Danza universitaria

La puesta en marcha del Instituto Universitario de Danza, hace veinte años, representa un momento de alta significación en la historia de esta disciplina escénica en Venezuela. Por primera vez en el medio nacional, el hecho danzario accedía a la educación superior, abriéndose posibilidades, hasta ese momento impensadas, en materia de formación académica, investigación, vinculación social y producción artística.

La profesionalización de la danza, en algunos casos ya alcanzada a través de la formación no formalizada, resultado de experiencias educativas exitosas, en otros apenas una débil aspiración, podía tener con la creación de los estudios universitarios un factor de solidez y expansión llamado a representar el ámbito más elevado para la concreción de aspiraciones y metas por mucho tiempo acariciadas, que se traducirían en riqueza científica y humanista para el arte de la danza y en dignidad y respeto para sus profesionales.

Tras el ideal trascendente de brindar una formación académica sólida y plural, en sintonía con los principios históricos, filosóficos, estéticos y éticos que sustentan a la danza como expresión individual y social, e identificada con los procesos de investigación que la orientan y la determinan, el Instituto Universitario de Danza apuntó, lejos de distorsiones y estereotipos tan generalizados, a la grandeza del arte del cuerpo y la de sus cultores.

La apertura de este centro de estudios superiores convocó del 10 al 12 de marzo de 1998 a un ciclo de conferencias magistrales, a cargo de tres personalidades que dieron plena cuenta del nivel de magisterio esperado. Sonia Sanoja, Thamara Hannot y Ocarina Castillo ofrecieron lo esclarecedor de sus ideas sobre la danza como complejo código contemporáneo, como riguroso lenguaje académico o como expresión genuina de lo tradicional popular, hoy registrado en una pequeña pero trascendente publicación.

Sanoja en su reflexión titulada Danza, vértigo consciente, se aproximó desde su esencialidad de bailarina, pero también como estudiosa del pensamiento filosófico, al movimiento y los elementos que lo constituyen, con énfasis en el espacio y el tiempo, además de indagar lúcidamente la dimensión del espectador –actante fundamental en el proceso de comunicación del arte– a quien prefirió llamar contemplador.

“Los cuerpos danzantes –destacó  la creadora– modifican el espacio y un tiempo inefable modifica estos cuerpos en los momentos de la danza. Es precisamente este carácter espacio-temporal tan particular lo que confiere a la danza sus consistencia vertiginosa, lo que envuelve al danzarín y al contemplador en un estado de vértigo”.

A su vez, Hannot, teórico de la danza y especialista en ciencias sociales, abordó la academia en El ballet clásico como lenguaje al señalar: “El lenguaje es un conjunto de signos y, también, algo mucho más total y complejo que el conjunto de esos signos  y de las reglas que norman y regulan su uso. En una consideración parcial y poco sustentada del ballet como lenguaje artístico y en una visión pobre y ya superada del lenguaje en general, este proceso de “observación” de un ballet sería leído como el coreógrafo que crea la obra, el bailarín que la interpreta, el crítico que la explica y el público que la disfruta o sufre”.

Finalmente, Ocarina Castillo, antropólogo, disertó con mirada conciliadora sobre La danza popular, un lenguaje antropológico integral. “La danza popular comparte con la danza en general tres características fundamentales. En primer lugar, ser una expresión simbólica. En segundo término, ser un lenguaje simbólico que se desarrolla a través del cuerpo. Y, por supuesto, su determinación social, es decir, toda danza es de alguna manera un producto que obedece a un conjunto de relaciones sociales y lo ha sido así desde las primeras relaciones danzarias y a lo largo de toda la historia. Creo que en la danza popular puede haber una herramienta fundamental para rescatar esa memoria, ese elemento de identidad, no hacia atrás, sino hacia adelante”.

Alguien aseveró cierta vez que un bailarín se gradúa en el escenario. Afirmación por demás correcta, pero incompleta. La escena es un momento, el de la verdad, aunque tenido como efímero. Antes y después de ella, la danza vive también otras realidades y otros procesos determinantes, susceptibles de ser estudiados en investigados científicamente.

A otra visión y a un renovado creador llamó el Instituto Universitario de Danza. A través de sus años de existencia, señaló un camino e insufló un espíritu.