfico.

El capítulo 5 examina de los años 1939 a 1952: “La devastación de la guerra y un nuevo lenguaje”, cómo la Segunda Guerra Mundial llevó al “oscurecimiento del cine en Estados Unidos”, y al nacimiento de la más importante escuela de la época: el neorrealismo italiano. El cine comienza a hacer uso del gran angular para lograr la “profundidad de campo” con John Ford en La diligencia (1939), técnica que fue llevada a la perfección por otro de los favoritos de Cousins: Orson Welles, el cual en su ópera prima (Ciudadano Kane, 1940) no grabó con alguno de los cuatro grandes estudios de Hollywood. Welles ofrecería una crítica a Hollywood con su pompa y arrogancia de grandes presupuestos, dejando un legado que sería incorporado por la tradición cinematográfica. No solo fue su uso de la cámara (que todo lo ve y penetra) o los flashbacks, sino el redescubrimiento del teatro para el cine con sus adaptaciones de Shakespeare, que no es más que la vuelta al papel de las pasiones en nuestras vidas. En este capítulo nos pareció que faltó una mención al cine de propaganda que “ayudó” a ganar la guerra, pero quizás Cousins no consideró que aportara algo innovador.

El neorrealismo italiano nace del llamado cine de escombros, porque ante la guerra no se tenía el presupuesto para grabar en grandes estudios y por ello se salió a las calles. A diferencia de Hitchcock, que valora las escenas impactantes o divertidas, los italianos buscaron grabar lo cotidiano, la gente y los hechos rutinarios. La tragedia de la guerra y la reconstrucción que mostraron Roberto Rossellini con Roma, ciudad abierta (1945) y Vittorio de Sica con el Ladrón de bicicletas (1948) son dos de los mejores ejemplos de este cine. Después se centra en el cine negro de Hollywood, que fue la forma de expresar la frustración ante la guerra, pero también ante la crisis de la “burbuja romántica”. Dicho género se vio alimentado por las películas de gángsters principalmente, pero también por las escuelas europeas de los treinta como el realismo, el expresionismo y el romanticismo francés. Hoy en día podemos ver su peso en películas como Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y su reciente segunda parte o El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008).

El capítulo 6, para finalizar, va de 1953 a 1957. Acá se dedica especialmente al cine de la India, China, Japón y México. En todos muestra cómo aparece con fuerza un cine social de denuncia de las desigualdades y la pobreza en estos países salvo en Japón, que como sabemos es su cine favorito y por ello nos habla con detalles de Akira Kurosawa (1910-1998) y Kenji Mizoguchi (1898-1956), quienes en la democracia naciente tendrán plena libertad de creación. Retoma el examen del cine de Hollywood, en el que hay un renacer del género musical con grandes maravillas como Un americano en París con Gene Kelly (Vincente Minnelli, 1950), pero le da mayor énfasis al cine que denuncia la pacatería o moralina sexual y clasista, que poco a poco va mostrando las tensiones reprimidas de Estados Unidos bajo el “sueño americano” y que terminará explotando en los sesenta. Los esperamos en nuestra tercera entrega sobre la historia del cine.

Nota de solidaridad: no hemos querido detener la serie de artículos sobre historia del cine porque creemos que debemos ser constantes en nuestras pequeñas empresas. La perseverancia es un valor que debemos cultivar con ahínco para que renazca la Venezuela decente y libre, porque, no lo dudemos un segundo, ¡ella renacerá con el esfuerzo de los buenos de acá y fuera de nuestras fronteras! Sí, querido Juan Requesens, tu sufrimiento y el de tu familia no serán en vano. Con horror vimos la saña del “vil egoísmo que otra vez triunfó”. No hay palabras para el cúmulo de males que padeciste y padecemos; en especial por los asesinados (tanto por armas como por falta de atención), desaparecidos, secuestrados, torturados, extorsionados y amenazados. Desde esta pequeña tribuna le ofrezco mi solidaridad al diputado, a la familia Requesens, pero también a sus amigos y nobles compañeros de lucha de todas las corrientes democráticas de Venezuela y del mundo. El mal no prevalecerá. No perdamos la esperanza jamás. “Play ‘La Marseillaise!’ Play it!”.