Baltazar Porras

Hace dos semanas, Mérida se vistió con sus mejoras galas para celebrar los 50 años como sacerdote, los 25 como arzobispo y el reciente nombramiento cardenalicio de Baltazar Porras.

Un verdadero jubileo con sabor a pueblo, con un cardenal que se viste con el traje ritual de la cofradía de san Benito para compartir sus tradiciones; que muestra orgulloso publicaciones que realzan nuestros valores; y que, en un país sin memoria, nos revela sus crónicas; nos recuerda a hombres ilustres, como Miguel Antonio Salas, que ha iniciado su camino a los altares; y le abre paso a un nuevo pastor, joven promesa del episcopado, Luis Enrique Rojas; todo en un ambiente de austeridad, de alegría, de renovación eclesial y de símbolo de la Venezuela que queremos, tierra atribulada, pero no carente de ejemplos que nos devuelven la fe y esperanza en un país de todos.

Sin ostentación alguna, confundido entre los participantes; sin formalidades de “príncipes de la Iglesia”, hoy, como lo predica Francisco, pastores al servicio de la comunidad; sin discursos grandilocuentes, pero enseñando con su ejemplo, con su sencillez y con sus vivencias, Baltazar Porras, nos da a todos, en este momento, una lección de dignidad, de coraje y de auténtico sentir venezolano.

En el “Palacio Arzobispal” o el “Salón del Trono” se hace una realidad que el soberano es el pueblo, porque, sin aspavientos, en su hermosa Catedral, en el Museo Arquidiocesano y en el Seminario, el aire que se respira es el de renovación, de solidaridad con los que sufren, de anclaje en el pasado para avanzar hacia el futuro, de apego a nuestras tradiciones y de sincera cercanía con la comunidad, en una ciudad universitaria, ambiente propicio para el debate de ideas y no para la confrontación violenta que también ha llegado a Mérida.

Baltazar Porras es ahora cardenal, pero, como él se encarga de remarcarlo, es, en primer lugar, un ciudadano, cura de almas y un venezolano que ha dejado claro su compromiso con los principios y valores cristianos de una sociedad libre, democrática y plural.

Mérida se siente orgullosa de su arzobispo y por eso se ha unido a esta celebración con espíritu amplio y la conciencia plena de la necesidad de resaltar nuestros principios y la fidelidad a nuestra fe católica, de profundo arraigo popular.

El jubileo arzobispal, además de convocar a los actos religiosos y a las celebraciones litúrgicas, se ha caracterizado por la presentación de obras y trabajos históricos y de rescate de nuestras tradiciones culturales que nos hacen volver a las raíces y a la fe sencilla del pueblo.

El arzobispo, cardenal, cronista de Mérida y, por encima de todo, guía en la fe, se ha convertido en un merideño más, comprometido con la comunidad y –algo muy importante– consciente de que es necesario apoyar a la generación que tendrá a su cargo el relevo generacional, en un país en el que todo el que ostenta alguna cuota de poder pareciera que no tiene disposición alguna para ceder el puesto a otros.

Desde las montañas merideñas, Baltazar Porras, en sus 50 años de sacerdocio, nos envía un mensaje de fe, de esperanza, de verdadera, auténtica y sentida solidaridad con el pueblo y sus necesidades, en momentos en los cuales se impone el compromiso real y efectivo de una Iglesia que, con sus pastores, señala el camino con ejemplos concretos de vida cristiana y cumplimiento fiel de su misión evangelizadora.

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