Hojas de otoño

Socialismo del siglo XXI, democracia participativa y protagónica, revolución bolivariana y otras expresiones conocidas del chavismo fueron palabras que, cual hojas de otoño, el soplo del tiempo despegó y se llevó, dejando el tronco añoso del autoritarismo militar, el mismo que echó raíces en Venezuela desde el momento mismo de su independencia y que ha florecido en ella todo el tiempo, con la única excepción de los 40 años de gobiernos civiles y democráticos del período 1958-1998.

Con el término chavismo-madurismo queremos designarlos dos períodos sucesivos del proceso político que dentro de unos meses cumplirá 19 años en el poder. El primer período corresponde al ascenso del teniente coronel Chávez, líder populista y carismático que surgió de la crisis económica de la década de los años ochenta y se vendió (y lo vendieron) como un demócrata ansioso de corregir los vicios existentes, prometiendo una vida mejor basada en un sistema democrático participativo y protagónico, y un socialismo nuevo y más humano, del siglo XXI, inspirado en grandes sentimientos de amor.

Nada de eso ocurrió. Chávez se convirtió en uno más de los dictadores militares venezolanos, con algunas diferencias no tradicionales: apoyo popular, mucha figuración mediática, mucho discurso ideológico y muy pocas realizaciones. En lo demás fue igual a los otros: mucho poder, ningún control, actuación por encima de la Constitución y las leyes, y perpetuación en el poder hasta la muerte. Fue un dictador cáustico como ningún otro. Sentía placer torturando a la oposición con toda clase de improperios y apóstrofes, amenazándola con quedarse en el poder hasta 2031 (para superar la dictadura de Juan Vicente Gómez, la más larga de Venezuela). Sentó las bases del desastre que estamos viviendo y para rematar su saña, nos legó a Nicolás Maduro, cuya única peor opción hubiera sido la escogencia de Diosdado Cabello, si este abominable personaje hubiera tenido el visto bueno de Fidel Castro.

El segundo período, el de Nicolás Maduro, que coincide con la reducción de la renta petrolera, la avanzada destrucción del aparato productivo, el deterioro de la institucionalidad democrática, la pérdida de autonomía de los poderes públicos, el desconocimiento de la Asamblea Nacional, la abolición de la Constitución y la creación de un poder constituyente ilegalmente convocado y fraudulentamente elegido, marca la etapa del descalabro final del régimen, que ya no es capaz de garantizar a los venezolanos, ni siquiera, las cosas más necesarias de la vida: la seguridad, la alimentación, la salud, la esperanza…

El chavismo-madurismo ha sido un intento sostenido de imponer en Venezuela, en el marco de la democracia formal de la Constitución de 1999, un régimen totalitario de índole marxista-leninista inspirado en la Revolución cubana. Como era de suponer, el régimen violó tanto el marco constitucional que este reventó, siendo necesario sustituirlo por otro apropiado al proyecto totalitario original. De allí el invento de la asamblea nacional constituyente.

El chavismo hizo su aparición en 1992, con un intento de golpe fallido justamente cuando se estaba derrumbando el comunismo en la Unión Soviética y en las repúblicas democráticas de Europa Oriental, y China transitaba ya con éxito la ruta del capitalismo. El proyecto chavista era ya, para ese momento, un anacronismo y una opción históricamente fracasada, por lo que no se entiende la obstinación de los dirigentes chavistas de imponer en Venezuela un sistema del que los países comunistas se despojaban. Se creían capaces de erigir, sobre las ruinas del socialismo real, un sistema mejor del que se hundía. Si esa era la idea no debieron consultar nunca a Cuba, que había seguido con fidelidad perruna los pasos de la URSS y sus satélites.

El caso de Venezuela será el último ensayo de la izquierda marxista, de imponer el modelo comunista en América Latina o en cualquier otra parte del mundo. Nuestra dolorosa experiencia cancelará definitivamente toda posibilidad futura en ese sentido. Si alguna duda quedaba en relación con la inviabilidad del proyecto comunista, Venezuela se encargará de disiparla, demostrando que ese sistema no solo es capaz de impedir el desarrollo de los países pobres en los que pone el pie, sino que es capaz también de arruinar, en medio de la mayor abundancia, a un país petrolero con muchos recursos y posibilidades de desarrollo, como Venezuela.