El fracaso de Raúl Castro

Raúl Castro ha anunciado que postergará su retiro como presidente de Cuba. Ya no se irá el 24 de febrero de 2018, sino el 19 de abril. El dictador alega que los inmensos daños del huracán Irma son la causa. En Cuba casi nadie lo cree. El rumor que circula en la isla afirma que en el vecindario del general hay un gran malestar contra el ingeniero Miguel Díaz-Canel, primer vicepresidente y heredero designado. Aunque no existen síntomas evidentes, aparentemente a ciertos miembros de la primera familia les parece un cripto-reformista. Yo, francamente, lo dudo.

Algunos de los hijos y parientes de Raúl prefieren al canciller Bruno Rodríguez. Les gusta más. Es más elocuente. Fustigó ferozmente a Barack Obama tras el discurso que el anterior presidente de Estados Unidos pronunciara en La Habana. Según Rodríguez, Obama era el mismo perro de siempre, pero con diferente collar. Quería la destrucción de la revolución, solo que por otros medios. El canciller cubano dijo exactamente lo que pensaba Raúl Castro y, especialmente, su hijo Alejandro Castro Espín.

Poco después Díaz-Canel filtró un video en el que se presentaba como un Stalin caribeño: duro, riguroso, comunista a ultranza, implacable contra los disidentes. Según me cuentan, estaba dirigido a convencer a la poderosa familia de que en él se podía confiar. Aseguraba que no había en su carácter el menor rasgo reformista. El video circuló profusamente, pero los destinatarios realmente eran pocos y todos estaban en la pequeña cúpula del poder.

Raúl dejará la Presidencia de Cuba en bastante peor situación que cuando la asumió. Su gestión ha sido un absoluto fracaso. Entonces vivía Chávez y la explotación de Venezuela era un gran negocio para los cubanos. La saqueaban sin misericordia. Los ladrones de los dos países se coludían para robarse hasta los clavos. Cuba llegó a alquilarle a su colonia plataformas perforadoras de petróleo que operaban en el lago de Maracaibo. Era una “empresa de maletín”. La factura duplicaba el costo real. Los equipos venían de otra parte. Los beneficios –medio millón de dólares al día– se repartían entre bandidos de ambas orillas.

En la Cuba de Raúl sigue habiendo dos monedas. Los trabajadores cubanos cobran en una inservible divisa nacional, pero tienen que adquirir en dólares todo lo que vale la pena. Raúl no ha sido capaz de solucionar este gravísimo problema. Ni siquiera ha podido aumentar la producción de leche para que los niños mayores de siete años puedan beberse un vaso cuando les plazca. El gran problema del colectivismo autoritario es la terca improductividad que genera.

El país desde hace muchos años es un desastre de suciedad y desabastecimiento, de escombros, y creciente pobreza. El cuento de la medicina gloriosa y universal es para simpatizantes incautos, lo mismo que sucede con la educación. Ninguna universidad cubana está entre las primeras 400 del planeta. El gobierno se niega a realizar pruebas internacionales de conocimientos (PISA) porque sabe que los jóvenes estudiantes quedarían entre los últimos lugares.

¿En qué consiste, en definitiva, el modelo cubano? Son prodigiosos policías. Reprimen y vigilan como nadie. Este es el triste legado que Cuba le ha hecho a Venezuela. Lo aprendieron del KGB y de la Stasi, pero superaron a sus maestros. El poder se sostiene gracias a la seguridad del Estado. El gobierno tiene varios anillos represivos. El más vistoso, pero el más elemental, es la policía de chapa y tolete. El más eficaz es la contrainteligencia. Hay decenas de miles de sujetos invisibles dedicados a controlar la vida de los otros, a escuchar sus conversaciones, a descarrilar sus proyectos, a esparcir o apagar rumores.

La burocracia totalitaria es muy costosa. El gobierno, el partido, los órganos de seguridad, las Fuerzas Armadas se llevan la parte del león. Por eso no se caen, pero, también por eso, las sociedades sometidas al sistema no prosperan y todas ofrecen el mismo panorama gris de miseria y desesperanza. Raúl Castro lo sabe, pero no está dispuesto a cambiar nada. Lo dijo cuando enfermó su hermano y lo reiteró cuando Fidel murió el 25 de noviembre de 2016. Él no había llegado al poder para enterrar el comunismo. Llegó para fracasar, como su hermano.