Ante la dictadura, hoy como ayer: ser o no ser

El desalojo es inevitable. Pero hay que luchar para lograrlo, empujando a la dictadura al abismo. “Por las buenas o a la brava”, exactamente como lo reconocía Rómulo Betancourt en carta a Carlos Andrés Pérez y Pérez Dubuc en 21 de mayo de 1957. Hoy, exactamente como entonces,  enfrentamos el mismo problema: Ser o no ser. Lo demás es silencio.

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No existe medida ni posición política que satisfaga, per se, la necesidad estratégica de enfrentar a la dictadura y vencerla. Todas se quedan a medio camino si no consideran la compleja totalidad de las opciones, los diversos componentes que se activan en un proceso de acumulación de fuerzas y las alternativas mediatas e inmediatas de acción en vista del único objetivo final: vencer o morir. Que si es el de derrocar, desalojar, vencer a la dictadura, todos los caminos conducen a Roma: sea la abstención, sea la participación.. El problema es enfrentarla y vencerla. O morir en el intento.

El asunto es, por lo tanto, de mayor envergadura y muchísimo más grave de lo que aparentan los simulacros de diálogos o entendimientos entre partes aparentemente iguales pero esencial, absolutamente disímiles. Y muchísimo más complejo que la alternativa entre votar o no votar. Se expresa en la pregunta que llevamos planteándonos todos estos años de fracasos, sin haber logrado la respuesta unívoca y satisfactoria hasta el día de hoy: las fuerzas opositoras que enfrentan al régimen desde sus mismos comienzos ¿han querido enfrentarlo con todas sus fuerzas, con todos sus métodos y todos sus medios? ¿O una complicidad subterránea, desacuerdos insuperables y ambiciones incompatibles han convertido a la clase política que se ha hecho con las riendas del poder opositor en un amasijo de vacilaciones, dudas y ambigüedades? ¿En un cúmulo de pusilanimidad, complicidad y contubernio?

Es más: esta guerra absolutamente asimétrica entre un Estado omnipotente, que ha secuestrado para sí y concentrado bajo su mando todo el poder de fuego de la Nación, corrompiendo hasta la médula a nuestras Fuerzas Armadas y carente de los más elementales escrúpulos democráticos, de una parte; y una sociedad civil mediatizada por diversos intereses, diversas ideologías y diversas voluntades, por la otra, ¿enfrenta a dos enemigos plenamente potenciados o una de las partes adolece de una invalidez congénita, que le impide alcanzar el grado de profunda e irreversible enemistad necesaria por salir exitosa de la batalla por el Poder de la República? ¿Nos hemos habituados a ser las víctimas, y ellos, los representantes de la barbarie, a no cejar en su papel de victimarios? No olvido la profunda verdad establecida por Carl Schmitt para situaciones de excepción y asalto al Poder como la que vivimos en Venezuela desde el 4 de febrero de 1992: “Lo político es la relación amigo-enemigo”. En esta trágica circunstancia: ¿quiénes son nuestros enemigos, quiénes nuestros amigos?

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La alternativa entre votar o no votar, participar o no participar es una falsa alternativa. Estamos en guerra, así sea una guerra oculta, disfrazada, mendaz y simulada. Un arcano del totalitarismo. Abstenerse sin considerar el paso siguiente y la calidad de la circunstancia puede ser tan suicida, como participar conformándose con la derrota. Por el contrario, participar aún a sabiendas del fraude cantado, con la intención de aprovechar las evidencias de la estafa, la razón y la buena fe de los estafados llevando el rechazo y la protesta consiguiente hasta sus últimas consecuencias como palanca para acelerar la confrontación, agudizar las contradicciones, movilizar a la comunidad internacional y no aceptar los resultados sumiendo en la ilegitimidad al candidato fraudulentamente triunfante mediante una estafa compartida, puede ser tanto o más poderoso que denunciar al mundo la soledad de respaldo con que cuenta el régimen si la abstención es activa, militante y capaz de desenmascarar las trácalas y arrinconar a la dictadura.

Pero el problema tampoco se detiene allí. El verdadero problema tiene que ver con la decisión y la voluntad opositora de enfrentar al enemigo o buscarle las cinco patas para darse por vencidos. A mí me causa asombro que algunos se quejen por anticipado de la derrota dando por un hecho consumado la conquista definitiva del Poder por la barbarie, como si tras una victoria fraudulenta y la imposición de un régimen tiránico que está boqueando, aislado internacionalmente y carente de todos los recursos que no sea el de la violencia, desapareciera la necesidad de seguir enfrentándolo y declararle la guerra a muerte hasta aniquilarlo. Veo en esa extraña y contradictoria disposición la voluntad no sólo de aceptar una derrota, sino de darla por legítima aún a sabiendas de que es falsa, fraudulenta, engañosa, ilegítima, falaz. Temo al derrotismo de una oposición congénitamente derrotista.

Ese derrotismo demuestra la quiebra de la conciencia y la voluntad de combate de los sectores democráticos. Demuestra el grado de sumisión política y espiritual de quienes, en el fondo de sus corazones, jamás estuvieron dispuestos a dar sus vidas por defender los derechos del pueblo. Es la profunda desconfianza de quienes llevan años extendiéndoles un cheque en blanco a sus representantes, esperando que ante el fraude reaccionen con virilidad y firmeza, para encontrarse con la absoluta ausencia de virilidad y un amasijo de justificaciones ante su cobardía. El más craso de los ejemplos nos lo dio Henrique Capriles, a quien todos corrimos a respaldar en las presidenciales del 2012, seguros de su promesa de jugarse la vida por la victoria, una vez que se mostró dispuesto a defenderla con su vida llevando su combate por la verdad hasta sus últimas consecuencias, para ser estafado por Maduro y correr a esconderse tras el argumento de evitar que corriera la sangre. ¡Dios mío, cómo enfrentar al gansterismo venecubano temiendo por la sangre que pueda derramarse! ¡Con los ríos de sangre que ya han derramado!”.

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Me precio de conocer suficientemente la historia de la República. Desde la traición de Bolívar a Miranda hasta su regreso al combate,  la campaña admirable, la proclamación de Guerra a Muerte y su inquebrantable decisión de vencer en Junin y Ayacucho en condiciones las más desventajosas. Pero también recuerdo la decisión de Páez de dar su vida por imponérsele y obligarlo a acatar la decisión impulsada por la Cosiata y la rebelión de Valencia. Venezuela estaba y sigue estando antes de todo. ¿Qué líderes son éstos que quieren ganar con la papita pelada en la boca?

No es la hora de desvestir virtuosos de ocasión. Es la hora de llamar al orden. Y para ello, nada mejor que el relato que nos hace Joaquín Mosquera, embajador de la Gran Colombia en Lima, quien busca al Libertador para hacerle entrega del cargo, al que ha decidido renunciar. Lo sigue hasta dar con él en un pueblito de la sierra peruana, Pativilca, en donde lo encuentra en el último estado de postración, bajo las secuelas del tabardillo. Cuenta Mosquera: “encontré al Libertador ya sin riesgo de muerte, pero tan flaco y extenuado que me causó su aspecto una muy acerba pena. Estaba sentado en una pobre silla de vaqueta, recostado contra la pared de un pequeño huerto, atada la cabeza con un pañuelo blanco, y sus pantalones de jeans que me dejaban ver sus dos rodillas puntiagudas, sus piernas descarnadas, su voz hueca y débil y su semblante cadavérico. Tuve que hacer un grande esfuerzo para no largar mis lágrimas y no dejarle conocer mi pena y mi cuidado por su vida… La fuerza de los españoles en el Alto y Bajo Perú ascendía a veintidós mil hombres. Los peruanos, divididos en partidos políticos y personales, tenían anarquizado al país. Todas estas consideraciones se me presentaron como una falange de males para acabar con la existencia del héroe medio muerto, y, con el corazón oprimido, temiendo la ruina de nuestro ejército, le pregunté: ¿Y qué piensa hacer usted ahora? Entonces, avivando sus ojos huecos, y con tono decidido, me contesto: ‘¡Triunfar!”[1]

Las condiciones no podían ser peores. Bolívar carecía de caballería suficiente y ni siquiera hombres tenía en cantidad como para enfrentar a las superiores fuerzas de Canterac, veteranos de las guerras napoleónicas, bien apertrechados y habituados a la victoria. Así y todo, sufrieron las derrotas de Junín y Ayacucho. ¿Qué las condiciones no estaban dadas? Las únicas condiciones que siempre están dadas son las que nos ordenan cumplir con nuestro deber, enfrentar a los enemigos de la libertad y no descansar hasta vencer o morir. Jamás el gobierno estuvo como lo está hoy en peores condiciones materiales, al borde de la bancarrota, más acorralado internacionalmente, más solo que nunca. Hay que ser muy cobarde o muy estúpido para creer que su tramoya electoral, falsa, fraudulenta y estafadora, le permitirá afianzarse en el Poder. Eso no depende de él. DEPENDE DE NOSOTROS. Seamos quienes debemos ser. No nos traicionemos a nosotros mismos.

El desalojo es inevitable. Pero hay que luchar para lograrlo, empujando a la dictadura al abismo. “Por las buenas o a la brava”, exactamente como lo exigía Rómulo Betancourt frente a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en carta a Carlos Andrés Pérez y Pérez Dubuc en 21 de mayo de 1957. Hoy, exactamente como entonces, enfrentamos el mismo problema: Ser o no ser. Lo demás es silencio.

[1] Cornelio Hispano, El Libro de Oro de Bolívar, Paris, 1925, Pág. 204.