Convenientes e inconvenientes adversarios

El régimen los tiene, y organizados. Comencemos por aceptar que el mayor partido es el oficialismo, que mantiene la fábula bien escrita de un gran movimiento, constituido por Hugo Chávez, forjado con sus manos y a marcha de vencedores atornillado al poder.

El mundo de hoy rechaza dictaduras, tiranías, autocracias, absolutismos, hegemonías, violaciones de los derechos humanos y términos similares. Lo que exige es mucha y profunda democracia. Según sus inventores griegos, democracia es “gobierno de muchos”, pretende oportunidades legales de mandar para todos y probabilidad real para pocos –aunque esa es otra discusión–, que al menos puedan vociferar lo que quieran a los más, sin que por eso sean agredidos o masacrados.

También es posible para un autócrata permitir, e incluso promover, opositores que hablen y se quejen constantemente siempre y cuando el tirano tenga el poder en las manos sin riesgo de perderlo.

Una minoría puede despreciar a la mayoría asegurando defenderla, pero la mayoría puede asfixiar, golpear e incluso dominar a esa minoría, máscara de democracia que oculta lo que no es.

Algunos exageran, como los sinvergüenzas hermanos Castro en Cuba, que fusilaron y encarcelaron como método habitual a quienes se les resistían y terminaron quedándose sin oposición, señal mal vista, y poco compartida. O como Morales en Bolivia, que tuvo el buen tino de hipnotizar bolivianos e inventarse grandes obras en nombre de la población, dejando tranquila la iniciativa privada que no se le oponía políticamente, generaba riqueza y Evo tenía el poder, hasta que cometió la bobería de no entender que una manera de lograr que los opuestos se quedaran tranquilos es dejarlos gobernar de vez en cuando para luego regresar, discursear simplezas, ofrecer demagogias populistas y sacarlos, eso que llaman alternancia. Otra estupidez inexcusable fue lo de construirse un museo en vida; no hay quechua ni aymará que entienda eso, ¿o sí?

Más despabilados los sandinistas, se presentan como héroes de la lucha por la libertad, hacen lo que les viene en gana y chapotean tranquilazos sobre el bienestar generado por la iniciativa privada a la cual no tocan ni con el pétalo de una rosa (excepto a la familia Chamorro, por querer gobernar; quizás Lorenzo Mendoza se esté viendo en ese espejo). Mientras haya empleo, comida, medicina y pequeñas diversiones los fines de semana, dejan las cosas en paz, incluso que el presidente nombre a su mujer vicepresidente –tal vez en casa la situación sea al revés, tampoco importa.

En Venezuela Chávez entendió y no solo permitió, sino que incentivó una oposición en su santo lugar, ni tan pequeña que nadie la encontrara, ni tan grande que lo angustiara; y especialmente, que pudiera creer que estaban a punto de sacarlo de Miraflores sin darse cuenta de que no podrían. Y para que no pudieran, se aseguró exaltando al sector militar y políticos relegados, elevando amigos de confianza, permitiendo se enriquecieran, otorgando dinero y negocios posibles a quienes le juraran y cumplieran lealtad obediente incondicional.

Por financiar todo es financiable, hasta cierta oposición partidista. Lo astuto de ser oposición conveniente, sabiendo hacerlo, es poner cara amarrada y protestona frente al todopoderoso gobierno, para conquistar entusiastas validadores, empresarios y gobiernos lejanos financiadores. Así se puede vivir bien, ejercer de intérpretes y héroes de la libertad para proyectarse en el tiempo, dejando claro que quienes se desmanden por caminos irreverentes y no disciplinados lo hacen por propia cuenta, consiguiendo algunos recursos para sostenerse, pero quedando a su suerte y tanto pueden ser titulares de los medios como huéspedes de cárceles y cementerios.

El legado más importante que Chávez le dejó a Maduro no fue el petróleo, que sigue siendo riqueza enterrada, sino militares controlados y oposición conveniente. El heredero aprendió, sea en Cuba, oyendo a Chávez, o por instinto, que debe hacerse parecer tonto y torpe para que el contrincante útil tenga comida política para alimentarse, mientras entre adjetivos y titulares sigue blindando lo que realmente cuenta, el poder.

Que venezolanos se escapen y huyan a otros países no es problema del obrero presidente, sino de las naciones receptoras, donde los exiliados son voces remotas que deben ganarse la vida compitiendo con locales. Los que se quedan porque no quieren o no pueden irse son contrariedad manejable entre promesas, proclamas y bolsas CLAP que no llegan siempre, pero se esperan.

Con lo que no contaron Chávez antes de ser enterrado ni Maduro antes de ser detestado fue con la caída de los ingresos petroleros, asunto manejable en una economía coherente, pero no en el gatuperio de la ignorancia oficialista, que puede saber de estrategia política pero no de económica, y ahí está el riesgo. Además, se les enredó el papagayo porque no todos los opositores son la misma oposición.

El madurismo está preparando decisiones equivocadas desde la perspectiva económica, pero relacionados en lo político con lo que interpretan y creen. Una constituyente dedicada a hacer los cambios constitucionales para transformar un Estado democrático en comunal tan desperdigado en las comunas que no habrá quien pueda reorganizar. A pesar, el régimen insiste en diario esfuerzo calladitos, sin alardes, mientras llenan los suelos de botellas vacías para que se entretengan.

Pero hay una oposición que no cree en botellas, es pequeña, pero creciendo con rapidez. Inteligente, ruidosa, coherente, auténtica, fortaleciéndose y progresando cada día, acumulando partidarios, mientras la conveniente se desploma sin legitimidad, sigue “defendiendo” al pueblo entre intereses, frascos y viajes. Después de todo, los griegos tuvieron sus Pericles, sus envenenados y sus juegos, pero terminaron siendo asentamiento –queridos y respetados, pero colonia– de los romanos cuya tiranía imperial algo tendría, pues duró un montón de siglos.

La de aquí no llegará a tanto, tiene legiones, pero no derecho romano.