Cambio sin control

El 17 de octubre de 2004 un incendio destruyó un tercio de la Torre Oeste de Parque Central. El ex guerrillero Juan Vicente Cabezas, entonces presidente del Centro Simón Bolívar, el organismo que construyó el complejo urbanístico y lo administraba, declaró mientras las llamas destruían el edificio que no había nada que temer, que si la torre se caía el gobierno construiría otra. Catorce años después sigue inhabitado y se han gastado millones de dólares en su “reparación”.

Cabezas es famoso en Google porque en 1962, siendo el jefe del destacamento guerrillero de El Charal ─con el remoquete de Comandante Pablo─, le envió un telegrama al comandante de la Tercera División del Ejército, acantonada en la ciudad de Barquisimeto, en la que declaraba una “tregua” unilateral, pero sin detener sus actividades de abigeato. En su texto “Pablo” le decía al militar que había tomado las armas en defensa de la libertad y de la Constitución, para combatir la corrupción, torturas y asesinatos, además de la traición del grupo que gobernaba comandados por Rómulo Betancourt y la Digepol.

Después del incendio y antes de su desaparición pública, Cabezas asumió la presidencia de Ferrocasa, en Guayana, donde dejó un monumental escándalo de corrupción y malos manejos. Su historia viene al caso porque coincide con una manera de pensar muy arraigada en el pensamiento de la izquierda encadenada al mercantilismo y a las recetas de la desaparecida Academia de Ciencias de la URSS. Suponen que todo tiene repuesto, que todo puede ser reinventado, rehecho y reparado por “los poderes creadores del pueblo”.

En 1960, cuando el PCV y el MIR comenzaban la lucha armada en Venezuela con financiamiento de Cuba y la dirección de Fidel Castro, para imponer un régimen similar al soviético, en la URSS se iniciaba un proceso que desviaba  90% del caudal de los ríos Amu Daria y Sir Daria que desembocaban en el mar de Aral, uno de los cuatro lagos más grandes del mundo y que convirtieron en un inmenso desierto. Su atractivo son los barcos oxidados “navegando” en la arena.

En 1960 también comenzó en Venezuela la explotación maderera, que se concentró en las reservas forestales del centro y occidente del país, por la disponibilidad de infraestructura vial, energía eléctrica, mano de obra y cercanía a puertos y mercados. Los bosques de Caparo, Ticoporo, San Camilo, Río Tocuyo y Turén, entre otros, no fueron manejados para la producción sustentable de madera industrial, como lo establecía la legislación. La incapacidad del Estado para ordenar la actividad maderera, junto con la corrupción, la codicia y la irresponsabilidad de los ingenieros forestales ─ninguno levantó la voz─ permitieron que estos bosques fueran sistemáticamente saqueados, destruidos.

Hoy no queda ni una de las empresas que durante 40 años se enriquecieron y dejaron bosques destruidos, ríos desaparecidos, aguas contaminadas y patrimonio genético irrecuperable. La reserva forestal de Turén fue devastada hace más de 20 años y hoy quedan fincas agrícolas y ganaderas venidas a menos o expropiadas. En la reserva forestal de San Camilo han acabado con más de 400.000 hectáreas de bosques naturales, cerca de 94% de su superficie original. Igual ocurre con Ticoporo, Caparo, Río Tocuyo y Guarapiche, así como con los lotes boscosos localizados al norte del Orinoco. Los remanentes se encuentran severamente fraccionados e intervenidos, con escasas posibilidades de sobrevivencia. Ni los bosques ni sus habitantes tienen posibilidades de resucitar, mucho menos cuando su destrucción va acompañada de la minería y el socialismo del siglo XXI.

Ahora, a falta de ideas y de dinero, pero sin cejar están dispuestos a acabar con los bosques que quedan al sur del Orinoco y en Delta Amacuro. Buscan diamantes, oro, coltán, manganeso y uranio; no les importa quedarse sin agua y sin electricidad. Claro, mientras no les dé sed y crean que tienen petróleo para otra botellita más de Evian o Perrier.  Alquilo ventilador sin aspas y con el cono sin estrenar.