Caída en picada

La cuarta temporada de Black Mirror ha sido la más vapuleada de la historia, obteniendo una cucharada de su propia medicina, en un formato expandido en red que solo amplifica sus contradicciones.

Los fanáticos extrañan el rigor de entregas pasadas, cuestionan el armado de los capítulos, se quejan de la irregularidad narrativa y conceptual de los nuevos episodios, algunos estirados innecesariamente, como Metalhead, un ejercicio de estilo que quiere ser un homenaje al primer Spielberg, el del terror de criaturas sobrenaturales, pero que se siente como un corto pretencioso en blanco y negro que luce mal rendeado.

La esencia de la serie se mantiene, al costo de diluirse entre un anecdotario lacrimógeno y victimista, que enuncia problemas de estructura y escritura.

Funciona el visionado completo para comprobar que la mayoría de las series de hoy se llenan con aire y humo predecible, para albergar apenas un puñado de ideas realmente originales y desafiantes.

Irónicamente, la Black Mirror de 2017 pudo haber sido tramada y concebida por un programa cibernético, que se destina al mercado de la contracultura, fabricando churros que sirven de opio para una audiencia tecnofóbica y de pensamiento binario, pues los mensajes son condenas simplonas al poder del desarrollo digital, como respuesta conservadora ante el avance de una agenda mundial, precisamente reaccionaria y distópica.

Así que Black Mirror nos acerca a un futuro no de liberación mental, sino de control, viendo un loop tramado que favorece la explotación del populismo redentor que plantea una cierta oferta indie de Netflix. A lo mejor se trata de un caballo de Troya del proceso de desactivación política que se le achaca al movimiento hipster.

Me ha llamado la atención la deriva melodramática que ha tomado la serie, al terminar decantándose por una estética de la explotación de los principios sentimentales de una telenovela futurista de andar por casa. Desde ahí, los cuentos fantásticos se gestan con una factura homologable y ortopédica que impide que el sello de los autores invitados salga a colación, por ejemplo, que lo que dice Jodie Foster tenga sentido autoral.

En realidad, los temas son expresión del egocentrismo masculino de Charlie Brooker, que gusta encontrarse y descubrirse en diversas ramificaciones de su voluntad de dominio, a través de tramas de mujeres acosadas o de hombres tiranos, todos manipulados por los hilos del demiurgo de la serie.

John Carpernter hizo un cine de serie b muy parecido en los años setenta y ochenta, en el que representa la alergia de los independientes frente al ascenso de los republicanos.

La cuarta temporada de Black Mirror es hija del milenio que avizora la implantación de El mundo feliz en modo 1984, por medio de la coronación demagógica y global de los despotismos del siglo XXI: Trump, Putin, el Estado Islámico y sus perros guardianes de la periferia (incluyendo a Maduro, claro está).

Aparte, las redes sociales, el enjambre y la dark net son fuente de inspiración para las teorías conspirativas que explota la paranoia de la mente maestra detrás del fenómeno audiovisual aludido.

En consecuencia, la satisfacción de la demanda ha convertido en lugar común las virtudes de la serie, repitiendo con torpeza robótica las angustias de un público que es sometido a los castigos morales de los planos e ingenuos personajes de la producción.

Nótese que se habla siempre de lo mismo en los últimos años (la lobotomización de la memoria y la búsqueda de una libertad a la carta).

El oportunismo llevó a que la mujer fuese la protagonista de la ciencia ficción, al tiempo que se la transforma en estereotipo de la mártir, de la victimaria, de la madre castradora, de la cazadora y de la furiosa que supuestamente nos va a sacar de la caja negra, gracias al despertar de su conciencia. Todo un cocktail de ideas manidas de la estética lefty, del maniqueísmo posmarxista, algo que encantará a Slavoj Zizek y sus promotores de la izquierda caviar.

En descargo de Black Mirror, la cuarta temporada envuelve metáforas y símbolos menos elementales que aportan una necesaria dosis de insurrección y resistencia en el núcleo de un sistema de opresión. Es lo que rescatamos de Black Mirror para combatir a la dictadura de los propagandistas del chavismo en 2018.