Checoslovaquia: el principio del fin

El 20 de agosto se cumplieron 50 años de la invasión a Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia comandadas por la Unión Soviética. Se puso así fin a la ilusión de un movimiento pacífico y democrático, encabezado por el líder del Partido Comunista, Alexander Dubček, que se proponía avanzar hacia un socialismo con rostro humano.

El movimiento fue bautizado como la Primavera de Praga, no precisamente porque haya nacido en esa estación del año, más bien se inició en invierno, sino como significación del despertar de una población adormecida después de más de 20 años de un socialismo impuesto, que le obligó a girar en la órbita soviética como resultado del reparto del mundo que hicieron las potencias vencedoras al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

No era la primera vez que la URSS aplastaba un movimiento que se atreviera a disentir de su perspectiva, frescas estaban aún las heridas de la invasión a Hungría en 1956. Tampoco la incondicionalidad de los aliados era requerimiento exclusivo de la potencia socialista, muchas fueron las invasiones y las imposiciones de regímenes dictatoriales por los Estados Unidos, sustentados en la Doctrina Monroe y en el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca después de 1948.

Pero volviendo a Checoslovaquia, Moscú no salió ileso del aplastamiento del movimiento checo. La revelación del grado de totalitarismo del régimen soviético recogido en las fotografías de ciudadanos desarmados, de pie frente a columnas de soldados armados hasta los dientes que rogaban “¡Iván, vuelve a casa!”, produjeron escisiones dentro del propio campo comunista. Las tropas de Rumania no se unieron a las del Pacto de Varsovia debido al desacuerdo del Partido Comunista rumano con la invasión. Los partidos comunistas europeos, especialmente el italiano, el español y el francés, fundaron la corriente eurocomunista, que marcó distancia con el socialismo real liderado por Moscú. La frustración se fue acumulando en el seno de los países de la llamada “cortina de hierro”. Sin duda la primavera renació, definitivamente, en 1989, con la caída del muro de Berlín y con la Perestroika, como el mismo Dubček afirmara.

Pero no fue solo en Europa, en Venezuela específicamente ya venía gestándose una corriente crítica al socialismo soviético, especialmente en las filas de la Juventud Comunista, organización que a diferencia de lo que ocurría en la mayoría de los países, aquí ocupaba un lugar muy importante en las filas partidistas.

En el Festival Mundial de la Juventud, evento en el que coincidieron jóvenes comunistas del mundo entero, que se realizó en 1968 en Sofía, el tema de Checoslovaquia fue protagonista de los distintos foros formales e informales. En ellos, los representantes de la Juventud Comunista venezolana fueron muy activos defensores de la línea de Dubček y el derecho a la autonomía checa. Finalizado el festival, el regreso se hizo por Praga y tuvimos el privilegio de vivir una verdadera primavera: las calles estaban desbordadas de gente discutiendo. El ambiente de libertad era contagioso, se tornaba festivo. Dos días después de salir de la ciudad, lloramos la noticia de la fatal invasión.

En 1969 Teodoro Petkoff publicó Checoslovaquia, el socialismo como problema, en el cual expresó su posición crítica hacia el socialismo real. La grieta existente dentro del Partido Comunista venezolano desembocó en el surgimiento el Movimiento al Socialismo en 1971 hacia el cual migraron parte importante de la dirigencia del Partido Comunista y la casi totalidad de su juventud.

El surgimiento y los primeros años del MAS constituyeron una primavera en el mundo político venezolano. Fue un partido progresista, democrático, esperanzador, ejemplo para otras latitudes, y nada tiene que ver con el despojo que es hoy, triste tema para otro escrito.