Fracasos, estropicios y pobreza

La pobreza es peor que cualquier enfermedad, que la más terrible catástrofe. El desconocimiento de su historia y la fiesta petrolera le hicieron creer al venezolano que era un pueblo escogido por Dios para el disfrute de riquezas infinitas y muchas otras tonterías. Aquella frase “luminosa” de sembrar el petróleo que ha servido para interminables discusiones no aclaró el camino ni determinó el destino. Se impuso el facilismo, “la justa distribución de la riqueza” en la que cada uno esperaba su parte, y si posible, la mejor.

En menos de veinte años el país se endeudó y unos pocos avispados se quedaron con más de 1,3 billones de dólares –Giordani dixit– mientras el gobierno pedía prestado a China para pagar la nómina diaria y vendía petróleo a futuro y regalaba el transporte, el flete, que no eran cuatro millas náuticas. Como si fuera poco, Alí Rodríguez Araque convenció a Chávez de que la orimulsión no era negocio, que era mejor regalarle la patente a los chinos, a los camaradas capitalistas chinos, y Venezuela se quedó sin esa opción para aprovechar el petróleo más pesado y con reservas incuantificables.

Fue el mismo Rodríguez Araque, comandante Fausto, el responsable de vaciar la nómina de Pdvsa. Botó a más 20.000 trabajadores, responsables todos de haber mantenido una empresa de primer mundo, con meritocracia, investigación, capacitación y gerencia que competía con las mejores, aunque se exageraba un poco. La destrucción de la industria petrolera no es un hecho fortuito ni producto de la mala suerte ni mucho menos. Basta identificar a los beneficiarios de la baja producción, ahí aparecen Rusia, Irán y Arabia Saudita, que coparon las cuotas de mercado perdidas por Venezuela.

El afán con el que se destruía el aparato productivo nacional, tanto público y privado, no está en los cuadernillos que la Editorial Quimantú le publicaba a Martha Harnecker ni en las obras de Marx, mucho menos en el programa de gobierno que entusiasmó tanto a los cruzados por la justicia social y sus beneficiarios en la campaña electoral de 1998, en la que creían que todos los sueños eran posibles, sino en la falta de sentido común de los gobernantes. Bobos.

Desvalijada Pdvsa y perdidas las inversiones de ultramar, tanto en Alemania  como en Estados Unidos, pero también la refinería que se puso a funcionar en Cuba con fondos venezolanos y que los Castro de un plumazo declararon suya, además de otros costosos ensayos en Nicaragua, Bolivia, Ecuador y El Salvador, además de los millones de barriles regalados a los “sociolistos” antillanos, hablan de mavita o pava ciriaca.

No es mala suerte, tampoco un plan del G-2 cubano ni de las salas situacionales multiincompetentes de Miraflores y Fuerte Tiuna, es suma y resta. Si usted gasta lo que tiene se queda sin nada; si le quitan la cartera, se queda sin dinero (¿?), sin cédula y hasta sin carnet de la patria. Nos volvieron pobres, pero no como consecuencia de un plan meticulosamente ideado en La Habana sino por el asesinato a mansalva de la gallina de los huevos de oro: el sentido común.

No se necesita una auditoría del FMI, de la OPEP, de la ONU ni de Cáritas ni del Kino Táchira para saber que el país implosionó, se jodió, pese a la propaganda gubernamental que insiste que vamos por buen camino y ahora somos más felices. La cantidad de niños desnutridos, de enfermos crónicos sin tratamiento, la reaparición de la malaria, la difteria y el sarampión, la destrucción de la educación y la cantidad de emigrantes, muchos famélicos y otros en la indigencia total, entre muchos otros males, retratan una experiencia política fallida que repite los peores momentos de la lucha por la Independencia y de la sucesión de guerritas civiles del siglo XIX.  Lo grave no es la inacción de la oposición, sino lo que sigue haciendo el gobierno, que no se atreve a reconocer que se equivocó, que sus socios lo engañaron y que, ultimadamente, no son tan honrados como pregonaron; robaron más de la cuenta y su modelo de vida no es sustentable ni sostenible, mucho menos duradero. Arruinado, por ahora, vendrán ofertas insuperables.