Honi soit qui mal y pense

En cuanto a quienes reaccionan con el automatismo del prejuicio aun conociéndonos en la mayor intimidad, dudando de nuestra honorabilidad, la honradez y la justicia de nuestras posiciones, pueden dar por canceladas nuestras relaciones. Más vale solos, absolutamente solos que tan mal acompañados

“Maldito sea quien lo mal interprete”

Orden de la Jarretera

Hace unos años, en un concierto nocturno al aire libre organizado por Ramón Muchacho frente al Parque del Este, Soledad Bravo cantó un tema de Simón Díaz, “Qué vale más”, que decidió dedicárselo a su amigo Antonio Ledezma, a pocas horas de ser encarcelado. Despertó el odio y la indignación del régimen. No era la primera vez que una canción y su dedicatoria despertaban tanto odio. Pocos años antes, en una asamblea estudiantil masiva celebrada en el Estadio Universitario, le dedicó, también expresamente, “La canción del elegido” a Nixon Moreno, entonces refugiado en la Nunciatura Apostólica de Caracas. Despertó indignación, esta vez entre quienes, desde el régimen, lo acosaban y quienes, de este lado de la cerca, no simpatizaban con sus posiciones radicales. En un acto en el Aula Magna, le dedicó luego un concierto a todos nuestros presos políticos y en particular a un homenajeado especial que acababa de ser galardonado con el doctorado honoris causa por la Universidad Simón Bolívar, el Nobel de Literatura y su amigo personal Mario Vargas Llosa. Y recientemente cantó en Nueva York y le dedicó una canción de su paisano Alfredo Zitarrosa a su amigo Luis Almagro. Más claro no canta un gallo. 

Si bien es extremadamente reacia a dedicatorias y homenajes, le ha dedicado canciones a Pompeyo Márquez, a María Corina Machado y a Leopoldo López. Jamás le dedicó ni siquiera unas palabras a Hugo Chávez ni a ningún otro presidente venezolano. Invitada por el presidente Carlos Andrés Pérez cantó en un encuentro íntimo celebrado en La Casona frente a los 11 presidentes del Grupo de Río. Entre ellos a Patricio Aylwin, a quien en agradecimiento por su obra al frente de la restitución de la democracia en Chile le cantó un himno de Violeta Parra, “Gracias a la vida”. Que le haya dedicado en varias ocasiones una canción a los presos políticos no es nuevo: en los sesenta, en plena juventud, les dedicó varios conciertos. Guarda con emoción una carta manuscrita de los presos políticos del Cuartel San Carlos en agradecimiento por su solidaridad firmada por todos ellos y encabezada por Pompeyo Márquez. De eso hace más de medio siglo.

Hoy fue invitada a cantar cuatro canciones –las de siempre: “El elegido”, “Ojos malignos”, “Gracias a la vida” y “Que vivan los estudiantes”– por los organizadores de un acto en que una nueva organización política llamada Pro Ciudadanos se presentaba ante la opinión pública. No era la presentación de candidatura alguna. Ni era la primera vez que participaba en un acto de esa naturaleza. Y lo que nos pareció definitivo: ni era un partido cercano a las posiciones de la tiranía ni a candidatura alguna, toda vez que ella, en esta particular circunstancia, considera que las elecciones convocadas por un organismo fraudulento no tienen la menor legitimidad y deben ser rechazadas por la ciudadanía.

¿Por qué el odio? ¿Por qué el escándalo? Porque el principal protagonista del evento, quien está lanzando a la opinión pública una nueva agrupación política, no una candidatura, se llama Leocenis García. Quien no cuenta con el beneplácito de la clase política establecida. Ni mucho menos con nuestro político respaldo. Y ante la profunda enfermedad espiritual que nos aqueja a los venezolanos, cantar cuatro canciones en un acto de su responsabilidad implica infinitamente más que cantarlas: significa concederle un endoso político. Lo que no pareció disgustar cuando lo hizo, esas veces sí con la expresa voluntad de respaldar las respectivas candidaturas, en proclamaciones de Henrique Capriles, de Manuel Rosales y en tiempos de libertad y democracia plenas, cuando respaldó a Luis Beltrán Prieto Figueroa o a Teodoro Petkoff. Siempre nadando contra la corriente. Pues por extraño que parezca, jamás se sumó al cortejo de los vencedores. Desde cuando votara por primera vez en su vida y lo hiciera por el doctor Arturo Uslar Pietri. 

Sobran quienes creen que Soledad Bravo fue chavista y bolivariana. Prefieren dejarse arrastrar por su fobias, prejuicios y lugares comunes. Jamás fue chavista y bolivariana. Fuimos, y debo usar el plural, para que no resten malos entendidos, tan profundamente antichavistas, que lo fuimos desde la misma madrugada del 4 de febrero. Por una razón muy sencilla: si estuvimos en contra de todas las dictaduras militares, particularmente las del Cono Sur, en particular la de Chile que me condenó empujándome al destierro y Soledad sufrió las secuelas del franquismo que condenó a muerte a su padre, ¿cómo respaldar a una tiranía? Razón que la llevó a rechazar de plano la invitación a firmar un ominoso manifiesto de bienvenida al tirano cubano, que tantos de los que hoy se escandalizan porque Soledad cantó cuatro de sus canciones de siempre en un acto de presentación de un partido, corrieron a respaldar y avalar con sus nombres. La hipocresía tiene cara de hereje. 

No es hora de ventilar los costos que arrostramos por defender nuestras creencias y avalar nuestras posiciones. Estos dieciocho años no se han traducido para nosotros en nadar en agua de rosas. No nos quejamos. Ha sido nuestra más íntima decisión. Nos hemos negado a dejar Venezuela. Hemos decidido compartir las penas y las alegrías de nuestro pueblo. Aquí estamos y aquí seguiremos. Llevamos la diáspora en nuestros corazones. Pues no constituye para nosotros ninguna novedad. Y asumimos plenamente los costos de habernos separado radicalmente, aquí, y en todo el mundo, de quienes no se solidarizan con el sufrimiento de nuestro pueblo. 

En cuanto a quienes reaccionan con el automatismo de los prejuiciados aun conociéndonos en la intimidad, dudando de nuestra honorabilidad, la honradez y la justicia de nuestras posiciones, pueden dar por canceladas nuestras relaciones. Más vale solos, absolutamente solos que tan mal acompañados.