Aislamiento y final

La desesperanza es fácil que derive en incredulidad. Ya son muchos los venezolanos que exteriorizan su agobio creyendo que la situación no pueda cambiar y que, en lugar de debilitarse, nuestro oprobioso gobierno se está atornillando más y más en el poder.

No es así. La realidad es que el castromadurismo está muy lejos de hallarse fortalecido. Hoy por hoy no es posible encontrarse en la situación de aislamiento en que ya están quienes nos gobiernan y mantenerse como si no estuviera ocurriendo nada.

Porque es que está ocurriendo mucho. El desgobierno y la incapacidad administrativa son patéticos y están a la vista de todos. Pero más allá de ello, la degradación de los valores, las violaciones a los más sagrados derechos de los individuos y la alianza con el crimen organizado y el terrorismo que se ha hecho evidente entre algunos miembros del equipo de Miraflores y en los altos medios castrenses está totalmente al descubierto frente al mundo. Hace un año algunos países con esperanzas de sensatez y cordura aún llamaban a ambas partes a sentarse a dirimir sus diferencias. Se le daba igual crédito a los dos lados de la ecuación.

El penoso espectáculo que protagonizó el oficialismo desde dentro de la parodia de diálogo ha conseguido demostrar que esas tratativas no fueron otra cosa que una burla descarada frente a los negociadores de la oposición y de cara a quienes, desde afuera, seguían el proceso con esperanza. La inmediata reacción del genuflexo Consejo Nacional Electoral de llamar a unas rocambolescas elecciones que no son otra cosa que una autoproclamación irregular de Nicolás Maduro, lo que ha transmitido es más fuego para la candela del rechazo internacional.

Chile y México se pararon de la mesa en la que nunca se dialogó, mientras que Europa respondió con más sanciones a los artífices del desastre venezolano; los norteamericanos hablan ya de un embargo petrolero; los hermanos latinoamericanos van desertando uno a uno los esfuerzos por hacer entrar en razón a este díscolo gobierno. Cada día se alzan más y más voces de reprobación en el exterior –Naciones Unidas, organizaciones de derechos humanos, órganos de integración y altos tribunales de justicia– llamando ya no a una rectificación sino al castigo y el aislamiento. 

El aislamiento derroca gobiernos. Cada una de las atrocidades que desde este país se protagonicen en lo sucesivo, comenzando por el proceso eleccionario orquestado en medio del fraude, ha de jugar en su favor, si no en su contra. 

Lo más importante de todo es que la Venezuela de hoy, la del castromadurismo militarista, no es solo un adversario ideológico para quienes se relacionan con nosotros. Es una amenaza para la paz planetaria y para la salud de las naciones a la que hay que desactivar. Esto se ve diáfanamente en los cuatro puntos cardinales del globo y por ellos otros Estados y organizaciones no dejarán que el cáncer crezca.