Juntos todo es posible

“Debemos unirnos los venezolanos. Debemos dejar atrás esta forma tribal de hacer política, y conversar como los hermanos que somos”. El 4 de marzo de 2018, en una de las tantas intervenciones televisadas del presidente Nicolás Maduro, realizó la arenga anterior para presentarse como un mandatario tolerante hacia el que piensa diferente y abierto al diálogo. Pero luego suelta esta perla: “Que los venezolanos somos gente de paz. Los bolivarianos promovemos la diferencia, y en esa diferencia, la paz, y en esa paz la prosperidad. No hay una sin la otra”. En estas dos líneas resume la esencia de la revolución, las dos clases de venezolanos que existen en el país, según la definición de los revolucionarios, aquellos que apoyan el proceso bolivariano, patriotas, hacedores de la paz, identificados con el comandante eterno y los otros, los que adversan la forma sectaria y discriminatoria de dirigir la nación. Sigue viva más que nunca la polarización, ellos son los verdaderos herederos de Bolívar y Miranda, los otros, son los traidores, oligarcas y apátridas.

Por eso, juntos todo es posible, todo fue posible, hundir al país más rico del mundo, en una tragedia que parece no tener fin ni posibles soluciones a mediano plazo, una realidad que Venezuela jamás debería haber vivido. Sin embargo, al parecer debemos llegar hasta el fondo para volver a levantarnos, ojalá sea así y no nos acostumbremos a vivir en las entrañas de la miseria y la desidia.

Pero el día a día nos pinta otra verdad, donde la aplicación de la ley es totalmente discrecional, se le suma que la libertad de expresión está muy menguada, en la cual hay que tener mucho cuidado en lo que se diga, donde cualquier ciudadano puede ganarse un boleto directo a cualquier centro de reclusión por el simple hecho de expresar su disconformidad.

En 1998, los venezolanos no estaban buscando a un presidente que tuviera la capacidad de construir un futuro y llevar a la nación hacia el desarrollo y la prosperidad, por el contrario, se votó y eligió a un vengador, que llevaba en su accionar una maleta llena de aversión y resentimiento social, para acabar supuestamente con los males que aquejaban al país, acabar con esa vaina llamada cuarta república.

Cambio profundo y radical, donde un supuesto justiciero se aprovechó de la ceguera de un pueblo, que clamaba la solución de problemas como la inseguridad, la corrupción, la inflación, la devaluación, la salud, la educación, la vialidad, etc. Y nos embarcamos en la construcción de un sistema autoritario, que llevaba como bandera nacionalizaciones y expropiaciones caprichosas, que prácticamente mermaron de forma significativa el aparato productivo del país, avanzado inexorablemente hacia el caos, donde el venezolano hoy en día de lo que se preocupa es por la falta de agua, la escasez de alimentos, la deficiencia en el transporte público, tácticas para distraerlo del problema real, provocado por un gobierno inepto, corrupto e improvisado, que apela a través de su hegemonía comunicacional y por la fuerza que le da la represión, a que los connacionales vivan en una inconsciencia inverosímil, acompañados de relatos absurdos, que los han llevado a una alucinación insólita, que les impide ver más allá del inmediatismo, porque su esfuerzo se diluye en poder sobrevivir una existencia gestada y aplicada por estos comunistas, que en su haber han logrado la distribución equitativa de la miseria, aplicando el principio básico del marxismo: Cada uno aporta según sus capacidades. A cada uno se le da según sus necesidades.

En estos veinte años nos hemos acostumbrados a aceptar la forma más mísera y sórdida de hacer política, donde se han esmerado en unificar la manera de pensar y así, cambiar la idiosincrasia del venezolano. Debemos luchar, con las opciones que nos da la poca democracia que queda, para superar las mentiras que han convertido en verdad esta administración, buscando enemigos foráneos sobre una calamidad que ellos mismos han generado por su ineptitud y premeditación.

Juntos todo es posible, para rescatar la tolerancia religiosa, la igualdad ante la ley, recuperar la soberanía del pueblo, afianzar la división de poderes y, sobre todo, que prevalezca la razón para alcanzar el conocimiento verdadero y permitir así el progreso, en pocas palabras, convertirnos en verdaderos ciudadanos, que reclaman sus derechos y cumplen con sus deberes.