Caducidades de la vida moderna

En estos tiempos parece ser que nada permanece para siempre. Uno lo ve claro mirando hacia atrás. Solo tiene que coger un cuaderno y un bolígrafo para hacer el listado de cosas desaparecidas. El mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa. Yo he anotado unas cosas en esa lista. He perdido la máquina de escribir y los rollos de tinta, he perdido también la cámara de fotos y la posibilidad de creerme artista, abriendo y cerrando el diafragma (del dispositivo), manejando la velocidad del disparo o el enfoque del objetivo. Ahora, he dejado la cámara en casa y solo hago fotografías con mi smartphone. ¿Quién iba a decirnos que haríamos fotos a los platos de comida? ¿Quién podía adivinar que contaríamos nuestra vida en imágenes a través de mensajes en las redes sociales? Bueno, según escribo estas líneas me doy cuenta de que no todo es malo. Por ejemplo, las redes sociales y los blogs resultan interesantes.

Sin embargo, el correo electrónico ha usurpado el espacio que antes ocupaban las cartas de papel envueltas en sobres con sello. Con esto hemos renunciado a la capacidad de la espera y la paciencia. Y eso es malo. Se dice que la prensa en papel tiene los días contados, y rezo para que no sea verdad. Hay también una tendencia creciente en la sociedad del siglo XXI a leer libros electrónicos (un aparato electrónico más y otro cargador en el equipaje) que ningunea al libro de papel.

La sociedad está cambiando. Ya no nos miramos en la calle, no levantamos los ojos de la pantalla del “nuevo reloj” que nos ha vuelto esclavos. Todos tenemos prisa. Cualquier extranjero o alienígena recién llegado a este mundo no entendería qué le pasa a la gente, qué le hace tener tanta prisa.

Hace unos pocos años cuando uno compraba un libro o un cuaderno, sabía que le pertenecía. Podía guardarlo toda la vida y abrirlo en diez años. Hoy no se vive así. Todo caduca, todo fluye. Nada es ya para siempre. Cualquier programa informático debe ser renovado y actualizado o deja de funcionar. Este mundo virtual paralelo nos deja huérfanos de muchas cosas. Casi perdemos el papel, la artesanía, los recuerdos. Estamos a punto de perder la calma.