Baudelaire, el poeta del mal. Las flores del mal

Nunca sabré con certeza cuántas veces he leído este “catecismo” indispensable de poesía maldita escrito por el poeta del ajenjo y del opio, Charles Baudelaire, en París, a mediados del siglo XIX (1857, a juzgar por la confesión del propio poeta). He extraviado muchas preciosas ediciones a lo largo de mi vida de lector trashumante y, finalmente, la edición que conservo es una humildísima edición de La Oveja Negra que data de 1984, cuya magistral traducción al castellano estuvo a cargo de Antonio Martínez Carrión.

Como es harto conocido por el lector, este compendio de “flores enfermizas” lo dedicó Baudelaire a su maestro y amigo Theófile Gautier. El prólogo a Les fleurs du mal está escrito por el propio Baudelaire y lleva el elocuente y desafiante título: “Al lector”, en el cual se hace una honda requisitoria a las bajezas morales que minan las bases espirituales de la condición humana a través de su fachendoso tránsito por las diversas edades de la historia.

Este libro puede leerse perfectamente como un “tratado moral” en el más exacto sentido que los moralistas dieciochescos franceses le asignaban a la expresión. El poeta alza su estro lírico contra la mezquindad, la culpa, la estulticia, el error y demás taras éticas de un mundo, paradójicamente, en plena expansión capitalista. Véase, grosso modo, el ambiente literario y artístico de la Francia de finales del siglo XVIII y todo el siglo XIX. Es aquí, en los pródromos a Las flores del mal donde consigna Baudelaire su universalmente conocida frase traducida a todas las lenguas del orbe: “Lector, tú bien conoces al delicado monstruo, -¡Hipócrita lector -mi prójimo-, mi hermano!”.

La estructura arquitectónica del libro, su composición formal está organizada así: una primera parte titulada por el bardo maldito “Espleen e ideal” que consta de unos cien poemas de regular extensión y en los cuales el poeta habla, como nunca nadie lo había hecho hasta el momento, sobre la belleza, el orgullo, el remordimiento, lo irreparable, la música, la tristeza, la obsesión, el dolor, el hastío y el tedio como materia poética de creación verbal. Es en este apartado que se encuentra el tantas veces citado poema “El heautontimoroumenos” donde el poeta es “la herida y el puñal”. A E. M. Cioran le fascinaba citar este insustituible verso del poema baudelaireano: en muchos libros del filósofo de los montes Cárpatos siempre recuerdo haber leído una mención al heautontimoroumenos.

Una segunda parte denominada “Cuadros parisienses” y le siguen textos memorables que su sola mención ya lo dicen todo, o casi todo. “El vino”, “Las flores del mal”, “Rebelión”, “La muerte”, “Bribes”, “Tres poemas de ‘Los despojos”. En la sección sobre La Muerte, los editores incluyen notas escritas por el poeta que él mismo quiso denominar “Epígrafes”, “Prefacios” y “Epílogo” a ediciones que nunca vieron luz en el tiempo pautado por los editores gracias a circunstancias y adversidades que las mismas Fleurs du mal se granjeó con su primera aparición ante el público lector.

En líneas generales, el espíritu poético de Baudelaire era un espíritu presa de un alma insumisa, irreverente ante los poderes constituidos de la época. Una sensibilidad iconoclasta no podía sino anidar en una mente profundamente anticlerical. Qué podía pensar un ciudadano francés al leer algo como esto:

“Oh tú, el Ángel más bello y asimismo el más sabio

Dios privado de suerte y ayuno de alabanzas,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!”.

Solo un poeta enemistado con la lógica que sustenta los tejidos discursivos del mundo moral y religioso de su época agitada e inquieta podía blasfemar hasta el hartazgo al punto de solidarizarse con Arimán; ese que guía los hilos que nos mueven, en palabras del poeta: o Luzbel, el que lleva la luz de las ansiadas tinieblas. Obviamente, el poema en Baudelaire es un eco de su hastío esencial ante todo lo que respira. Si tuviéramos que apurar algún adjetivo no dudaríamos en calificar la poética de este atribulado genio de las letras francesas como una poesía de la vacuidad y el horror. ¿Los iguales de Baudelaire? A no dudarlo: Rubens, “río de olvido”. Leonardo da Vinci, “profundísimo espejo”; Rembrandt, “triste hospital poblado de murmullos”; Miguel Ángel, “espacio donde se ve a los Hércules”; Watteau, “carnaval de mariposas que vagan resplandecientes”; Goya, “atroz pesadilla de cosas irreales”; Delacroix, “rojo lago lleno de ángeles pérfidos”; en fin, la blasfemia y la imprecación van tomadas de la mano en el poema de Baudelaire. El grito y el éxtasis paroxístico de mil maldiciones… “son un eco devuelto por laberintos mil”. El taedium vitae de los antiguos latinos transmutase en fuerza incontenible de creación de inaudita belleza lírica en un poeta que rompe todos los esquemas mentales de idealización subjetiva de cuanto referente artístico era conocido en su vertiginosa época. Baudelaire funda un esprit du temps con estas flores intemporales. El poeta santificó al poeta porque solo el poeta comprende al poeta. En el poema titulado “Bendición” dice:

“Yo sé que reserváis un sitio a los poetas

En las gozosas filas de las legiones santas

Y que les invitáis a las eternas fiestas

de tronos, de virtudes y de dominaciones”.