Credibilidad: condición indispensable

Si algo ha caracterizado los últimos días en Venezuela ha sido un angustioso clima de confusión, de incertidumbre, casi hasta el ahogo. Sin haber sido superado este estado de peligroso ánimo social, lo que hoy, sin embargo, se agudiza es una preocupante condición de falta de confianza y de credibilidad. Esa es la razón del ahogo.

Los expertos en comunicación suelen hablar del valor positivo de la fama, de la buena imagen, del buen nombre, pero son conscientes también del peso negativo de sus contrarios: el descrédito, la falta de credibilidad y la desconfianza. Lo que hoy experimenta el país se traduce en desconfianza creciente. El plan de medidas económicas es un baño de agua fría para la población. Se trata no solo de un impacto económico de gran significación, sino que se percibe ya como un golpe profundo y prácticamente irrecuperable para la credibilidad y la confianza del país en quienes llevan sus riendas.

Si, para al menos un sector de la población, los personeros oficiales fueron alguna vez creíbles, ahora dejaron de serlo. Aunque se empeñen en disfrazar el discurso, suavizarlo o maquillarlo, la incoherencia del mismo es de tal magnitud que no hay manera de generar credibilidad. No es confiable, en efecto, la actitud de quien propone, anuncia o dicta una medida contra la cual se ha expresado permanente y radicalmente, como cuestión de principio. Frente a la nueva postura el venezolano se interroga: ¿en qué momento cambiaron?, ¿qué o quién les hizo cambiar?, ¿hasta qué punto es creíble la nueva actitud?, ¿cuán sincera puede ser?, ¿cuán acomodaticia, cuán falsa, cuán falaz?, ¿cambiaron de verdad en algo?

El prestigio, cuando se pierde, conduce al descrédito. Para ser sostenible, la fama no puede asentarse sino sobre la verdad, la experiencia positiva, los hechos, los resultados. Cuando estos faltan, cualquier promesa, cualquier intento de rectificación no luce sincero y las promesas se transforman, a los ojos de terceros, en vulgar mentira, engaño y trampa. Nada se sostiene sobre la confianza traicionada y es esta la triste realidad del país de hoy.

En los negocios y en la política, en el ejercicio del liderazgo, la confianza, la credibilidad y la palabra comprometida tienen valor superlativo. El buen nombre, para ser sostenible, tiene necesariamente que estar en relación con el auténtico valor de las cosas, de allí lo difícil de conseguirlo y lo más difícil aun de conservarlo. La credibilidad no es algo que se da sino que se merece. Algo que se construye con verdad y coherencia y que se destruye con la mentira, el engaño, la trampa, la actuación en la sombra. “Aun cuando digan la verdad, los mentirosos no son creídos” habría dicho Cicerón.

Necesaria siempre e indispensable, la credibilidad y la confianza deben estar en la base de las relaciones sociales. Ellas, junto con el conocimiento, son condiciones necesarias e imprescindibles para colocar al país en el rumbo de la modernidad. La política, la buena política, no se concibe sin ellas.

Queda la certeza de que nuestra sociedad tiene una reserva de líderes que propugnan un giro importante en la conducción de la patria, con un buen bagaje de credibilidad basada en ejecutorias valientes y eficientes en variados terrenos del acontecer nacional. Es con ellos con quienes debemos acometer la reconstrucción que tenemos enfrente.