Enemigos del gas

El título es un homenaje a Enemigos del comercio (I, II, III, de Antonio Escohotado), libro magistral y monumento a la arqueología e historia del comercio que, pese a obstáculos del comunismo autoritario, supo imponerse hasta nuestros días a través de la libertad y el liberalismo, únicas banderas que permiten la innovación y al avance de la humanidad.

En este caso me referiré, desde algún ángulo, a los enemigos del gas. Concretamente del gas boliviano que es, en comparación con el petróleo venezolano, la principal herramienta de ingresos y desarrollo del país.

En anteriores columnas aquí en esta casa periodística que da cobijo a mis aventuras de escribir, El Nacional, analizamos la urgencia de recuperar y salvar el petróleo venezolano. Hoy veremos un poco el panorama boliviano.

El populismo y socialismo autoritario en ambos casos han corroído desde el fondo las bases de la estructura de la formación de riqueza en ambas naciones y continúan postrándolas a la mono-economía de la exportación de materia prima, dejando de lado la diversificación.

Es evidente que la caída de precios del barril petróleo (de más de 100 dólares en enero de 2014 a 60 dólares hoy) reconfiguró el mapa económico de Bolivia y Venezuela; en el caso boliviano demostró fehacientemente que la denominada nacionalización de la industria de hidrocarburos (2006) no condujo a la bonanza de la década 2006-2016, sino todo lo contrario: fue únicamente un método de despilfarro.

El propio ex ministro de hidrocarburos del régimen Andrés Soliz criticó la nacionalización en su momento, por diversos motivos.

Veamos algunos datos numéricos que certifican que el populismo es el enemigo del gas boliviano:

  • La renta petrolera (los ingresos por venta de gas boliviano a Argentina y a Brasil) antes de la nacionalización era de 1.661 millones de dólares, el acumulado de la década populista 2006-2016 llegó a un techo impresionante –para las cifras que se manejan en Bolivia– de 30.000 millones de dólares, pero esos buenos ingresos fueron gracias a los denominados superciclos positivos de los precios de los commodities.
  • En 2015, los ingresos por la venta de hidrocarburos sumaron 3.768 millones de dólares; en cambio, en 2014 fueron de 5.489 millones dólares. Notoria disminución que coincide con la caída de precios del barril.
  • Ya analizamos el caso venezolano en la que la estatal petrolera venezolana, Pdvsa, produce 1,9 millones de barriles de petróleo diario, cifra infinitamente inferior a lo que producía en 2015, cuando vendió 2,65 millones de barriles de petróleo diario.
  • Volvamos a Bolivia: la caída de producción de gas por ausencia de inversión privada, de 61,34 millones de metros cúbicos diarios en 2014 a 56,6 en 2016 y a 53 el primer semestre de 2017. Bolivia ya debería haber superado la barrera de producción de 80.
  • Otro elemento que llama la atención poderosamente es que las utilidades de la estatal petrolera YPFB cayeron de 976,6 millones de dólares en 2014 a 188,3 millones de dólares en 2015. Y en este punto recojo palabras del ex vicepresidente de la estatal petrolera boliviana y amigo Hugo del Granado, que indicó: “Solo una empresa con pésima administración o con vida artificial podría mostrar esta semejante asimetría de precios contra utilidades”.
  • En una segunda fase política a la denominada nacionalización prometieron una industrialización –que recordemos no se dio en una década y más de administración del populismo– y que tiene resultados negativos: costos elevados en construcción (plantas de separación de líquidos de Yacuiba, planta úrea Bulo Bulo). No tienen mercados de largo plazo (úrea); son estatales, de manera que al no ser de capitales privados no tienen redes comerciales en otros países, y un largo etcétera que hace menos competitivo el producto de valor agregado boliviano productivo a partir del gas.
  • Entre 2006 y 2017 estatal petrolera boliviana, sus subsidiarias y las compañías privadas –las pocas– que le hacen trabajos de operación perforaron 50 pozos exploratorios, de los cuales 28 resultaron negativos (Agencia Nacional de Hidrocarburos). No olvidemos las condiciones geológicas de cada pozo y de las regiones en donde se hacen procesos exploratorios en el país. Resalto como epítome de este libro del populismo energético al proceso exploratorio denominado Lliquimuni (norte de La Paz) que se intentó una búsqueda de gas y líquidos con un gasto que sobrepasa los 150 millones de dólares. El ex ministro Carlos Miranda, un gurú boliviano del gas, tiene exquisitos datos del fracaso de Lliquimuni.
  • En cuanto a inversiones los números no son altos. Veamos: informes estatales indican que para 2017 la inversión en hidrocarburos alcanza a 2.410,8 millones de dólares, de los cuales 76,7% provendrá del Estado boliviano y apenas 23,3% de las empresas privadas. A modo de comparar: México con su reforma energética de 2014, en palabras del secretario de Energía Pedro Coldwell, en 2016 tuvo asegurados 28.000 millones de dólares y para julio 2017 habría pasado los 50.000 millones de dólares; eso es atraer inversión privada, lo demás es cuento populista. El populismo es enemigo del gas.
  • El populismo obcecado sigue pensando que la “espalda” financiera del Estado boliviano es muy grande y que somos el “ombligo del mundo”, ignoran el mercado, reglas del capitalismo petrolero y ni hablar de redes de trabajo y sinergias con el mundo moderno y los capitales especializados en la industria.
  • Las fases importantes de la cadena de valor de la industria del gas en Bolivia no se han desarrollado adecuadamente. En exploración, vimos que hay serias falencias de inversión; en producción, lo propio; refinación, transporte y comercialización tampoco merecieron la mejor atención.
  • Un apunte que siempre subrayo: recientemente la presidente del gremio de compañías petroleras bolivianas indicó que mientras que en el año 2004 (era no populista) se perforaron  63 pozos con fines exploratorios, entre  2006 y 2015 (era populista aliada a Chávez y Maduro) se llegaron a perforar apenas 58, lo que muestra que la actividad exploratoria estuvo en segundo plano en el país.

Tras este desahogo sentimental concluyo indicando el éxito del mercado, del comercio y del capitalismo petrolero en un ambiente de libertad: el caso argentino. No olvidemos el dato del Departamento de Energía de Estados Unidos, que determinó en 2013 que la formación patagónica Vaca Muerta podría contener la segunda reserva mundial técnicamente recuperable de shale gas y la cuarta de petróleo. El presidente Macri y su equipo entendieron que la industria del gas/petróleo solo se desarrolla en caldos de cultivo propios como la libertad y hoy el gobierno argentino está estimulando a la industria privada de gas/petróleo garantizando un valor estímulo (US$7,50/MMBtu), en el marco del Plan Gas, que estará vigente hasta el 31 de diciembre de 2019. Esto representa un incentivo para las empresas, que hasta hace poco percibían US$2,60/MMBtu.

Con una inversión anual de 10.000 millones de dólares en yacimientos no convencionales de gas, Neuquén –la rica provincia argentina del gas– estará en condiciones de solucionar el déficit energético que hoy tiene Argentina.

Creo que como en todo negocio la prosperidad es resultado del trabajo, menos Estado, menos presión populista y menos ideología porque finalmente la energía, el gas y el petróleo no deben estar sometidos a reglas de ideologías porque son llaves de desarrollo.