El hambre revolucionaria

I

El experimentado doctor veía los signos del hambre en la vida cotidiana, no solo en el consultorio. Era un profesional que había tenido la posibilidad de formarse fuera del país como pediatra y que, a pesar del éxito cosechado, prefirió regresar a su patria para curar a los niños venezolanos, porque sabía muy bien lo que significaba sacar adelante a un muchachito de clase baja. Él lo fue, trabajó desde pequeño para ayudar a su mamá y a su hermano.

El hambre no solo deja secuelas en peso y talla, decía. Cuando un dependiente en algún establecimiento no entendía un pedido, cuando una persona se movía con lentitud y desánimo, cuando alguien tardaba en responder, invariablemente me decía: “El hambre”. Y explicaba, porque era excelente médico y mejor padre: “Cuando se pasa hambre desde niño, de adulto no se tienen las mismas capacidades”.

Cuando tuve a mi bebé, me buscó entre sus libros uno de nutrición infantil. Tuve la dicha de tenerlo en casa los primeros meses de vida de mi hija, y tuve la suerte de que me enseñara todo lo que sabía sobre algo tan importante como alimentar a un recién nacido. La respuesta está allí, en la educación.

II

La maldición del CLAP. ¿Por qué en esa bendita caja no viene un kilo de carne, un kilo de pollo, un kilo de leche, un kilo de queso, de sardinas? ¿Por qué en esa bolsa no viene un manojo de espinacas, uno de cilantro, un kilo de tomates, unas mandarinas y un melón? Porque el dichoso paquete está diseñado para la maldad.

¿Cuántas madres, jovencitas, casi niñas, han recibido alguna instrucción para aprender cuáles son los alimentos que realmente importan en la dieta de un infante? Tuve oportunidad de asistir a mi padre, cuando ya estaba ciego de un ojo, en el consultorio; fui testigo de regaños severos: “Señora, un tetero de arroz no es comida, me hace el favor y le quita el cereal; sí, el arroz es un cereal, como el trigo, como el maíz; bueno, le quita el cereal y le hace las ocho onzas de leche. ¡Y sin azúcar!”.

Como reportera en una ocasión me pusieron una pauta, hacer recorridos por los establecimientos del Instituto Nacional de Nutrición, incluyendo un hospital en Caracas que trataba a niños desnutridos de todo el país. Primero, fui a los dos comedores; sí, había comedores para la gente de pocos recursos, pobres. Mucha gente, mucha comida balanceada. Era parecida a la que sirven en los hospitales –perdón, la que servían, en pasado–, extremadamente balanceada en cantidad y contenido. Vi mucha gente humilde, algunos indigentes.

Pero lo que más me impresionó fue el hospital. Estamos acostumbrados a pensar que un bebé desnutrido es flaquito, escuálido. Aprendí mucho también, por ejemplo, que un bebé gordito, rollizo, no siempre es un bebé sano. De hecho, puede estar desnutrido, pues se alimenta básicamente de carbohidratos, sin proteínas, que provienen de la leche, si es de la madre, mejor. Pero la nutricionista Susana Raffalli bien lo explica, una madre desnutrida seguramente dará a luz a un bebé desnutrido. Allí está la condena.

III

“75% de los estudiantes de educación pública en Venezuela se encuentran amparados en el Programa de Alimentación Escolar. Por ello, Venezuela logrará, en el año 2018, la cobertura de 100% de los estudiantes desde primaria hasta universitaria”, dijo el flamante ministro de Educación, Elías Jaua, en la 39° Cumbre de la Unesco realizada nada menos que en París hace unos días. ¡Ah, otoño en París!, todo un sueño. Gastar tantos dólares para ir a decir mentiras sale doblemente caro al país.

Lo peor es que la Unesco no tendrá la oportunidad de escuchar a la doctora Susana Raffalli decir que la desnutrición es una condena de por vida y que más de 180.000 niños venezolanos están sentenciados a ella. Supongo también que el ministro no tuvo necesidad cuando niño o, si la tuvo, el pobre desarrollo congnitivo que consiguió al crecer habrá hecho que se le olvide. Creo que no solamente padeció las consecuencias del deficiente desarrollo de sus capacidades, sino que además fue un niño con carencias afectivas.

Mi papá también decía que los niños que son queridos aprenden a querer, los niños que aprenden lo que es la solidaridad, que la reciben y la dan desde temprana edad, son capaces de tener empatía, de sufrir con el otro, de ayudar, de ser generosos. Solo un desalmado, un sociópata es capaz de salir a la calle todos los días y pretender que todo está bien. Solo una persona llena de mucha maldad y rencor es capaz de afirmar que cerca de 80% de la población infantil venezolana tiene cubierto su requerimiento nutricional.

El mal que nos ha hecho esta revolución es gigante. Se ha metido con lo más sagrado, ha acabado con la esperanza de vida de los venezolanos desde el momento de la concepción. La revolución bolivariana pasará a la historia como la que fue capaz de quitarle la comida de la boca a miles de niños que nacieron en uno de los países más ricos del mundo.