¡Muera la tristeza, muera el diablo! 

El Gaudeamus Igitur (“Alegrémonos pues”) es una canción estudiantil que se entonó inicialmente en universidades alemanas a mediados del siglo XVIII. “Muera la tristeza, mueran los que odian. Muera el diablo, cualquier otro monstruo y quienes se burlan…”. Las razones que me motivaron a plasmar el fragmento de este himno fue su contenido, que puede aplicarse perfectamente a la situación que vive Venezuela en manos de estos demonios, adelantados a las revelaciones de san Juan, es decir, al Apocalipsis.

Antes que otra cosa, la primera tarea que tenemos por delante es escudriñar entre letras y discursos sobre lo acontecido el domingo 16 de julio, fecha del plebiscito, a pesar de que a esta fecha ya debe ser un tema agotado. Sin embargo, hay que penetrar en los enredos de las inquietudes que generalmente tienen una elevada dosis de incertidumbre y escuchar el grito de todo un país.

El pueblo democrático puso en evidencia que al lado de sus bríos y su valentía demostrados en las calles de todo nuestro territorio, pues ahora también está la demostración original de organización, de una altísima capacidad para poner en funcionamiento en pocos días una logística que en otros casos necesitaría meses para lograrse. De manera que ese día del plebiscito se conjugó lo cuantitativo, siete millones y medio de compatriotas que salieron a votar venciendo todo tipo de emboscadas, con el reconocimiento de muchos países del hemisferio.

A partir de este momento las protestas en las calles se reduplicarán y avanzarán en su empeño de que se lleven a cabo elecciones generales, por las cuales el gobierno, en su orfandad, se resistirá a que se realicen. Es muy probable, asimismo, que la solicitud de la ex presidente de Costa Rica Laura Chinchilla a los gobiernos de la región y del mundo de que reconozcan la jornada de consulta popular en Venezuela como legítima tenga un papel sobresaliente en la política internacional.

Insisto en resaltar que esa épica admirable del 16 de julio se trabó en un binomio entre pueblo y partidos políticos para andar los pocos metros que nos separan del triunfo, echar los demonios de Miraflores y matar la tristeza. En un hecho sin precedente, como lo afirmara el ex presidente Pastrana. A pesar de tantas dificultades el pueblo venezolano avanza hacia ese objetivo.

Hoy más que nunca es evidente que la resistencia democrática continuará robusteciéndose. No habrá poder de fuego, ni amenazas, ni tratos crueles que atajen su avance. De manera que, dentro de ese binomio del que hablábamos líneas más arriba, la dirigencia debe escuchar al pueblo y este debe reconocer a sus dirigentes cuando actúan con sentido de grandeza y patriotismo, para acortar el camino y reducir el tiempo de rescate de la democracia.

El periodista experto en materia electoral Eugenio Martínez apuntaba que en 1999 Hugo Chávez solo logró que tres millones quinientos mil venezolanos apoyaran su ANC, mientras que Maduro consiguió que siete millones y medio rechacen su asamblea nacional constituyente. Entonces, que los estadísticos y los amantes de los números puedan dar a entender mejor la hazaña que impactó a tantos países de diferentes continentes.

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