El día después

The Day After (El día después) fue una famosa película protagonizada por Jason Robards y John Lithgow presentada por la cadena ABC en 1983. Se refería a una guerra nuclear entre la OTAN y el Pacto de Varsovia. Pero de ese filme solo pretendo tomar prestado el título.

“El día después” que me viene a la mente se refiere a lo que habrá que hacer en Venezuela después de esta etapa de locura. Vale la pena volver atrás las páginas de la historia para entender lo que fuimos y con angustia comprender lo que se ha destruido en este irracional holocausto revolucionario.

Según Asdrúbal Baptista, el producto por habitante en Venezuela para 1920 era de apenas 170 dólares. Estábamos sumidos en la más absoluta miseria. La expectativa de vida de un venezolano al nacer era de 30 años. Más de 80% de la población era analfabeta y 50% vivía de lo que producía en sus conucos, del trueque o lo que cobraba en fichas en los latifundios. Las vías de comunicación eran el mar y los ríos. El valor total de las exportaciones venezolanas era de apenas 167 millones de bolívares.

Sobre aquella economía paupérrima se abalanza de la noche a la mañana un producto que vendría a cambiarlo todo: el petróleo.

Comienza entonces una aventura fascinante: Venezuela. Los venezolanos ya no recordamos que durante 60 años seguidos –entre 1920 y 1980– fuimos la economía del mundo que más creció. En un lapso asombrosamente corto fuimos capaces de lograr lo que otras naciones tardaron muchos siglos en alcanzar. Éramos la envidia del mundo, el país del futuro.

Para 1947, según cifras de la ONU (National and per Capital Income in Seventy Countries, Nueva York, 1947) Venezuela era el cuarto país del mundo con mayor renta media per cápita, solo superado por Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, pero muy por encima de Alemania, Italia, Japón, China, URSS y muchos otros.

El franco suizo y el bolívar venezolano eran las dos monedas más sólidas del planeta. La inflación era, a todos los efectos prácticos, inexistente. En un lapso increíblemente breve fuimos capaces de erradicar el paludismo, el mal de chagas, la anquilostomiasis, la tuberculosis, la difteria e infinidad de enfermedades endémicas y epidémicas. Llegamos a tener tasas de mortalidad similares a las naciones desarrolladas, pero con la tasa de natalidad de los países pobres, con lo cual la solución de los problemas sociales era una meta elusiva. Electrificamos el país y construimos la segunda mayor represa del planeta: Guri. Llenamos la geografía nacional de carreteras, autopistas, caminos vecinales, acueductos, cloacas, hospitales, puertos y aeropuertos y los servicios públicos se extendían. Por todas partes surgían escuelas públicas y privadas, así como también universidades. Para 1980 el analfabetismo en personas mayores de 25 años era del orden del 2%. El nivel de vida mejoró exponencialmente. El sistema financiero crecía a ritmo impresionante y nuevas industrias, apoyadas por créditos blandos del Estado, nos permitían avizorar que Venezuela podría incorporarse al privilegiado grupo de las naciones desarrolladas. Estábamos sembrando el petróleo.

Nuestros jóvenes, con una formación excelente lograda en nuestras universidades, viajaban con becas de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho a realizar estudios de posgrado en el exterior con el objetivo de regresar a volcar sus conocimientos en su propia patria, donde tenían un futuro promisorio.

En algún momento comenzamos a torcer el rumbo y después nos hundimos en el marasmo revolucionario. Cuando los errores que se cometen son percibidos con amargura pero a tiempo, las sociedades pueden retomar el camino del progreso. Muchos países sufrieron tragedias peores a la nuestra y lograron levantarse.

Recuperemos la fe en nuestro futuro. ¡Sí, sí podemos! Invito a los jóvenes a soñar nuevamente con Venezuela. Espero que hayamos aprendido la lección. Fueron años de locura y populismo que nos hicieron retroceder varias décadas. Ojalá que nunca, nunca volvamos a repetir los mismos errores.

En próximos artículos profundizaré sobre el cómo. Por ahora todo indica que esta tragedia destructiva está colapsando. El mundo entero, de manera casi unánime, nos apoya. Debemos prepararnos para la aventura vibrante de la reconstrucción. Invito a todos, en especial a los dirigentes políticos, a prepararse para “el día después”.