Cuba y su pedacito de la seda

La relación bilateral entre Cuba y China es seguramente la más vieja del continente desde el punto de vista de lo formal. Cuba fue el primer país del continente en establecer relaciones con la República Popular China, y ello hizo que se generaran estrechos vínculos históricos y que el cubano se convirtiera en un mercado de alguna significación estratégica para los efectos de la presencia de China dentro del Caribe. No mucho más que eso.

El tamaño y la estructura de la economía de la isla no dan para que las relaciones comerciales sean significativas en volumen, y Cuba tiene muy poco qué ofrecer a China, como no sea transformarse en un aliado político desde el cual proyectar alguna influencia china en el resto del continente. Para Cuba la relación con China sí reviste importancia numérica. Es, de lejos, el primer proveedor de los bienes de consumo primario que se encuentran en el país. En el sentido inverso, China no compra casi nada de Cuba, simplemente porque Cuba no produce nada, y como enclave turístico tampoco tiene demasiado glamour que ofrecer a los ciudadanos del país asiático. El comercio bilateral asciende a poco más de 1.000 millones de dólares y China triplica a Cuba en sus ventas.

Desde hace dos décadas a esta parte, el útil contubernio de Cuba con la Venezuela chavista y ahora madurista ha traído como consecuencia que toda la atención de la isla se concentrara en desarrollar una preferida e interesada relación con el gobierno benefactor venezolano. En primer lugar, La Habana ejerce sobre el gobierno revolucionario una influencia determinante para la difusión de sus tesis izquierdizantes y totalitarias, y, en segundo lugar, consigue un conjunto abultado de prebendas económicas y de protección política sobre las cuales el gobierno cubano se asienta para su supervivencia y sostén.

Sin embargo, con algún sano nivel de sindéresis, los hermanos Castro no dejaron pasar la oportunidad de vincularse estrechamente con Estados Unidos durante el gobierno de Barack Obama y establecieron con el norte otro contubernio perverso que se asentaba sobre la promesa de un abandono lento del comunismo asfixiante de los últimos años. China nunca vio con simpatía tal acercamiento de Cuba con Washington en los años en que China se comenzaba a empeñar en ejercer su primacía mundial.

Una vez que quedó atrás el enamoramiento de La Habana con Washington en esta nueva era Trump, y una vez que el gobierno venezolano comenzó a hacer agua por todos lados, lo que imperativamente le restó apoyo económico a Cuba, los ojos de los líderes de la isla se han vuelto hacia China para hacerse notar, para reclamar su pedacito de la seda y aspirar a una posición en el cuantiosísimo programa de la franja y la ruta para la cooperación internacional.

Nada hace pensar en la coyuntura actual que la relación de Cuba con China se vaya a trasformar ni que la isla alcance a recibir una atención diferente de la periférica que hoy recibe de China. Lo que Xi intenta conseguir a través del macroproyecto ideado ya hace cuatro años y que va en franco progreso en muchas regiones del planeta es una ruta hacia el desarrollo global en la que China tenga una primacía determinante como primera potencia mundial.

Y la realidad es que China para nada necesita a Cuba en su dinámica de hoy.