La gente se empeña en ser amable

La gente se empeña en ser amable o al menos eso parece. A lo mejor son cosas mías. Es probable que ponga mis sentidos donde no debo en el momento más inoportuno. Todo es según uno lo mire. Es posible que la cortesía del camarero con los clientes sea un exceso de sensibilidad por parte de alguno y no signifique nada escucharle mientras recojo mi café para llevar “que tenga un buen día”. El caso es que salgo a la calle casi recién amanecida con el calor del vaso de cartón entre mis manos y la agradable compañía de la frase de ese desconocido que trabaja en la cafetería.

Va a ser casualidad que sea yo y no otro el único tipo que entra a sellar un boleto de lotería en el callejón de la catedral justo en el instante en que el dependiente hace los coros a una canción que suena en la radio sin ningún apuro, me atiende con una sonrisa y me habla de lo buenos que son los Red Hot Chili Peppers.

En unos minutos comienzo la jornada laboral. Una jornada de trabajo se cuenta en minutos y horas, la vida se cuenta en momentos.

Después de haberse cumplido el deseo del hombre de la cafetería vuelvo a casa caminando por la Gran Vía. Encuentro a unos chavales sentados en la acera alrededor de algo o alguien. Al llegar hasta ellos me doy cuenta de que rodean a un mendigo, le escuchan y hablan con él. El mendigo toma café en un vaso igual al vaso que tenía yo esa mañana. La escena emociona a cualquiera. Sigo mi camino. Todavía existe gente buena. A quien lea estas líneas, sea venezolano, español o ecuatoriano le deseo que tropiece con gente que se empeñe en ser amable.