En el centenario del asalto al Palacio de Invierno

“Son las consecuencias del trágico aniversario que hoy se conmemora: el arribo del socialismo, el peor asalto de la barbarie nacida del seno de nuestra milenaria civilización. Una grave enfermedad para la que, al parecer, aún no se encuentran las debidas defensas orgánicas”

Se cumplen cien años de la Revolución de Octubre. De la que después de todo lo que se ha dicho y escrito a lo largo de este siglo solo cabe decir que más allá de los hechos –los horrores y espantos totalitarios, las revoluciones, guerras mundiales, insurrecciones, cuartelazos y motines que provocara– transformó al mundo y continúa decidiendo de sus destinos. Puso en acción una verdad axiomática convertida en única alternativa vigente un siglo después de ocurrida: el mundo sigue debatiéndose, más allá de las certidumbres, entre capitalismo o socialismo. O, lo que en rigor viene a decir lo mismo, aunque en clave política: optando entre la democracia o la dictadura. Entre la libertad o el totalitarismo. Entre la prosperidad o la miseria.

Que a pesar de que tal verdad axiomática haya sido confirmada fehacientemente por los hechos el socialismo continúe ejerciendo un poderoso influjo sobre la conciencia de los hombres viene a reafirmar otra verdad axiomática, que la sustenta a un nivel más profundo de la conciencia: la ideología pesa e influye poderosamente más a la hora de decidir nuestros actos políticos que la verdad y las certidumbres científicas. Los hombres continúan encerrados en la caverna platónica; usan la verdad científica para intentar el control de la naturaleza, para desvirtuarla y negarla en los hechos ante su segunda naturaleza, la social. Avanza un paso científicamente y retrocede dos pasos ideológicamente. Sin que tal epiléptico y universalizado comportamiento parezca producirle el menor problema. La tercera verdad axiomática consiste precisamente en dicha constatación: el hombre, tras millones de años de haber comenzado a emanciparse de sus determinaciones zoológicas y  más de diez mil años de sofisticado desarrollo civilizatorio, continúa prisionero de su esquizofrenia ancestral. Actúa consciente y voluntariamente en contra de sus más evidentes constataciones. La locura, no la racionalidad, parece dominar el comportamiento de los hombres.

El que en lugar del directo asalto al poder como método de acción revolucionaria, las fuerzas promotoras de la esquizofrenia política recurran al subterfugio de poner el pie en la puerta de la apertura institucional para infiltrarse e invadir el establecimiento, no cambia la esencia de las cosas. Contra toda evidencia, los porteros de la democracia suelen mirar de soslayo cuando a la menor apertura, los invasores que golpean a la puerta para invadir los espacios democráticos y vaciarlos de todo contenido ponen su bota en el dintel.  Una complicidad genética, ancestral, conduce a una debilidad congénita: la democracia solo lo es en propiedad cuando permite e incluso coquetea con sus asaltantes. ¿Por qué, a cien años del asalto al poder por los bolcheviques, y las pruebas incontestables de que el socialismo conduce al fracaso y a la miseria, incluso a la devastación de los pueblos, todavía existan partidos y movimientos políticos y sociales que insisten y pugnen por imponerlo, hasta mediando la fuerza de las armas? ¿Por qué no han encontrado las democracias, ni siquiera han intento hacerlo, mecanismos institucionales capaces de refrenar los ímpetus automutiladores, castradores y suicidas de importantes sectores de sus élites?

El argumento de que tales impulsos conscientes o inconscientes –instintos a todas luces de naturaleza tanática– se deban a problemas concretos, como la pobreza que arrastran las sociedades capitalistas, es real aunque insuficiente: crecen en sociedades que han alcanzado un notable nivel de desarrollo económico y social, como la española, las fuerzas disolventes del socialismo extremo bajo formas perfectamente travestidas de democracia social. Son las que se encuentran tras del asalto del independentismo catalán y se cobijan en el partido Podemos y las izquierdas marxistas. A pocos días de unas primarias presidenciales chilenas, casi 50% de las fuerzas en pugna representan al fracasado proyecto de la Unidad Popular que pretendiera, hace 44 años, imponer un régimen socialista en Chile que derivó en la peor tragedia vivida por la sociedad chilena en sus ciento cincuenta años de existencia. Lo hacen perfectamente conscientes del inmenso progreso social y económico que representara la suma de los cambios estructurales inducidos por la dictadura militar y su perfeccionamiento y desarrollo por las fuerzas combinadas de la Concertación y la derecha chilenas. Cambios que no fueran producto del capricho, sino de exigencias históricas inexorables. Y peor aún: encuentran el respaldo de viejas y jóvenes generaciones inmunes a la conciencia de su propio pasado y las fuerzas dominantes en el contexto de la globalización.

El poder arrollador de las ideologías –en el propio sentido marxista de falsa conciencia– alcanzó su máximo despliegue ante la ceguera política de las élites venezolanas. No fue la pobreza ni fueron las clases populares venezolanas las responsables de la crisis del sistema político venezolano: fue la veleidad, el capricho y la soberbia de las clases medias, en su momento las mejor situadas y mantenidas artificialmente en un status absolutamente ajeno al contexto regional. No fueron sectores políticos marginales los que propiciaron el ascenso al poder del castrocomunismo: fueron los propios partidos políticos el sistema, que aún hoy respaldan directa o indirectamente a la dictadura de Nicolás Maduro, como Acción Democrática. Y aquellas en que deviniera Copei, como Primero Justicia. No fueron guerrilleros marxistas: fueron oficiales de las propias fuerzas armadas los encargados de quebrarle el espinazo al Estado de Derecho, asaltar el poder y servir de fuerzas mercenarias al servicio del castrocomunismo cubano.

Son las consecuencias del trágico aniversario que hoy se conmemora: el arribo del socialismo, el peor asalto de la barbarie nacida del seno de nuestra milenaria civilización. Una grave enfermedad para la que, al parecer, aún no se encuentran las debidas defensas orgánicas.