La maldición de Bolívar. Tercera parte

Continúa Bolívar su descarnada descripción de los indeseables resultados de la emancipación en un artículo publicado por un medio quiteño, refiriéndose a sí mismo en tercera persona. Es un recurso estilístico. El autor es, indudablemente, el propio Libertador y así figura en el Tomo XIII de los Documentos para la historia de la vida pública del Libertador de Colombia, Perú y Bolivia, publicados en Caracas en 1877 por José Félix Blanco y Ramón Azpúrua, documento N° 4168, pp 493 a 497. Y, en términos generales, sus reflexiones y reproches, su hondo pesimismo sobre el curso político de la región y sus casi inexistentes esperanzas de que se logre enmendar el rumbo de las repúblicas, que ve hundidas en el pantanal de horribles iniquidades y desastres volverán a repetirse, aún más acerbas, en sus escritos posteriores, a pocos días de su muerte, como la carta que le dirige al general Juan José Flores, presidente de Ecuador, desde Barranquilla, un año y medio después, el 9 de noviembre de 1830.

“Aunque es cierto que en Buenos Aires los magistrados suelen no durar tres días, también lo es que Bolivia acaba de seguir este detestable ejemplo”–

continúa relatando en su Visión de la América española. “Se había separado apenas el ilustre Sucre de este desgraciado país, cuando el pérfido Blanco toma por intriga el mando, que pertenecía de derecho al general Santa Cruz, sin permanecer en él cinco días, es preso y muerto por una facción, a este sucede un jefe legítimo, y a Velazco sucede nuevamente Santa Cruz, teniendo así la infeliz Bolivia cuatro jefes distintos en menos de dos semanas. ¡El Bajo Imperio solo presentaría tan monstruosos acontecimientos para oprobio de la humanidad”.

Ni se imaginaba Bolívar que su amado compañero de armas y afanes, su mano derecha, el Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre, sería asesinado como producto de una conspiración en Berruecos un mes después. ¿Más prueba del apocalipsis que ambos habían contribuido a desatar lanzando esas provincias al fuego devastador de la guerra en las otrora apacibles colonias españolas?

Mayor razón hubieran tenido sus quejas por los desastres de su guerra si se hubiera imaginado tan cruento desenlace para el venezolano que más apreciara. Lo había presagiado en toda su crudeza en el documento terminal que comentamos: “No hay buena fe en América, ni entre las naciones. Los trabajos son papeles; las Constituciones,  libros; las elecciones, combates; la libertad, anarquía; y la vida un tormento”.

“Esta es, americanos, nuestra deplorable situación. Si no la variamos, mejor es la muerte: todo es mejor que una lucha indetenible, cuya indignidad parece acrecer por la violencia del movimiento y la prolongación del tiempo. No lo dudemos: el mal se multiplica por momentos amenazándonos con una completa destrucción. Los tumultos populares, los alzamientos de la fuerza armada, nos obligarán al fin a detestar los mismos principios constitutivos de la vida política. Hemos perdido las garantías individuales, cuando por obtenerlas perfectas habíamos sacrificado nuestra sangre y lo más precioso de lo que poseíamos antes de la guerra; y si volvemos la vista a aquel tiempo, ¿quién negará que eran más respetados nuestros derechos? Nunca tan desgraciados como lo somos al presente. Gozábamos entonces de bienes positivos, de bienes sensibles: en tanto que en el día la ilusión se alimenta de quimeras; la esperanza, de lo futuro; atormentándose siempre el desengaño con realidades acerbas” (1)

El colombiano Pedro de Urquinaona y Pardo presentaría en Madrid, en 1820, vale decir ocho años antes de las lamentaciones de Bolívar en añoranza de los últimos tiempos coloniales, desencajados y destruidos por la revolución, su revolución, el siguiente recuento de la realidad: “Desde la época del comercio libre establecido por el reglamento del año 1778 empezó a prosperar la agricultura, de manera que en 1809, tan lejos de necesitar ya la provincia el situado de 200.000 pesos fuertes con que antes era socorrida por la tesorería del reino de México, vio salir de sus puertos 140.000 fanegas de cacao, 40.000 quintales de café, 20.000 de algodón, 50.000 de carne salada, 7.000 zurrones de añil, 80.000 cueros de reses mayores, 12.000 mulas, novillos y otros frutos y efectos territoriales, cuyo valor ascendía a 8 millones de pesos, dejando millón y medio de producto de las aduanas y muy cerca de 2 millones con el aumento de los derechos e impuestos del giro anterior. Los labradores, que forman la masa común de los habitantes, estaban acostumbrados a recibir en sus casas 20, 25, 30 y hasta 52 pesos fuertes por cada fanega de cacao. El precio del café había sido antes de la revolución de 18 a 20 pesos el quintal. Los añiles, según sus clases, aventajaron a los de Guatemala en los ahorros de su conducción a las plazas europeas; y así progresaban las sementeras. Los comerciantes sobre sus propias negociaciones, contaban con el ramo útil y seguro de las consignaciones de Cádiz, Veracruz, etc., sacando ventajas tan conocidas que podía decirse sin exageración que los negociantes de la península, de Nueva España y aún los extranjeros, eran feudatarios de la agricultura y de la industria de Venezuela. Los efectos del consumo territorial, esto es, los que servían de alimento a la mayor parte de la población, se hallaban con abundancia y a precios equitativos. El número se aumentaba en razón de las exportaciones. Los gastos públicos reducidos a sostener un corto número de militares y empleados civiles salían de las aduanas y rentas estancadas. Nadie era molestado en disponer de sus propiedades. La libertad civil era respetada, y protegida la seguridad individual a pesar de los vicios inherentes a todo gobierno de la especie humana”.

Imposible no recordar las palabras del político español Juan Donoso Cortés, marqués de Valdegamas,  cuando veinte años después, en un recordado discurso en las cortes denunciando los desastres de la revolución europea del 48 y anticipando los totalitarismos dictatoriales del siglo por venir afirmase: “Véase, pues, aquí la teoría del partido progresista en toda su extensión: las causas de la revolución son, por una parte, la miseria; por otra, la tiranía. Señores, esa teoría es contraria, totalmente contraria a la historia. Yo pido que se me cite un ejemplo de una revolución hecha y llevada a cabo por pueblos esclavos o por pueblos hambrientos. Las revoluciones son enfermedades de los pueblos ricos: las revoluciones son enfermedades de los pueblos libres. El mundo antiguo era un mundo en que los esclavos componían la mayor parte del género humano; citadme cuál revolución fue hecha por esos esclavos”. Perfectamente consciente de que la revolución independentista no había sido hecha por pueblos miserables, hambrientos ni esclavizados, continúa su apasionada arenga como si estuviese refiriéndose a la que iniciara Bolívar en la América española: “Las revoluciones profundas fueron hechas siempre por opulentísimos aristócratas…el germen de las revoluciones está en los deseos sobreexcitados de la muchedumbre por los tribunos que la explotan y benefician. Y seréis como los ricos; ved ahí la fórmula de las revoluciones de las clases medias contra las clases nobiliarias. Y seréis como los reyes; ved ahí la fórmula de las revoluciones nobiliarias contra los reyes. Por último, señores, y seréis a manera de dioses; ved ahí la fórmula de la primera rebelión del hombre contra Dios. Desde Adán, el primer rebelde, hasta Proudhon, el último impío, esa es la fórmula de todas las revoluciones” (2) 

Del desolador panorama descrito por el principal ductor y líder de las guerras de emancipación y la constitución de las repúblicas independientes, poco cabe que agregar tras un balance tan demoledor. Para Bolívar, el más aristócrata de los rebeldes y el más rico de los venezolanos de su tiempo, si se es fiel a sus palabras, corresponde con total pertinencia considerar que esa revolución, un magma volcánico caído sobre la América española con tal cúmulo de desastres, simplemente no había valido la pena. ¿La valió en Venezuela, que atravesaría el siglo consumida por sus revoluciones y guerras civiles sobre cuyo balance debemos coincidir con el historiador Luis Level de Goda, que escribiese en su obra Historia constitucional de Venezuela: “Las revoluciones no le han hecho bien alguno a Venezuela…no han producido sino el caudillaje más vulgar, gobiernos personales y de caciques, grandes desórdenes y desafueros, corrupción y una larga y horrenda tiranía, la ruina moral del país y la degradación de un gran número de venezolanos”. Su conclusión no se aparta del balance de Bolívar, a 63 años de su muerte: “La historia contemporánea de Venezuela es triste y dolorosa en extremo: no debe llevarse a mala parte este aserto, ni juzgárseme mal por ello”. (3)

(1) Op. Cit., Págs. 280 ss.

(2) Juan Donoso Cortés, Obras, Tomo II, pp. 193 ss. Biblioteca de Autores Cristianos, pág. 193. Madrid, 1946.

(3) Luis Level de Goda, Historia constitucional de Venezuela, Tomo Primero, Caracas, 1954, págs. XIV y XV