Buscamos líderes, no candidatos

Diógenes de Sinope buscaba hombres. Caminaba con una lámpara encendida a plena luz del día, en búsqueda de la honestidad, la virtud, alguien que sirviese a la verdad.

Si ello estuviese planteado en Venezuela, la búsqueda igual o preferente es la de las ideas, para despejar el cáncer de sus élites partidarias, ajenas a la reinvención de una democracia profunda, afectas a la democracia procedimental; empeñadas en sostener al país bajo una ficción que se hace frustraciones y promete mutar en violencia.

Por momentos creo que, por atadas a un decálogo inercial obra de una experiencia democrática que dejó de ser tal, mal se percatan estas que hablan en lenguas muertas, con arcaísmos, en un tiempo dominado por la disolución de lo colectivo, anegado de códigos digitales, mientras ellas y las mayorías hambrientas son presas del mito de la caverna. Pero reinciden las primeras, lo que es peor. Giran alrededor de sí mismas, disociadas de la realidad. Acaso caminan con sus lámparas en medio de la nada, como adanes errabundos.

El problema crucial que acusa Venezuela y que la mal llamada revolución bolivariana desnuda –no lo crea, lo hace visual– es la incapacidad de los actuales políticos, con sus excepciones, para sobreponerse al impresionismo; que es la tara colectiva descrita como virtud de lo nuestro –la “cultura” de presente– por Ernesto Mayz Vallenilla.

El caso es, que todos a uno, partícipes ahora de una sociedad anómica y sin textura, bajo crisis humanitaria e institucional agudas y en donde el sentido de la “polis”se ha destruido –de suyo miramos lo circunstancial, aún más como si fuese lo vital. Y el desafío de lo cotidiano –como las venideras elecciones municipales del 9 de diciembre próximo– se hace médula del debate, de lo pendiente de resolver en la política para apenas sobrevivir.

Acerca de la vida impresionista discurre de modo magistral Ortega y Gasset. Precisa que está condenada a lo discontinuo, a lo espasmódico. Ofrece, en lo momentáneo, grandes figuras u obras que destellan, pero aisladas. No por azar el impresionismo toma al mundo de la nada, como si fuese a comenzar de nuevo, cada día, con perfil adánico; incapaz de proseguir el quehacer de una obra en el punto en que la hayan dejado los antecesores.

En consecuencia, solo cuando se hace un alto y se piensa, y se valora el entorno, se le mira retrospectivamente y en su progresión, lo ponemos bajo nuestro poder. Y sobre ese primer dominio es que somos capaces de avanzar hacia otros territorios morales, afincándonos en las raíces previas. Y la razón no huelga, como lo explica Ortega, pues “si nada es seguro bajo nuestras plantas, fracasarán todas las conquistas superiores”.

Miró atrás y veo ejemplos suficientes, momentos en los que en Venezuela se dan los amagos de una verdadera cultura política, para abrir caminos, pues sus actores se resisten a verse como genios u hombres providenciales que hacen a la historia para salvarla del caos y salvarse a sí mismos, antes que a sus víctimas.

A nuestros padres fundadores –los de 1810 y 1811– les preocupa, antes que el encono contra Fernando VII, beber en las fuentes primitivas de la Hispania, aderezadas con las enseñanzas de la Ilustración. Les importa forjar un modelo de libertades que dignifique a sus compatriotas, los emancipe como hombres. Y esa savia civilista deja brasas que reavivan en 1830, en 1947, y luego en 1959 cuando se afirma la república civil y democrática de partidos.

A la generación estudiantil de 1928 le rasga sus hígados la autocracia gomecista, pero su respuesta es despersonalizada. Diseña una propuesta que opone a la del gendarme necesario, vigente durante los dos siglos de nuestra vida independiente. Apuesta por el voto universal, directo y secreto, como idea fuerza transversal que desborda nombres, a partir de 1945.

Y así como Rómulo Betancourt ejerce su liderazgo al respecto –al fundarse la OEA pide un cordón sanitario para atajar la desviación de las espadas y acotar lo bronco que nos viene en los genes– Rafael Caldera le aporta al modelo la idea de la justicia social, reivindicando el valor del trabajo. Rómulo hace dibujos sobre el porvenir de la industria petrolera, mientras Caldera enfatiza en el aporte del capital humano para la construcción de nuestra modernidad.

A partir de 1999, cuando la realidad global hace líquidas las fronteras de los Estados –ensoberbece, incluso, al crimen transnacional y rompe muros que hacen deslave en los odios– y el monopolio del poder se fractura, pasando de manos de estos, de los partidos y sus líderes hacia la dispersa sociedad civil, en una aparente explosión del desorden que expresa reclamo por la calidad de la democracia, entre tanto el impresionismo político, la visión plana de la realidad mal ofrece respuestas firmes. El tráfico de las ilusiones, a su vez, resta los momentos de seguridad susceptibles de reconducir la espontaneidad vital de la gente para que dé sus buenos frutos.

Urgimos, pues, como diría Platón, de líderes que no miren con los ojos, sino a través o por medio de los ojos, desde el rincón de la conciencia. Es lo vital.

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