Del chavismo o el estado del arte de la mediocridad

“Los grandes espíritus siempre han encontrado una violenta oposición de parte de mentes mediocres”. Albert Einstein.

Es muy frecuente recibir, de parte del chavismo, insultos y denuestos de todo tipo. Disentir acarrea, en la Venezuela de las dos últimas décadas, riesgos diversos. Desde los anuncios del para la época candidato comandante Chávez de que “freiría las cabezas de adecos y copeyanos”, pasando por las amenazas y advertencias de sus espalderos devenidos dignatarios nacionales, algunos de los cuales se permiten, haciendo peculado de uso, utilizar las ondas e imágenes de los espacios estatales para promoverse y exhibirse convertidos en oráculos y sicofantes de la ideologizada clase política gobernante.

Pero lo que nadie osaría seriamente negar es la exuberante mediocridad que los caracteriza y acompaña en todas sus ejecutorias y promete ampliarse en el curso de su deletérea gestión. No me refiero a las regulares equivocaciones en que incurren el presidente o algunos de los ministros, sino a la concepción, programación, ejecución de las distintas políticas públicas, siempre dirigidas a desmejorarlas o demorarlas o envilecerlas perjudicando las prestaciones más necesarias en el corto y en el largo plazo.

Precisemos qué entendemos por mediocridad, de entrada. Apunta el vocablo a señalar la carencia, la insuficiencia, la mediana hacia inferior calidad de un sujeto o de una actuación del susodicho. Llámase, pues, mediocre a aquel que deja qué desear, quien no infunde confianza o desalienta por su falta de propiedad para atender una tarea. Al que no debiera estar porque no dará la talla.

Chávez, como militar, era además muy ignorante. Era y fue cínico, pero también astuto; empático era, y mucho. El drama consistió en no limitarse, en adorarse, ególatra, egocéntrico. Su falta de conocimientos y su compulsiva adicción a los aplausos y a la lisonja facilitó las cosas a trepadores, arribistas, estafadores, lisonjeros y adulantes de todas las nacionalidades y venidos de todas partes. Se lo vivieron a placer. La otra característica del difunto y la más peligrosa era su irresponsabilidad. El “millardito” aquel con el que se encaprichó se convirtió en el dispendio, la extravagancia, la frivolidad con la que manejó la hacienda pública y allí las sabandijas de propios y extraños se pegaron para sacarnos la sangre hasta dejar la república anémica. El ejemplo del Fonden, entre otros, confirma mis afirmaciones. De no haberlo dilapidado como lo hizo, Venezuela tendría cómodamente cómo salir de la coyuntura, pero la falta de escrúpulos y de formación de estadista no le permitió a Chávez o no le importó hacer lo debido. Para completar la faena, nos legó a Maduro y por muy poco no fue Diosdado. Ambos representan, eso sí, los mejores epígonos.

Pero lo peor no es ni el desfalco más cuantioso e inhumano que país alguno ha sufrido desde que se tienen cálculos y controles en el mundo, el que padeció y sufre aún esta agónica Venezuela, sino la deliberada, meticulosa, acuciosa y minuciosa intención de evitar al talento, apartarlo, desconocerlo, obviarlo. Guaicaipuro Lameda fue un caso que nos muestra cómo se alejó a quien no se confundía con la corte de los milagros que le hacía coro al presidente. Decenas, centenares de designaciones siguieron de los menos capaces, los reconocidos segundones traídos al estelarismo por encima de los que merecían ser distinguidos con el ascenso al poder en su área o en otra posible. El paracaidista no le dio chance sino “a los bates quebrados” de las milicias y demás uniformados, nombrando general a cualquiera y asignándoles faenas de extrema sencillez para que pagaran con lealtad las oportunidades brindadas de gobernar sin controles y sin responsabilidad. Nombrar a las personas que designó al frente de los despachos más importantes fue un crimen contra la nación, una traición, una violación de las elementales normas del saber, el conocimiento y la competencia intelectual. Por eso siguen allí en el TSJ o en el alto mando militar o en ese aquelarre del CNE quienes no respetan la Constitución y la ley.

Así se fue consumando el latrocinio. No obstante, se convidó al pueblo humilde para que se sumara al festín baltasariano de la corrupción con las misiones y, en especial, aquellas relacionadas con la educación repartiendo títulos, diplomas, pergaminos que nutrían vanidades a cambio de hundir en la disfunción al Estado y las políticas públicas. Luego, le cayeron encima al magisterio y cambiaron el pensum contra todas las recomendaciones y orientaciones universales, prescindiendo de matemáticas, física, química, biología, inglés y obligando a los profesores a pasar a los alumnos, dignos o no de serlo. La educación es en Venezuela causa de atraso y regresión hoy en día.

Las universidades siguieron, y los dedos del estrangulamiento presupuestario cayeron en su cuello apretando, asfixiando, además de otras acciones como aquellas que abaten la autonomía universitaria y la autonomía de cátedra, desfigurando a los gremios y empobreciéndolos brutalmente. El futuro del país está comprometido no solo por la fuga de cerebros que resulta de la emigración, sino por el desencajamiento de las universidades.

El chavismo es la mediocridad que asalta el poder, el salto venturoso de la insignificancia, la jugada que lleva a la octava línea al peón para que en el tablero concupiscente destaque, aun sabiendo todos que el Estado venezolano cruje y crepita en la hoguera de sus lamentos, fracasos, desastres.

Ningún país en el mundo, y no hay exageración ni hipérbole, ha sido y es sujeto de una debacle como la nuestra. El chavismo es el non plus ultra de la mediocridad.

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