La maldición de Bolívar: La dictadura

La palabra dictador tiene, en Bolívar, resonancias magníficas. “Todos los departamentos del Sur me han aclamado dictador; puede ser que todo Colombia haga otro tanto, y entonces el camino se ha franqueado infinitamente más de lo que yo esperaba”, le escribe al Gran Mariscal Andrés de Santa Cruz desde Guayaquil, el 14 de septiembre de 1826, mientras se dirigía a resolver los problemas surgidos en Venezuela con la insubordinación del general Páez y la insurrección de Valencia, primera gran fractura de su proyecto histórico.

Sus palabras indican que para el Libertador la dictadura era un régimen de gobierno perfectamente legítimo y beneficioso que permite el dominio de una personalidad carismática y poderosa, situada muy por encima de sus semejantes y capaz, así como dispuesto, a echarse sobre sus hombros la responsabilidad por el mantenimiento del orden y la estabilidad institucional de las repúblicas en tiempos de inestabilidad política.

“La dictadura” dirá dieciséis años después en un discurso en las cortes españolas el diplomático y político conservador Juan Donoso Cortés “en ciertas circunstancias dadas, en circunstancias como las presentes, es un gobierno legítimo, es un gobierno bueno, es un gobierno provechoso, como cualquier otro gobierno; es un gobierno racional, que puede defenderse en la teoría, como puede defenderse en la práctica. Y si no, señores, ved lo que es la vida social”.

Seguía el acierto del Senado romano al salvar la República mediante el expediente de entregarle el poder pleno y absoluto, en dos ocasiones, aunque limitado a seis meses, al ex senador Cincinato, retirado de sus ocupaciones públicas para ocuparse en sus labores de labranza. Mucho más aún si se trata de darle consistencia legal y densidad orgánica a una sociedad recién independizada políticamente, sin ninguna tradición republicana y democrática, aún en pañales. Ante los nubarrones que se le presentan a su utopía emancipadora cuenta con una inmensa, una cesariana confianza en sí mismo: ante los desacuerdos de los partidos “no habría ninguna esperanza de acuerdo pacífico si yo no me presentara allí. Afortunadamente yo soy el punto a donde vienen a reunirse todos los partidos, todos los intereses y todos los deseos por opuestos que sean entre sí. Esta confianza me hace el árbitro y el componente de sus diferencias…De todos los puntos de la República he recibido invitaciones para ir a serenar la tempestad que los amenaza, poniendo todos sus destinos y su suerte en mis manos”.

La llamada Cosiata vendría a desmentirlo de manera trágica. Y a frustrar para siempre sus utópicas esperanzas. Sus empeños –obtener la independencia política de las provincias americanas respecto de la corona española– se habían logrado. Ahora comenzaba el caos, la disolución, la anarquía. Y su muerte

“La dictadura ha sido mi autoridad constante”, le escribe Bolívar a Santander el 14 de octubre de 1826, conmovido en medio de los graves sucesos de la separación de Venezuela de la Gran Colombia propiciada bajo el nombre de “reforma” por el general José Antonio Páez y la pardocracia oligárquica venezolana, y de “Cosiata”, por el habla popular, decidida a conquistar su autonomía al precio de una guerra civil. “Esta magistratura” –prosigue aclarando su concepto de dictadura– “es republicana; ha salvado a Roma, a Colombia y al Perú”. Para de seguidas expresar lo que siente verdaderamente del parlamentarismo, su antípoda: “Supongamos que un congreso se reuniera en enero ¿qué haría? Nada más que agriar los partidos existentes, porque a nadie satisfaría y porque cada uno traería sus pasiones y sus ideas”.

Para terminar expresando sin melindres lo que verdaderamente piensa del parlamentarismo: “Jamás un Congreso ha salvado a una República”. Piensa seguramente en el Congreso de Cariaco, que en su momento habrá representado para él todo lo que le provocaba animadversión, propiciado por el presbítero chileno Cortés de Madariaga y el procerato oriental, entre quienes se encontraba Mariño, uno de los promotores de la llamada Cosiata, “esa carrera indecente propiciada por Páez”.  Es de esa naturaleza el mandato que se le concede, con los brazos abiertos, en las provincias del Sur, en Quito y en Guayaquil, en donde, además de aceptarse su propuesta constitucional –mezcla de monarquía y dictadura, de democracia plebiscitaria y poderes hereditarios– se le otorga el mandato presidencial. Lo que, de hecho, lo colma de satisfacción, como no se cansa de reiterarlo en la correspondencia que mantiene con los protagonistas de la crisis terminal del sueño grancolombiano.

Pero la América española ya sufre de lo que medio siglo después el hijo de su joven intermediario Antonio Leocadio Guzmán, el prócer liberal Antonio Guzmán Blanco compara con un cuero seco: se le controla por un extremo y se alza por el otro. Mientras el sur se entrega mansamente a los dictados de Bolívar y se postra ante Sucre, su delfín, el norte se rebela y amenaza con la disgregación, el caos, incluso la guerra civil. La Venezuela que ha abandonado a su suerte y a la que le ha negado las más mínimas atenciones en esos años dedicados a extender, mediante la Campaña del Sur, sus dominios hasta Perú y Bolivia, se aturde en su anarquía, pretende sacudirse el yugo que le impone el mismo Bolívar y Santander, su segundo, el vicepresidente, otorgándole un papel de segundona de la Gran Colombia.

Se extiende la rebelión a partir de la insurrección de Valencia, que sale en defensa del general Páez, convocado de urgencia a rendir cuentas ante el Senado de Cundinamarca por los problemas que ha causado su operación de recluta, aprestándose a sacudirse lo que considera un abuso insoportable, el dominio de Bogotá sobre Caracas. De Santander sobre Páez. Y de la oligarquía colombiana por sobre la nueva oligarquía venezolana. Son meses de angustia y desesperación, de preparativos bélicos, de rechazo frontal al Libertador que debe regresar a la carrera a poner las cosas en orden en Caracas. Si bien Bolívar retarda su llegada durante algunos meses para enfrentar la situación en condiciones más favorables. “Entre tanto continúa en todo su encono el partido de Páez contra el gobierno” –le escribe al general Andrés de Santa Cruz, el 5 de noviembre de 1826– “sin que en este laberinto de intereses y pasiones se entiendan unos con otros, ni sepa yo aun a que decidirme. En la duda la sabiduría aconseja la inacción, y éste es el partido que he seguido desde que pisé a Colombia; esta resolución me da la ventaja de poder obrar después con más acierto y conocer con más exactitud los intereses de esta querida patria que dejé joven, pero sana y robusta, y encuentro ahora flaca y llena de males. En este lamentable estado yo no se qué hacer y en la alternativa en que me encuentro el pueblo será mi guía”- Dictadura o nada. “¿Qué haría yo en medio de ese caos? Mi única resolución es pasar a Venezuela a terminar aquella disidencia y a preguntarle al pueblo lo que desea; lo mismo haré con toda la república, si toda ella me proclama dictador; y si no lo hace no admito mando ninguno, pues tengo demasiado buen tacto para dejarme atrapar por esos imbéciles facciosos que se llaman liberales”.

Por su parte le ha escrito el 8 de agosto al general Páez haciéndole ver la inmensa gravedad de la situación: “Los elementos del mal se han desarrollado visiblemente. Diez y seis años de amontonar combustibles van a dar el incendio que quizás devorará nuestras victorias, nuestra gloria, la dicha del pueblo y la libertad de todos. Yo creo que bien pronto no tendremos más que cenizas de lo que hemos hecho”. No le causó el menor efecto al segundo hombre de la guerra independentista venezolana, que estaba decidido a jugarse la vida por la independencia política de Venezuela y convertirse en el primer político de la república. Como en los hechos. Pero se va haciendo carne en él la decisión de apartarse definitivamente del poder. Le ha escrito el mismo 8 de agosto de 1826, a la contraparte del conflicto, el general Santander: “No creo que se salve Colombia con la constitución boliviana” –su postrer e inútil recurso– “ni con la federación ni con el imperio. Yo estoy mirando venir el África a apoderarse de la América y todas las legiones infernales establecerse en nuestro país…las costas van a dar la ley a esas pobres provincias de la sierra que no merecen ser víctimas de esas hordas africanas…pero lo serán. Mis temores son los presagios del destino; los oráculos de la fatalidad”.

La rebelión de Valencia se desata y amenaza con degradarse hasta provocar la guerra civil. El 1 de octubre, cinco meses después de declarada la rebelión y sin tener aún noticias de Bolívar, el árbitro de la circunstancia, los oficiales que obedecen las órdenes de Páez deciden respaldarlo ante las manifestaciones disidentes del coronel Felipe Macera y el Batallón Apure, reafirmando “que han decidido derramar hasta la última gota de su sangre en la defensa de la causa de la reforma…y declaramos y juramos que acompañaremos a S.E. el Jefe C. Y M. de Venezuela,” – José Antonio Páez – “y moriremos a su lado si fuera necesario en defensa de la causa de la reforma, porque no podríamos vanagloriarnos de haber librado al país de enemigos si quedásemos sin un Gobierno que administre sus necesidades, y sensible al rango que ocupa en este continente. Y con esta firme determinación lo prometemos y juramos por nuestro más sagrado honor y por nuestra espada. Caracas, 1 de octubre de 1826”. Si los paecistas ofrecen su sangre, Bermúdez, en Oriente, ofrece la suya, pero en defensa de la Constitución del 21: “consecuente con el juramento que he prestado de sostener la Ley Fundamental, derramaré mi sangre antes que permitir ninguna alteración por las vías de hecho que ella condena”.  Es una declaración de guerra que amenaza con la guerra civil y desafía de una plumada la suprema autoridad del Libertador. El ciclo independentista ha llegado a su fin.

Puestas las cartas de la rebelión sobre la mesa, Bolívar no tendrá más remedio que ceder y dar por finiquitado su proyecto histórico. Incluso renunciar a la idea de la dictadura, su mejor carta, de la que le ha dicho a Santander el 19 de septiembre que “en esta confusión la dictadura lo compone todo porque tomaremos tiempo para preparar la opinión para la gran reforma de la convención del año 31, y en tanto calmamos los partidos de los extremos. Con las leyes constitucionales no podemos hacer más en el negocio de Páez que castigar la rebelión: pero estando yo autorizado por la nación lo podré todo.” Las hazañas de Bolívar han llegado a su fin.

Ya ni siquiera la dictadura le era posible: las cosas se le habían ido de las manos. En Venezuela y en el resto de América Latina. La Independencia de España, esa y solo esa había sido su obra. La construcción de las repúblicas quedaba entregada al arbitrio de las circunstancias, que como lo reconociera después, no eran halagüeñas. Estaba a punto de sufrir la primera y definitiva gran derrota política, de la que no se recuperaría jamás. Y para su inmensa desgracia se la infieren sus propios ejércitos en su propio país. Quien se enfrentaba a Bolívar era un hombre que si bien no disponía de un liderazgo ornado de los ribetes heroicos y míticos que ya acompañan a Bolívar, proclamado como el rey sin corona de unas repúblicas tambaleantes, dispone de tanta o mayor popularidad como para hacerle el pulso. Cuenta Ker Porter que el intendente de la provincia, Cristóbal Mendoza, al darle cuenta del acto del Cabildo en que se respaldara la decisión de Páez de negarse a presentarse en Bogotá para ser enjuiciado por el senado y  le delegara el mando a Páez,  no hacía más que reconocer un hecho palmario: la entrega del mando a Páez se debía “no solo al noble carácter del hombre, sino el hecho de que su popularidad e influencia sobre el pueblo de la provincia eran tan grandes, que sólo él era capaz de mantener el orden en la población y, por su autoridad, evitar ultrajes de las tropas u otras gentes mal dispuestas. Y agregó que sin duda alguna, si Páez hubiera persistido en ir a Bogotá después de renunciar a su mando, la mayor anarquía y el pillaje hubieran sido la consecuencia en toda Venezuela”.