Y los militares, ¿dónde andan?

Es opinión bastante generalizada que los militares ya no harán nada para salir del régimen actual. Se sostiene que unos están demasiado comprometidos con la estructura de poder y que los demás están marginados, desesperanzados, en la espera de la baja o sin poder real. No habría nada que esperar de ellos. Se les piensa como un bloque desvencijado, en el cual las partes que no se han desmoronado están demasiado corrompidas como para hacer algo. Su papel en la mortandad contra los civiles demostraría que no hay ninguna reserva institucional ni moral allí.

El epítome de esa repulsiva actitud es la conducta del general Vladimir Padrino López. Después de sus coqueteos institucionales de finales de 2015 fue llamado al botón y se integró (¿o nunca dejó de hacerlo?) a la porción más radical del madurismo. Ha sido capaz de ignorar de manera altanera todo reclamo hecho a la institución que encabeza y su compromiso con el PSUV ha ido más allá de lo que sus propios compañeros de promoción jamás imaginaron.

Con estos elementos no es extraño pensar que toda posibilidad de contribución de los militares a la causa democrática habría que desecharla.

Tengo otra visión. No está de más recordar –aunque convengo que en contextos totalmente diferentes– que por estos días, hace 60 años, el gobierno de las Fuerzas Armadas encabezado por el general Pérez Jiménez se derrumbaba con el concurso de oficiales de las FAN que habían estado a su lado hasta pocas horas antes. El 23 de enero iba a venir de la mano de la protesta civil, del contralmirante Wolfgang Larrazábal y de muchos militares.

La Fuerza Armada de hoy no hay que pensarla como una estructura sólida sino fluida; no como algo ya dado sino en proceso de reformulación permanente. Una vez rotos sus principios de disciplina, obediencia y jerarquía, se volvió una institución también presa del caos, lo cual hace que las posiciones sean tan variadas como los nombramientos y destituciones anarquizados, solo fundamentados en la lealtad política o la sospecha de su inexistencia. La institución militar también es víctima del desastre: no es solo la dimensión socioeconómica que afecta a los oficiales y la tropa sino que la profesión militar está en proceso de extinción.

La situación descrita genera reacciones de autodefensa. Unas que parecen –o son– aisladas o espontáneas; pero no hay que descartar una de mayor sentido político e institucional que tome en sus manos la decisión de rescatar la República. ¿De quién se defiende Maduro cuando rodea Miraflores de tanques y alambradas?